¡Felicidades, mamá!

Ya te lo ha dicho esta mañana, dándote uno de esos abrazos que saben a ternura y huelen a sueños recién soñados. Te lo dice cada vez que te llama con esa vocecilla dulce, y cada vez que te sonríe cuando te ve aparecer tras los cristales de la guardería.
Te lo dice cuando se duerme encima de ti, o cuando te coge de la mano para que le alcances algo a lo que él aún no puede llegar. Eres su mundo, su sustento, su universo. Eres la voz que le calma por las noches cuando se despierta lloroso, la que le canta una nana cuando le cuesta conciliar el sueño. Eres sus tardes, también, la mami con la que juega con sus burrums y sus pelotas hasta caer rendido.

Y aunque a veces te asalten las dudas o las culpabilidades, aunque en ocasiones te preguntes: ¿lo estaré haciendo bien? ya estoy yo aquí para decirte que lo estás haciendo maravillosamente. Solo hay que verte con él para saberlo, saber que lo es todo para ti, y que harás lo que sea necesario para que él esté bien, cueste lo que cueste.
Y te admiro por eso, y te quiero por eso aún más, si es que tal cosa es posible.

Y en este día, en el que se celebra el día de las mamás, yo también me sumo para felicitarte. Porque te lo mereces. Porque tengo la certeza de que nuestro hijo no podría haber tenido una madre mejor ni en un millón de años.

¡Muchas felicidades, mi amor!

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Hola… Perdona pero, ¿quién eres?

Son las nueve de la mañana. Llegas al trabajo, corriendo como siempre, y en la puerta del edificio alguien te saluda muy alegre:

– ¡Hola!

Tienes que reaccionar en décimas de segundo: Tu cerebro debe procesar esa palabra, dos sílabas (Ho, la) e intentar ubicar esa voz en el catálogo de voces que almacena, a trancas y barrancas, tu memoria de pez.

Pero pasa medio segundo y tú, sin saber aún quién demonios te acaba de saludar (es un hombre, hasta ahí llegas), contestas con un – ¡Hola! – y esbozas una sonrisa tenue, de compromiso, sin tenerlas todas contigo; porque tu cerebro sigue a toda marcha intentando volver a reproducir esas dos sílabas, que con el esfuerzo te parece que ya no suenan en tu cabeza como lo hicieron en la realidad. Ho, la, ho, la, ho, la… ahora más grave, ahora más aguda… ¡qué presión!

Sigues andando, y la persona que te saludó camina ahora a tu lado.

– ¿Qué tal? – te pregunta.

Venga, campeón, otras dos sílabas. Ahora ya tienes más información… – “¡Hola! ¿Qué tal?”… Pues va a ser que no.

– Bien, corriendo, como siempre. ¿Y tú? – le dices para que hable a ver si así…

– Pues pensando que ya estamos a Jueves, que eso anima.

¡Toma sílabas, ¡no te quejes! Diecisiete! Pero… ¡aún no estás seguro de quién es! ¿Gregor? ¿Alexis? ¡O quizá Joan!

Y claro, llegados a este punto ya es tarde para preguntar: – Oye, perdona, ¿quién eres? – Ya has iniciado la conversación. Le has preguntado que qué tal él, lo que da a entender que sabes con quién narices estás hablando… Y preguntarle a estas alturas que quién es… ya queda como el culo.

Preguntar quién eres tienes que hacerlo al principio, en el primer hola, pero te puede la vergüenza de preguntar e intentas la estrategia de ganar tiempo hablando, lo cual, si eres sincero contigo mismo, normalmente no suele funcionar.

Pero ahí estás, llegando al ascensor, sin tener ni puñetera idea de quién va a tu lado.

Lo reconozco. Soy ciego, y malo con las voces de la gente con la que no he hablado demasiado. No es que tenga fonoagnosia ;), pero vamos, que no soy un lince 😉 Es lo que hay, y a veces creo que paso por borde con alguna gente a la que no he conocido cuando me han saludado y que deben pensar: – Vaya día tan seco que tiene este hoy.

