¿Y después?

-¿Y cuándo habéis quedado? – Me pregunta Gloria, mientras por los altavoces de la radio del coche suena una canción en inglés, de esas que tanto me suenan pero de las que no sabría decir ni el cantante ni el título.
– El viernes, me dijo de ir al nuevo restaurante que abrieron cerca del metro.
– ¡Ah! ¡Leí esta mañana un anuncio en el periódico, parece que se están anunciando bastante. Yo de vosotros intentaría reservar cuanto antes.
– Pues mejor lo llamo y se lo digo ahora, que luego se me va la cabeza y nos quedamos sin sitio – Le digo mientras sonrío.
Saco el teléfono del bolsillo, busco el móvil de Diego, y marco.

-Sí? – Me responde Diego desde el otro lado de la línea.
– Qué pasa señor Diego.
– Coño Emilio, no te había conocido. Acabo de pillarme otro teléfono y aún no he pasado la agenda.
– ¿Otro teléfono? ¡Ya era hora! Que llevas siglos con ese trasto! – Le digo mientras me río. Diego lleva más de cuatro años con un ladrillo por teléfono, y algo le ha tenido que pasar para que se desprenda de él.
– ¿Te lo ha comprado Gema y te ha escondido el antiguo para que no tengas más remedio que cogerlo? – Le digo.
– Que va, Dani, ayer estaba haciendo el burro por casa, yo me dejé el teléfono cargando en la mesa, se tropezó con el cable, y mandó el cacharro a tres metros. Le intenté hacer el boca a boca pero ya no se encendía, así que me fui a la…
– ¡Joder! – Grita Gloria de repente, con un chillido largo y agudo, mientras el coche da un bandazo y clava los frenos. Sin cinturón que me sostenga (en viajes cortos siempre se me olvida ponérmelo), salgo lanzado contra el salpicadero a cámara lenta. Escucho el chillido de mi esposa como contrapunto del gemido de las ruedas contra el asfalto, y el golpe de algo contra el morro del Skoda. Sin dolor, como hecho de algún material irrompible, siento como reboto contra el asiento, mientras el coche parece despegar del suelo, proyectándome hacia la parte trasera.