Hay voces que son muy sencillas de distinguir. La mayor parte de las personas que conozco, con que me digan dos palabras sé automáticamente quienes son, porque hemos hablado tantas veces que el cerebro funciona casi en automático. Luego están las voces de aquellos que, aunque no hables mucho con ellos, tienen una voz que les hace distintos y fácilmente reconocibles: un timbre curioso, un acento, un tono más grave o agudo de lo habitual… Pero otras muchas, cuando hemos hablado pocas veces o muy espaciadas, me cuesta diferenciarlas.

También me pasa con los acentos. Si dos personas tienen un acento marcado y parecido y un timbre de voz más o menos similar, me cuesta más distinguirlas entre sí. Me recuerda un poco al análogo visual de cuando alguien que ve, me dice que todos los chinos le parecen iguales.

Las personas que ven, son capaces de recordar caras y asociarlas con personas concretas. Pequeñas diferencias en el ángulo de la mandíbula, la distancia entre los ojos, la forma de nariz, boca, orejas… un conjunto de indicadores que hacen posible distinguir unas caras de otras con relativa facilidad.

Creo que para una persona que ve, es más fácil asociar visualmente una cara a alguien y acordarse de esa persona, que para un ciego asociar una voz cuando ha tenido pocas conversaciones con ella, cuando es poca la información con la que trabajar, o cuando hay ruido de fondo.

La diferencia entre distinguir voces y caras, más allá de que los indicadores son totalmente distintos, creo que radica en que una cara la estás mirando (si quieres) durante todo el rato que dura una conversación. Además, es posible que el cerebro humano esté más adaptado a retener imágenes visuales que auditivas… o quizá la plasticidad neuronal hace que el cerebro de una persona ciega se adapte a retener con igual facilidad fragmentos auditivos, , y solo soy yo el manta al que le cuesta esto de distinguir voces de personas con las que no hablo demasiado 😉

¿Qué opináis?

¿Si eres ciego, es fácil para ti distinguir una voz aunque hayas hablado poco con esa persona?

Si ves, ¿hasta qué punto te resulta fácil distinguir una cara, y con qué rapidez?

¡Gracias por comentar, que el tema me parece interesante!

¡Saludos!

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Cuando la inclusión se hace añicos frente al mundo real

Lo reconozco. He estado, al menos en parte, creyendo que el microverso de personas a las que sigo en twitter era un reflejo más o menos fiel del resto de la sociedad. Y eso, como ya os podéis imaginar, es una falacia total.

Nos rodeamos de personas afines, individuos que piensan de manera más o menos parecida a nosotros o que comparten, más o menos, nuestros mismos intereses. Si mis amigos de twitter fueran una muestra media de la sociedad, habría superpoblación de informáticos, al 90% de la gente les encantaría cacharrear con la tecnología, , el Partido Popular se habría hundido en la miseria, y por un cataclismo ocular, un porcentaje bastante alto de la población mundial sería ciega o tendría graves problemas para apuntarse a un curso de piloto de líneas aéreas.

Así que en mi microverso, es normal que mucha gente sepa qué es la accesibilidad web o al menos haya oído hablar de ella. Es normal que si me conocen, o a mí o a alguien ciego, esa gente sepa que la ayuda es bienvenida y agradecida, pero no es un modo de vida; que las barreras están ahí para romperlas a mamporrazos, y no para subirnos a espaldas de otros más altos para que nos ayuden a superarlas, una y otra vez, conformándonos con ello sin ser capaces de hacerlo por nosotros mismos.

Sin embargo, cuando ayer se me escapó un tweet de ese microverso y se adentró en el universo de Twitter en el que llegó a personas que nada tenían que ver con mi confortable microverso, me di cuenta de que el camino que tenemos que recorrer para que la inclusión sea una realidad es aún más largo de lo que yo pensaba. Y eso me ha puesto triste, para qué vamos a engañarnos.

Y todo esto viene por la respuesta que di a un tweet de Pablo Iglesias, que lanzó a raíz del fin de las votaciones que Podemos lleva realizando estos últimos días para decidir si llegar o no a un pacto con Ciudadanos:

Usuarios de lectores de pantalla, siento el coñazo de usar tweets embebidos, pero es la única forma de que nadie me diga que me estoy inventando los tweets 😉 Están en una lista, pulsar i (JaWS o NVDA), para moveros entre los tweets sintragaros todos los botones de acciones del tweet:

Y no sigo, que esto es una locura de tweets.