Hace frío, y una fina llovizna me cala el fino jersey de algodón.
¿Dónde estoy? ¿¿Qué cojones es esto?
La cabeza me da vueltas y siento un ligero mareo. Me pitan los oídos. Lo oigo todo atenuado, como si tuviera las orejas tapadas por uno de esos gorros de esquiar que me pongo para la nieve. De forma lejana, escucho coches pasar por mi derecha, y la lluvia cayendo sobre alguna superficie metálica tras de mí.
Comienzo a temblar descontroladamente. ¿Qué coño ha pasado?
Me agarro al bastón con las dos manos para no caerme, pero la punta se desliza por las baldosas mojadas. El bastón se me resbala de entre los dedos, y caigo sentado en el suelo.
– Me acabo de mojar el culo – piensa una parte distante de mi cerebro.
Desde el suelo, me agarro la cabeza con las manos e intento pensar. ¿Qué ostias hago aquí? Esto debe ser un puto sueño, esto pasa en los sueños, que pasas de un lado a otro sin ton ni son, y ahora me despertaré, me despertaré en la cama, con Gloria y será Sábado, o Domingo, y… Mierda, ¿Porqué no me despierto? ¡Siempre me despierto de los malos sueños cuando se que es un sueño!
Oigo pisadas tras de mí. Espero que quien sea se detenga y me pregunte algo, pero pasa de largo por mi lado y se pierde rápidamente, confundiéndose con el sonido de la lluvia y de los coches.
Alargo la mano, a tientas, buscando el bastón. Finalmente lo encuentro a medio metro a mi izquierda.
Me levanto del suelo con piernas temblorosas. No sé ni dónde estoy ni porqué. Intento despertarme de éste sueño con desesperada insistencia. Siempre que tengo pesadillas, en el momento en el que sé que estoy soñando me despierto, pero ahora no ocurre. Tiene que ser un sueño, es la única explicación. Me lo repito a mi mismo varias veces para convencerme.
Echo la mano al bolso, pero sorprendido, veo que llevo puesta una riñonera. Tras unos segundos, la reconozco, me la regaló mi hermano hace años. ¿qué coño?
Cada vez más confuso, asustado, y sin saber qué hacer, cojo el bastón y con lentitud, comienzo a caminar por la acera, buscando a alguien que me diga dónde estoy.
Tic, tic, tic, tic. Siempre odié el sonido que hace el bastón al golpear el suelo. Parece que nos vayamos anunciando a la distancia. ¡Eh, que ahí va un ciego!
Llego a una esquina. Se me aclaran los sonidos, ahora escucho con mayor nitidez. Parece que no hay gente por aquí cerca.
¡Clonk! La contera del bastón golpea algo metálico. Es un armario, quizá de esos que controlan el funcionamiento de los semáforos.
– Joder! – Escucho en mi cabeza el grito penetrante e histérico de mi mujer.
-¡Gloria! – Grito yo a mi vez. MI grito reverbera por la calle desierta.
De repente, todo me vuelve a la memoria: la merienda en el cumple de Isa, la tarta de bizcocho y nata que me comí por compromiso, los regalos… La vuelta a casa en coche, mi conversación con diego, y el grito. ¿Qué nos ha pasado?
– Ha sido un accidente, imbécil, has salido volando como un muñeco por encima de tu propio asiento. ¿No te acuerdas? – me digo a mi mismo, con un escalofrío que me recorre de pies a cabeza.
Apoyo todo mi peso sobre el armario metálico e intento pensar.
¿Qué pasó después del accidente? ¿Me habré quedado en shock y he andado hasta aquí sin darme cuenta? Es imposible, ni me llevé el bastón, esta riñonera me la regaló mi hermano hace como siete años, y hace como tres o cuatro que dejé de usarla.
Con manos temblorosas descorro todas las cremalleras de la riñonera. En una de ellas encuentro el móvil. Este no es mi móvil. Sostengo entre las manos el primer móvil que tuve, allá por el 97, un Alcatel de esos con una antenita sobresaliente y una goma rodeando el teclado. – Esto debe ser un sueño, no hay otra explicación – me repito por enésima vez.
Me limpio el sudor de los ojos, y entonces caigo en la cuenta de que estoy llorando con sollozos entrecortados. Suelto el bastón contra el armario, y con dedos torpes marco el número de Gloria.
Del teléfono suenan ruidos extraños, como cuando se escucha una radio mal sintonizada.
– Esto es imposible, estas cosas son digitales – me digo a mi mismo.
De pronto, oigo la voz de Gloria en mi oído con total claridad.
– No pude evitarlo, ¿sabes? – Me dice sollozando descontroladamente.
– ¿Qué ? ¿Qué dices? – Le grito yo. – ¿Dónde estás? ¿De qué me estás hablando? ¿Estás bien?
– Estaba borracho, Emilio, o eso o estaba loco. ¡Vino en dirección contraria y yo no pude hacer nada!
– ¡Pero dónde estás, joder! ¿Y dónde estoy yo!
– No lo sé, no lo sé, estás muerto, no pude evitarlo!
El teléfono emite un fuerte y agudo chirrido. Sobresaltado, me lo separo de la oreja y lo oigo caer a mis pies.
¿Me quedo sin respiración. Me flojean las piernas y me deslizo por el armario hasta el suelo por segunda vez en cinco minutos.
– Te vas a resfriar si no te secas el pantalón pronto – pienso estúpidamente.
– ¿Muerto? Qué mierda voy a estar muerto? Ni que esto fuera Ghost.
Sigo sollozando sentado en el suelo. con desesperación, busco por mi alrededor hasta dar con el móvil. El teclado está abombado, como si algo hubiera explotado por dentro. La goma está caliente, desprendiendo un tufo a neumático quemado, y la pantalla está hundida y resquebrajada. Intento pulsar algún botón, pero el teléfono no me responde.
– Con rabia, lanzo el móvil con todas mis fuerzas, y lo oigo hacerse añicos varios metros delante de mí.
– No no no no no no no esto no me puede estar pasando imposible joder vaya mierda de pesadilla me quiero despertar.
Paso lo que me parecen horas sentado en el suelo, con la cabeza entre los brazos, escuchando los coches pasar por mi lado.
Finalmente, me levanto, busco el bastón, y decidido doblo la esquina y comienzo a andar. Alguien tiene que haber por aquí.
Tic, tic, tic, tic.
Escucho ruidos a lo lejos, delante de mí. Me paro en mitad de la calle y espero a que se acerque. Es alguien con una maleta o algo que rueda traqueteando por la acera. Cuando está casi a mi lado, vuelvo la cara hacia el sonido y grito.
– ¡Oiga! Disculpe por favor. ¿Qué calle es esta?
Sin obtener respuesta, la persona continúa aproximándose hasta pasar de largo junto a mí. Un acre olor a puro me impregna de repente cuando la figura me sobrepasa.
Con frustración, me giro y le grito.
– Tú, gilipollas! ¿Escúchame, joder!
Sin inmutarse, la maleta sigue traqueteando calle abajo. A paso rápido, con el bastón haciendo extrañas figuras sobre las baldosas, intento darle alcance. En unos segundos, me pongo a su lado, y orientándome por las pisadas y el traqueteo, agarro a la persona por los hombros para hacerle reaccionar. Sin embargo, como si nada hubiera pasado, el hombre (imagino que es un hombre por el olor a puro que le impregna como una nube pestilente), sigue andando calle abajo como si no le hubiera tocado.
Incrédulo, me quedo con la mano alzada en mitad de la acera. La bajo lentamente, y agotado, vuelvo a sujetar el bastón con la mano derecha, y comienzo de nuevo a andar por la calle. Al toparme con lo que parece la entrada de un portal o de una tienda, suelto el bastón, que cae con un ruido sordo a mi lado, y sin pensármelo dos veces, me siento y luego me tumbo sobre el escalón.
– Si me duermo – pienso- cuando despierte estaré en casa, y podré contarle a Gloria que he tenido la pesadilla más desesperante y absurda de mi vida.
Con esta idea en la cabeza, me deslizo agotado en un profundo sueño.

Hace dos días que vago por este infierno, y sólo el convencimiento de que éste no puede ser el final me hace seguir adelante. Ahora, frente a la puerta de la que fue mi casa, casi no me atrevo ni a entrar, por miedo a lo que encontraré allí. No sé cómo, pero presiento que era aquí donde tenía que venir para continuar mi camino hacia donde quiera que deba continuar.

Ayer me desperté, con el ruido de gente a mi alrededor. Imaginé que era por la mañana, pues escuchaba algún trino de pájaro ocasional, el tráfico era más intenso, y mucha gente se movía por la calle que discurría al lado de donde me encontraba tumbado.
Entumecido y dolorido, me levanté del suelo y cogí el bastón, que milagrosamente aún continuaba bajo el escalón en el que me encontraba. Sin poder creer aún en lo que me estaba pasando, intentaba dilucidar cómo con toda la gente que había allí, nadie hubiera reparado en mí, ni hubiera intentado despertarme. ¿Tan normal es ver a un sin techo durmiendo en el escalón de un portal? Quizá sí, y nunca hubiera reparado en ello. No sabía ni dónde estaba, ni siquiera qué día de la semana era. Me puse a recordar. El cumpleaños fue en Domingo, por lo que por lógica debería ser Lunes. ¡La gente me debería estar buscando! Justo ese Lunes tenía una reunión con unos clientes en el trabajo, y ya les habría extrañado que no apareciera.
De pronto, recordé la llamada a Gloria y su voz angustiada y llorosa. “- No lo sé, no lo sé, estás muerto, no pude evitarlo!”
Con un escalofrío de miedo, me toqué la cara, el pecho, los brazos. ¡No estaba muerto, estaba allí! Enfrente de un portal de mierda en un sitio desconocido.
Sin pensármelo más, me giré hacia la calle, y cuando escuché a alguien venir, le interpelé.
– Disculpe. ¿Sabe qué calle es esta?
La persona pasó de largo sin contestarme.
— ¡Gracias eh? ¡gilipollas! – casi le grité.
Muchas veces la gente va en su mundo y ni se entera cuando le hablas. Siempre que me ha pasado, he preferido pensar eso, a pensar que alguien pueda simplemente pasar de pararse y ayudar.
Haciendo acopio de paciencia, esperé a la siguiente persona, y decidido, me antepuse en su camino y le dije:
– ¡Perdone, ¡perdone! ¿Podría ay…
De repente, la persona chocó conmigo. Por un segundo, sentí una especie de descarga eléctrica que me recorrió el lado derecho del cuerpo, y cuando quise reaccionar, oí los pasos de la persona alejándose a mis espaldas.
¿Qué coño ha sido eso, joder? Me volví a tocar la cara y el brazo derecho, sintiendo aún una especie de cosquilleo. De pronto, acordándome de la cantidad de películas cutres de espíritus que me había tragado a lo largo de mi vida, y de cómo traspasaban objetos y personas como si nada, me dio por reír, primero con una risilla entrecortada, y luego con carcajadas histéricas que en segundos se convirtieron en llanto.
Llorando a lágrima viva, me volví a resguardar en el portal, y esperé a tranquilizarme.
Supongo que el ser humano, ante todo es curioso por naturaleza. Sintiéndome estúpido a más no poder, apoyé una mano contra la puerta enrejada del portal, y empujé fuerte, como si quisiera abrirla. Con un cosquilleo, como cuando se te duerme una pierna por una mala postura, sentí cómo la mano atravesaba el metal de la puerta y aparecía tras ella. Mi cara debía ser un poema. Sorprendido e incluso divertido por aquello que ante toda lógica contravenía toda ley física, apoyé todo el cuerpo sobre la puerta, apretándome contra ella, y en segundos la había atravesado, encontrándome al otro lado.
Era un portal amplio a juzgar por el eco. Una vez dentro, tanteando con el bastón, recorrí el lugar para hacerme una idea de cómo era. Mientras inspeccionaba el recinto, empecé a pensar. Si realmente estaba muerto, siempre imaginé que, de haber algo después, yo no sería ciego. Podría verlo todo, ya que mi cuerpo físico habría quedado atrás, y la limitación de un par de ojos que no servían para una mierda habría quedado atrás con él. Pues Jódete, Emilio, más ciego que un topo, no te ve ni dios (bueno, a lo mejor Dios sí), sonreí, y estás en un sitio que ni conoces. -Por lo menos hablan Español – pensé.
Pensando en intentar averiguar dónde me encontraba, di media vuelta, encaminándome hacia la puerta. Al llegar a ella, busqué el pomo para abrirla, pero aunque intenté girarlo, no se abría. Cuando intentaba empujarlo con fuerza, mi mano atravesaba el metal, sin ningún resultado.
– Lección número dos – dije en voz alta. – si no eres nada, no puedes interactuar con lo que te rodea. – Joder, Emilio, estás hecho todo un cerebrito.
Con rabia, me dejé caer contra la puerta, atravesándola de golpe, y cayendo de boca al suelo, en la calle.
Dolorido, me levanté del suelo, pensando en cómo podía ser que algo me doliera si se suponía que estaba muerto. Fue pensarlo y el dolor desapareció como por ensalmo.
– ¡Coño! ¿cómo mola, no?
Decidido a encontrar como fuera el camino hacia casa, empecé a caminar calle abajo. Presentía que debía llegar hasta allí, no sé si simplemente para darme fuerzas al tener un propósito, una meta que alcanzar, o por algo más que no podía explicar. Yo, que siempre me había creído tan racional. Y de pronto, todas mis certezas, todas las reglas que con precisión matemática habían regido mi universo, habían quedado hechas trizas en esta nueva y demente realidad.
Pensando en cuestiones tan profundas llegué hasta un cruce, y me quedé allí plantado, escuchando a los coches pasar. ¿Qué pasaría si me atropellaba un coche? Lo traspasaría como lo hice con aquella persona que se me acercó? Reticente a probar la teoría con una práctica tan radical, esperé hasta escuchar que no pasaban coches, y crucé.
Tic, tic, tic. Aunque me ayudaba con el bastón para no chocarme contra nada, la gente era otro cantar. Un golpe, un cosquilleo, y una señora que hablaba animadamente por teléfono me atravesó sin inmutarse. Seguí en línea recta, sin saber muy bien porqué. – ¿Qué más da un camino que otro? Sigue andando, Emilio, que a algún sitio llegarás.
Y así lo hice. Durante lo que me parecieron horas caminé por calles desconocidas, en línea recta siempre que podía, o doblando esquinas cuando no me quedaba más remedio que hacerlo. En esas estaba, cuando pasé por la puerta de un bar, y me llegó el olor a carne: pollo frito, carne guisada… ¡Se me hizo la boca agua! Sin pensármelo mucho, entré atravesando una puerta de cristal (había descubierto que con pensar en atravesarla, sin esfuerzo me encontraba al otro lado), y una vez dentro, me quedé sin saber qué hacer. Tenía un hambre brutal, e intuía que lo de comer había acabado para mí. Me acerqué a una mesa en la que varios jóvenes charlaban animadamente mientras comían. Ni corto ni perezoso, metí la mano en uno de los platos, tocando lo que parecía algún tipo de guiso. Con ansiedad, intenté pillar un trozo de algo, de lo que fuera, pero cuando intentaba sacarlo del plato, tenía la mano tan vacía como segundos antes. Frustrado y con las tripas rugiéndome, intenté darle un empujón a la mesa, pero obviamente, acabé por atravesarla sin que la mesa se inmutara.
– Se supone que para hacer obra tienes que tener una licencia, ¿no? – Dijo la chica a la que le había intentado birlar el almuerzo.
– Sí, y le han dicho a Elvira que la obra iba para largo. Han pedido la licencia, pero le han dicho que hasta dentro de un mes, nada de nada.
Me quedé escuchándoles hablar, embebiéndome de aquella normalidad, de una conversación tan cotidiana como la vida misma. En un momento dado, me oí hablándoles, rebatiendo la opinión de un chico que decía que la sanidad en Madrid era la mejor de España, pero obviamente, no me hicieron ni puto caso.
Sintiéndome más sólo de lo que me había sentido en la vida, me di media vuelta, y cabizbajo, abandoné el restaurante y volví a la calle.
Fue dejar de pensar en comida y el hambre desapareció. – Esto es como el dolor – me dije. – Sigo sujeto a necesidades humanas, pero no son más que una ilusión producto de la costumbre de años.
Anduve todo el día de calle en calle, escuchando a la gente pasar, siendo ignorado por todos, en todas partes. En un momento dado, y acordándome de aquello que escuché en un programa de radio sobre los viajes astrales (sí, el insomnio da para escuchar mucha basurilla, como la Tele tienda), de que los espíritus pueden volar, me dispuse a comprobarlo. Me puse a pegar saltos en mitad de la calle, pero por más que intentaba mantenerme en el aire, no lo conseguía. Al principio me sentía ridículo, imaginando a toda la gente de la calle mirándome haciendo locuras, pero acabé por convencerme de que nadie me veía. Al cabo del rato, cambié de táctica, y me imaginé sin peso. Imaginé que podía alzarme del suelo como un soplo de brisa, y sorprendentemente, así ocurrió. Mis pies dejaron de tocar el suelo, y sentí como me alzaba en el aire, casi verticalmente. Sin embargo, mi alegría duró poco. Me encontré en mitad de la nada, sin ningún tipo de referencia por la que orientarme, con un bastón en la mano. ¡Mirad, soy Gandalf, y vuelo con mi bastón reflectante!. Con la pura voluntad de mi pensamiento, seguí flotando, escuchando a la gente y el tráfico bajo mí, pero me era imposible avanzar en aquella situación. Me sentía totalmente perdido, desorientado, a la deriva, sin saber hacia dónde me movía ni si me acabaría chocando contra cualquier cosa. De repente, el miedo me invadió. Sabía que nada con lo que me golpease me haría daño, y que lo atravesaría sin mayores problemas. NO obstante, toda mi vida, mi mundo había sido hecho de paredes, suelos, esquinas, ángulos, texturas, sonidos… Y de pronto, suspendido a metros sobre el suelo, me sentí más perdido que nunca. Quise estar con los pies en la tierra, y con éste pensamiento en la mente, volví a descender hasta la calle.
– ¡No es justo! ¡Joder! – Grité a nadie en particular. Siempre me había encantado volar (siempre dije que me encantaría haber sido piloto de no ser por mi ceguera; y sin embargo, el volar ahora me daba un miedo atroz, por no saber ni dónde estaba, ni hacia dónde me dirigía. Mi vida por un radar y un GPS – pensé distraídamente.
Resignado a vagar por la calle como cualquier otro mortal, seguí andando sin rumbo fijo, intentando sin éxito buscar alguna referencia que me orientase hacia casa.
Me parecía increíble que esto me estuviera pasando a mí. Hacía menos de un día tenía una vida, una mujer maravillosa, familia, amigos… ¿Y ahora? ¿Realmente esto es lo que hay después? Vagar eternamente en la oscuridad siendo ignorado por todos?
– Si existe un infierno – pensé – éste está hecho a mi medida.