Antes de nada, decir que me he saltado bastantes tweets de personas que me daban la razón, y de algunos que me preguntaban cómo twitteaba y demás. Quiero decir que no todo el mundo me ha dicho que me ayuden otros ni que me ofrezca yo desinteresadamente para hacer las cosas accesibles en lugar de quejarme… Así que no todo es malo, ni mucho menos, pero el cómputo general es bastante desolador.

Recapitulando:
a) La ayuda de terceros parece que para algunos es suficiente. Pudiendo pedirle a mi vecino del segundo que me mire la pantalla, ya me debería dar con un canto en los dientes. ¿Pedir que se accesibilicen las cosas para poder hacerlas sin ayuda de nadie? ¡anda ya! ¡Ser independiente está sobrevalorado!
b) Si yo tengo los conocimientos para hacer esa web accesible, debo ofrecerme desinteresadamente a ayudar, en lugar de quejarme… Y si no puedo o simplemente, no quiero, no tengo derecho a la queja.
c) Si soy capaz de leer un tweet siendo ciego, también soy capaz de votar en esa página. Esta lógica me desarma.

Y después de esto, ¿De verdad creéis que hemos avanzado? Yo creía que sí, pero me parece que estaba equivocado. Después no puedo sorprenderme si al ir a una entrevista de trabajo me dicen que no me contratan porque al cliente le da miedo que sea ciego y que no sepa o no pueda programar lo que me piden.

¿Y dónde está el problema?

Mi opinión es que está en la falta de concienciación y de conocimiento. Poca gente conoce la realidad de personas con discapacidad: ¿Cómo accede a internet un ciego? ¿Y un tetrapléjico? ¿Y una persona con discapacidad intelectual? ¿Cómo puede un desarrollador hacer su aplicación accesible, si ni siquiera se plantea que un ciego pueda, algún día, acceder a ella? ¡Eso debería estudiarse como requisito indispensable en las carreras y ciclos formativos de informática y de desarrollo de aplicaciones, y no puede ser de pasada, lo siento, así no sirve para nada!

Y luego hay otro problema, inherente al ser humano: el egoísmo: La verdad, si el muchacho ese del perro guía no puede acceder a la web de su banco, qué quieres que te diga, no me quita el sueño. Mientras yo pueda… Y así, con todo.

En fin, bastante desilusionado, y eso que suelo ser optimista por regla general. NO sé. Esto me ha tocado la fibra.

Estoy abierto a opiniones, que me encanta debatir 😉

Un saludo.

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Audiodemo. Como leer libros de Adobe digital editions (fnac, casa del libro…) en cualquier dispositivo

¡Hola!
Hace unos meses, os traía el tutorial de Audiodemo: Cómo leer libros de amazon (kindle) en cualquier dispositivo. Hoy os traigo el mismo tutorial, pero para leer los libros de Adobe Digital Editions.

En los libros electrónicos hay tres grandes plataformas, al menos las que yo conozco y utilizo con más frecuencia:

  • Kindle de Amazon
  • Adobe Digital Editions: Casa del libro, Fnac, el Corte Inglés…
  • Fairplay de Apple

En rigor, podríamos quitar el DRM a los tres formatos, aunque en cuanto a complejidad, Apple con Fairplay se lleva la palma, pues por cada actualización de iTunes cambian el algoritmo, y hay que estar reprogramando el software que quita dicho DRM.
Pero no os preocupéis, en realidad casi todos los libros electrónicos, cuando se lanzan, suelen estar en las tres plataformas, así que no os quedaréis sin leer por no poder desencriptar los libros de la manzana.

Para facilitaros las cosas, os dejo aquí una lista con los enlaces de descarga de los tres programas que utilizo durante la demo:

  1. Adobe digital editions 4.1 para Windows
  2. Epub DRM Removal
  3. Calibre 2.7.0 para Windows

Para los usuarios de otros sistemas operativos… sintiéndolo mucho, tendréis que buscar los enlaces correspondientes, que si no se me hace esto eterno 😉

Y ahora sí, el tutorial. Si queréis descargarlo en lugar de usar el reproductor, pulsad en el botón “Download” que aparece más abajo.