Mientras andaba, se me ocurrió otra brillante idea. Había escuchado también que los espíritus podían moverse de un sitio a otro con sólo visualizar a dónde querían ir. Qué leches, puestos a desvariar y a probar, una más una menos, nadie se va a enterar.
Me paré, y apoyado contra una pared, me puse a pensar. Intenté recordar nuestra casa, el salón, la forma, la sensación de estar allí. Me imaginé sentado en el sofá, o en el despacho sentado frente al ordenador. Y aunque lo intenté con todas mis fuerzas, aunque me imaginé allí mismo, tocando cada mueble, cada puerta, cada objeto que recordaba de tantos años en aquella casa, seguí apoyado contra esa fría pared en mitad de ningún sitio sin trasladarme a ningún lado.
– Esto no funciona, chavalote. Llegar a casa no va a ser tan fácil – Suspiré pesaroso.
Seguí caminando, a veces en línea recta, a veces girando, sin saber ya si avanzaba o retrocedía en un laberinto desconocido de calles que no me sonaban absolutamente de nada.
Así se me hizo de noche, desesperado y perdido, con una sensación de desamparo y tristeza como no había sentido jamás en mi vida. Las tiendas hacía horas que habían echado el cierre, y las calles se vaciaban rápidamente.
Agotado, me colé en un local que resultó ser algún tipo de oficina. Estaba dividido en varios despachos, todos con una o dos mesas con su correspondiente ordenador y teléfono. Tan normal y tan extraño a la vez. Estuve rondando por allí un rato, hasta que aburrido y frustrado por no haber conseguido nada en todo el día, acabé tirado sobre una de las mesas, y me quedé profundamente dormido.

Esta mañana, me desperté cuando empezó a llegar gente a la oficina. Me bajé de la mesa que me había servido de incómodo colchón, y me quedé un rato escuchando cómo entraba la gente a trabajar. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea. Para llegar a casa, no necesitaría más que encontrar un metro o un autobús, y luego hacer transbordos hasta encontrar alguna línea que me llevara hasta allí.
¿Y qué mejor manera que siguiendo a algún trabajador a la salida de su trabajo? ¡Cómo no se me habría ocurrido antes!
Pasé toda la mañana curioseando por los alrededores de la oficina. Salí varias veces del local, pero nunca fui demasiado lejos. Descubrí en la misma calle dos bares, una peluquería, un supermercado, varios edificios de viviendas y un sex shop en el que me entretuve, escuchando a varios jóvenes intentando echar a suertes quien iría a caja a pagar. No tuve que esperar mucho. La suerte vino de la mano de uno de esos jóvenes que curioseaban por allí.
– Bueno, yo me tengo que ir, que luego le prometí a mi hermano que le ayudaría con el ordenador, que lo ha vuelto a romper.
– ¡Tú lo que no quieres es tener que pagar! – se burlaban sus amigos.
– Que no, joder, que a mí eso no me importa. Traed aquí! ¡Pero luego me lo pagáis!
El chico se fue a la caja, y con voz nerviosa pagó lo que sea que llevaran. Sus amigos, tras él y algo alejados, murmuraban entre dientes y se reían.
– Capullos – les gritó el chico volviendo la cabeza hacia ellos, sonrojado.
Cuando acabó de pagar, salieron a la calle y yo tras ellos. Se repartieron las compras, algún dinero cambió de manos, y mi muchachito elegido se despidió de sus compañeros.
– ¡A la noche hablamos por Facebook!
Le puse una mano en el hombro para que no se me escapara, y juntos, aunque el chico no supiera que iba guiando a un ciego muerto (¿suena mal, eh? se encaminó, como yo sospechaba, hasta una boca de metro.

Desde allí, llegar a casa fue coser y cantar. Seguí al chico hasta un andén, y cogí el primer metro que llegó y que resultó ser la línea 6, que conocía de sobra. Ante mi sorpresa, me di cuenta de que había estado todo el día caminando alrededor de Moncloa, el distrito en el que se hallaba mi empresa, y en mi estado, no supe ni reconocerlo.
Hice transbordo en Nuevos ministerios, y de ahí, cogí la línea ocho, que me dejó en la estación de al lado de casa.
Cuando salí a la calle, caminé decidido hacia mi edificio, reconociendo cada giro, cada cruce. En cuestión de minutos, me hallé en la puerta de mi portal, y allí me detuve, con un nudo en el estómago.
– ¿Y ahora qué? – pensé.
Sin darle muchas vueltas, atravesé la puerta de entrada y accedí a su interior. Me quedé unos segundos delante del ascensor, intentando pulsar como un imbécil el botón. Cuando me di cuenta de lo absurdo de aquello, me encogí de hombros, y comencé a subir las escaleras. Era un sexto, así que no tardé demasiado.
Una vez ante la puerta, los nervios pudieron conmigo. Incapaz de dar un paso más, me senté en el suelo y me quedé allí, sin decidirme a cruzar el umbral.
Y aquí estoy, aún delante de la puerta, haciendo acopio de valor, con una sensación de miedo que no alcanzo a comprender del todo. ¿Qué puede esperarme que sea peor que lo que he vivido estos dos días?
Lentamente, me aproximo a la puerta y pienso en atravesarla. Suavemente, me siento impulsado hacia el interior, y me encuentro en el vestíbulo de casa.
Lo primero que percibo es el olor, ese olor inconfundible de mi hogar. Suelto el bastón en un rincón, y con desesperación, tanteo el mueble de la entrada, el espejo, la puerta de la cocina, el porterillo electrónico… ¡Estoy en casa! ¡Esta es mi casa!
– ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Ya estoy aquí! – grito con todas mis fuerzas.
– Emilio, estoy aquí. – me dice una voz familiar al fondo del pasillo, en el salón. Pego un salto y me quedo paralizado.
– ¡Diego! ¡coño, diego! – grito a mi vez, corriendo hacia el salón.
– Al fin llegaste – dice mi amigo desde uno de los sofás. Me aferro a él, como un náufrago a una tabla. Le abrazo con todas mis fuerzas y comienzo a sollozar.
– Ha sido un infierno, tío, un puto infierno. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Dónde está gloria?
Necesito explicaciones, explicaciones racionales para toda esta locura.
– Gloria está herida, pero bien. Está en el hospital, pero su pronóstico es favorable.
El alivio me inunda, ¡Mi mujer está bien!
– ¡Podemos ir a verla! ¿En qué hospital está? – le grito, impaciente por salir de allí e ir a su encuentro.
– Espera hombre, siéntate un momento, hazme el favor.
La voz de Diego es triste, pesarosa. Pocas veces le he visto así. Diego es siempre risueño, de esas personas que con su sola presencia alegran la reunión más triste del mundo.
– ¿Qué ocurre? – Digo con aprensión, mientras me siento pesadamente a su lado, y le aferro la mano con todas mis fuerzas.
– Ay Milito – me dice con una sonrisa triste. – Milito el racional. ¿Te acuerdas cuando tu madre te decía que de pequeño preguntabas cualquier cosa hasta entender porqué ocurrían?
Sonrío a mi vez, recordando las mil anécdotas que me contaron mis padres sobre mi curiosidad sin límites, y lo incómodo que hacía sentir a veces a los mayores con mis: ¿Y por qué? ¿porqué? ¿porqué?
– Ya ves – le digo – Pero esto de racional no tiene una mierda.
– O sí – me contesta él pausadamente.
– ¿O sí?
– ¿Qué crees que te ha pasado, Emilio?
Su pregunta, con tono de resabidillo profesor ante un alumno un poco corto de entendederas me enfurece.
– ¡NO me jodas, diego, no me jodas! – le grito mientras me levanto del sofá y le encaro.
– Tú lo sabes, así que no me toques los cojones, no estamos en el quién quiere ser millonario ni yo estoy en un examen.
– Siéntate hombre, siéntate.
Me desinflo en un instante y vuelvo a sentarme.
– Para empezar, ni yo soy Diego ni estamos en tu casa sentados en ese bonito sofá que te regalamos por vuestra boda hace seis años.
– Claro, es verdad, estamos en matrix – le digo yo con sorna. – ¿Y entonces qué?
– ¿Realmente creíste alguna vez que después de la muerte hay algo?
– Pues claro que no, pero no soy tan idiota de negar lo que ha pasado. Blanco y en botella… Tuve un accidente, me encuentro a tomar por culo de mi casa en un sitio que hasta esta mañana no supe cual era. ¡Puedo traspasar cosas, puedo flotar como un puto globo de helio, y si me estampo contra el suelo, pienso en que no me duele y se me quita el dolor! ¡Y aunque me rujan las tripas de hambre cuando pienso en comida, si dejo de pensarlo, se me olvida y como si nada! ¿Qué coño es esto, si no? ¿Y quién eres tú si no eres Diego?
– Soy tú mismo, Emilio, y en el fondo, siempre supiste que esto es un sueño.
– ¿Un sueño? NO tío, no, de los sueños me despierto cuando pienso que estoy en un sueño, siempre me ha pasado igual.
– ¿Y si de éste sueño no te pudieras despertar?
En un momento creo entenderlo todo.
– ¿Estoy en coma o algo así, verdad? – le digo con un hilo de voz?
– Premio para el señorito! – Diego parece haber recuperado algo su buen humor. De no se sabe dónde, escucho como agita un vaso en mi dirección y me lo tiende.
– Toma, ron con cola, poco cargado, como te gusta a ti.
– Agarro el vaso pensando en que como estos días, lo atravesaré y no podré llevármelo a los labios. Sin embargo, el vaso es sólido en mis manos, y cuando lo alzo hacia mis labios, el líquido fluye hacia mi boca y trago con deleite.
– Uf, casi mejor me podrías haber dado agua, tío, tengo el estómago vacío.
– Te aguantas, es tu sueño y es lo que hay.
– Pero espera – le digo yo, algo aturdido por el derrotero que van tomando los acontecimientos. – Vale que sea un sueño, pero porqué me has dicho que no eres tú?
Diego me coge el vaso y lo deja en la mesita de centro.
– No soy yo, en un sueño todo lo fabrica tu mente para darte un escenario en el que interactuar. Y eso sí que se parece a Matrix, como tú me dijiste antes. Soy tú mismo, Emilio, una parte de tu mente que de alguna forma que no acabo de entender sigue emergiendo a la consciencia de vez en cuando.
– ¿Y dónde estoy, entonces? ¿Cómo estoy?
– Te trajeron al Gregorio Marañón. Estás en la UCI, y según los médicos no nos queda mucho tiempo.
– ¡Cómo que no nos queda mucho tiempo!
– Joder, pareces tonto. Ya sabes a qué me refiero – me dice Diego, aunque compruebo con un sobresalto que ahora no es Diego, soy yo mismo quien está a mi lado, y me habla con esa voz que tanto odio de cuando me la escucho en las grabaciones. Con desconfianza, le suelto la mano y me arrimo a la otra punta del sofá, alejándome de él, o de mi mismo.
– Estamos mal, chaval. La puta manía de no ponernos el cinturón. ¿A cabezón no nos ganaba ni papá, eh? – me sonríe mi yo, con voz apesadumbrada.
– ¿Y ahora qué? – le digo yo, sin querer que se vaya por las ramas.
– Ahora todo se acaba, pero esta vez de verdad. Es la segunda parada que nos da, y creo que esta será la última. Los médicos dicen que estamos jodidos: rotura cervical, conmoción cerebral… Dan por hecho que el coma es irreversible, y las funciones vitales decaen por momentos.
Asustado, me levanto del sofá.
– ¡No puede ser! ¡Seguro que hay una forma de salvarme!
– Eso ya no está en tu mano, ni en la mía. Es curioso cómo el cerebro reacciona en estas cosas. – Es como si pudiera sentirte ahí de pié, en casa, y sé que soy yo mismo, y que estoy lleno de tubos y de cacharros en una habitación del hospital. Sería curiosísimo si no me estuvieran dando descargas con un desfibrilador y reventándome las costillas – me dice mi doble con voz tranquila, que sigue sentado en el sofá.
– Comienzo a pasear de un lado a otro del salón, saturado y sin poder creerme lo que está pasando.
– Adiós Emilio – escucho a mi otro yo, que ahora está a mi lado y me toca el hombro.
Cómo somos los humanos, siempre con miedos – me dice mi yo. – yo, que estaba tan convencido de la nada después de la muerte, y ahora rezo con todas mis fuerzas para que haya algo después. – suelta una risilla corta y apesadumbrada mientras me aprieta afectuosamente el antebrazo.
– Buena suerte, chavalote.
– ¡Espera!
Con un estremecimiento de aire, mi otro yo desaparece. Me quedo sólo en éste salón vacío. Rápidamente, me acerco al ventanal de la terraza y lo intento abrir. Necesito aire, ¡Necesito salir de aquí!
Por más que lo intento, el ventanal no se abre. Intento atravesarlo como hice con la puerta de la entrada hace unos minutos, pero me doy de bruces contra el cristal, y ahora sí que duele.
De repente, el edificio comienza a temblar. Desprevenido, caigo al suelo de espaldas, mientras el suelo se mueve como en un barco en mar picada.
Consigo levantarme, apoyándome contra la vitrina de las copas, que tintinean enloquecidamente. Andando a trompicones, llego hasta el sofá, y me sujeto al respaldo mientras el movimiento se hace más intenso. Caen cosas en la cocina. La vitrina se abre, y una lluvia de platitos y copas (- Joder, la cristalería de la Abuela – pienso aturdido), caen haciéndose añicos en el suelo. Me agarro con todas mis fuerzas al sofá, que se desliza ahora de un lado a otro del salón. Escucho un estruendo, y siento como el suelo se resquebraja bajo mis pies. De un salto, bordeo el sofá intentando permanecer en pie, pero es inútil. Todo comienza a derrumbarse a mi alrededor. Caigo al suelo mientras más muebles caen cerca de mí. El sofá se vuelca, y me aprisiona bajo él. El ruido es enloquecedor. Vomito incontroladamente, y de repente, siento que el suelo por fin se ha abierto bajo mi. Me agarro con una mano al borde de lo que se me antoja un abismo infinito. El sofá, que ahora se apoya contra mi cuerpo, me empuja con su peso hacia abajo.
¡ No puedo aguantar más! El brazo me arde y mis dedos comienzan a soltarse sin fuerzas.
Finalmente, con un grito de desesperación, me suelto del saliente y me precipito al vacío.
Y comienzo a caer… y a caer…

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13 respuestas a ¿Y después?

  1. Amaterasu dijo:

    ¡Hola! quería dejar constancia en público de lo que ya te he comentado en privado jeje.
    Me ha gustado mucho el relato, me ha encantado que me hayas dejado participar en su elaboración, como oyente para que te diera mis opiniones. Me gusta la tensión que se palpa en el relato, lo realista que me parece empezando por como actúa Emilio hasta por su manera de hablar tan natural… podéis pensar, ¿que montón de tacos suelta no? pero ¿y si estuviérais en su situación? creo que almenos yo, sería igual de expresiva.
    Me gusta porque estoy de acuerdo con las ideas que plasma, con el infierno particular. No creo que haya ningún infierno de fuego y diablos metiéndote el tridente por el culo, pero sí creo en que nosotros mismos podemos crear nuestro propio infierno.
    Tema muerte… muy delicado, cada persona tiene sus creencias, por eso también me gusta el final, “y cae…. y cae…” que cada cuál interprete lo que quiera, además, es original que por una vez, no sea un final feliz ni dirigido.
    Bueno, más o menos es todo lo que pienso sobre el relato.
    Espero que sigas escribiendo, rollos sentimentales a parte, creo que eres una persona con buenas dotes narrativas, que logras meter al lector dentro de tus historias, son amenas, divertidas pero también puedes hacer llorar si quieres. A mí me ha saltado la lagrimilla en este relato!

    Ánimos con esa faceta de escritor! ¡sigue así guapísimo!

  2. Patricia dijo:

    ¡Divertidísimo! Me ha encantado sobre todo lo de el chico que sin saberlo, iba guiando a un ciego muerto. ¡Que´tétrico y a la vez genial!

    Dios, me he quedado con ganas de maaaas! xDDD

    Para cuando otro?

    Un besazo, y sigue escribiendo, que no lo haces nada, pero que nada mal! 🙂
    Patri (viernescilla)

  3. Juan Francisco dijo:

    Crack!!! Estas hecho un crack!!!… Me ha enganchado desde el primer renglón y eso que la longitud del texto me intentaba convencer de que cerrase la pestaña del Firefox. Tendremos que seguirte con mayor frecuencia cuñao…

  4. Rafa's dijo:

    Está bastante bien el relato.
    Una exposición muy interesante del tema, que aún siendo algo dramático y notarse en la redacción, también tiene sus toques de humor nada fuera de lugar.
    Los que te han puesto en las reacciones malísimo no creo que tengan mucho criterio, o te tienen manía, o les asusta el tema, o simplemente se han visto mucho texto y eso es lo que les ha molestado.

  5. Raúl dijo:

    Debe ser bueno, pues a mi estos temas me dan mal rollo, y al acabar he terminado con cara de tonto pensando cosas raras.

    Esto no se me puede hacer xD.

  6. javi dijo:

    muy bueno. Al principio parecía muy rollo Gost pero luego muy bien resuelto con ese giro a la racionalidad y dejando el final abierto a las creencias de cada cual.

  7. Xabi dijo:

    Muy buen relato, me ha gustado, es intrigante y deja abiertos muchos finales, enhorabuena 🙂

  8. murcegalo dijo:

    mmmm está bien hecho, pero no me gusto el final !!!jkajkajkajkajka esperava algo mas y pucha ya me estaba enganchando y se acabo el relato !!!pipipipipipipipipipipii aver si publicas la secuela !!!… y lo unico que no entendi fue que si emilio podía penzar y optener resultados con eso, (como cuando penso en no tener ambre y no la tubo o cuando penso en no tener dolor y no lo tubo )me hiso preguntarme …. por que no penso en querer ver?a?lo ubiera logrado?jkajkajka bueno en fin socio salu2 de chile y siga a sí mire que tiene talento !!!yap era eso chauuuu!!!

  9. poqui15 dijo:

    el relato me gustó mucho, manteniendo todo el tiempoalgo de tensión, y expresado de una forma muy natural, por parte de los 2 personajes. me gustó mucho el final, por lo original, y poco habitual, dándole a la muerte, una imagen que quizás, alguna vez todos hemos imaginado, pero nunca extresado de forma tan sencilla y cercana. me encanta del relato, que consigue mantener todo el tiempo la atención. esque me he llegado incluso a emocionar. desconocía esa faceta de tí, y te animo a que sigas escribiendo. te felicito chico.

  10. Laura dijo:

    Hola!
    Dios… hacía siglos que no visitaba tu blog, desde que dejé de usar omnimud XD
    Está genial esto, mola mucho, en serio. Ahora me siento una mierda cOmo escritora a tu lado XD
    No, en serio, es muy muy bueno, no me he imaginado nunca eso, y narrado desde la perspectiva de un ciego, parece tan natural…
    Sigue así, no cambies esa faceta tuya (y la de programador tampoco jeje)
    Un abrazo y nos vemos por tiflo-juegos
    Laura Brand

  11. María del Carmen dijo:

    hola, sin palabras, ¡magnífico!, ¿
    es tan real?, muy bueno desde el principio hasta el final.
    sigue escribiendo…..
    Animo.

  12. Ugito dijo:

    Magnífico, Juanjo. Me ha encantado. Muchas personas que se aproximan a personas iegas, siempre dicen ser incapaces de imaginarse como es vivir sin ver. Creo que con tu relato, pueden hacerse una idea bastante cabal.
    Espereamos el siguiente.
    Enhorabuena.

  13. jmortizsilva dijo:

    Jooooder, que avandonado que tengo tu blog, esto no puede ser.

    Felicidades por el relato, me ha parecido genial, muy bien redactado y llevada la historia, eso si, ¡me he quedado con ganas de más!, así que ya sabes lo que tienes que hacer.

    Un abrazo y felicidades

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