¡Espero que lo disfrutéis!

¡Un saludote!

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Pilotar es fácil con los ojos cerrados

¡Hola!

Después de bastantes meses sin publicar nada por aquí, hoy os traigo un podcast recién salido del horno. Es para mí un podcast muy especial, pues en él podréis escuchar cómo cumplo uno de mis sueños: pilotar una aeronave.

Ya he conducido una furgoneta, así que, ¿por qué no ir un poco más allá? 🙂

Mil gracias a mi niña Núria (@amaterasu_n) por hacer realidad este sueño. ¡Qué te voy a decir que ya no sepas, preciosa! 😉

También me gustaría agradecer a Victoria Rodríguez y a Diego López por haber puesto en contacto a Núria con el instructor de vuelo, Iñaqui, jefe de escuela del Real Aeroclub de Málaga,, quien se fio de mí y me permitió vivir esta experiencia inolvidable.

Así que por último, mil gracias, Iñaqui, por este día: Por la paciencia que demostraste al explicármelo todo. Por haberlo explicado tan bien. Por haberte implicado tanto en todo momento. En definitiva, por haberme hecho sentir que ese viernes diecinueve de septiembre, fue un viernes de altos vuelos. ¡Gracias, crack!

Y sin más, os dejo con el podcast. ¡Que lo disfrutéis, al menos una décima parte de lo que lo he disfrutado yo!

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Siempre hacia adelante

Siempre hacia adelante. Casi parecería el título de alguna canción, o quizá de un libro cutre de autoayuda de esos que adornan las estanterías de las librerías o incluso las cajas de los supermercados, pero qué verdad es. El tiempo pasa, y nosotros avanzamos con él, irremisiblemente. Siempre hacia adelante, acumulando vivencias y sumando años al calendario. Siempre hacia adelante, aunque a veces preferiríamos que algunas etapas no pasaran tan deprisa.
Parece que fuera ayer cuando aquel 17 de octubre de 2005, con la maleta llena de ilusiones, miedos, incertidumbres y algo de ropa, llegué a la escuela de la Fundación ONCE del Perro Guía, en Madrid. Parece que fuera ayer cuando llegaste a mi habitación, con aquel repiqueteo de patitas, esa cola en movimiento perpetuo, y esa lengua áspera que se afanaba en intentar lamerme las manos y la cara a la menor oportunidad.
Me hubiera gustado poder saber qué pensabas en aquel momento, si de algún modo te preguntabas qué demonios te depararía el futuro después de aquel nuevo cambio de rutina en tu vida, bastante intensa casi desde que naciste. Primero en la escuela, luego un año con una familia que sin duda te cuidó y te quiso como a la que más, luego otra vez en la escuela, donde aprendiste a ser la mejor guía del mundo… y de repente, otro cambio más, conociendo a aquel humano que olía a nervios y a emoción contenida.
Han pasado más de ocho años, en los que hemos vivido miles de experiencias inolvidables. Ocho años en los que has estado junto a mí casi las veinticuatro horas del día. Ocho años en los que has pasado por tres ciudades y cinco casas, siempre acompañándome, y dando lo mejor de ti cuando te he necesitado.
Siempre he dicho que cuando me fui a Madrid, habría sido mucho más duro si no hubieras estado conmigo. Por la seguridad que me daba tenerte a mi lado, fui capaz de enfrentarme a tantas cosas desconocidas, y patearme tantas calles y tantos cruces, sabiendo que con tus ojillos vivaces y con ese carácter resuelto que siempre has tenido, no importaba mucho si nos perdíamos, porque sabía que si estabas ahí, al final encontraríamos el camino correcto.
Ocho años después, y pese a esa gran parte egoísta que me impulsaba a no tomar la decisión, te has convertido en una perrilla jubilada, favorita de casa de mis padres y mimada a más no poder. Y sé que, aunque te eche tela de menos, y a veces se me salte una lagrimilla cuando veo por casa tu colchón vacío, es lo mejor que podría haber hecho, ¡que ya estaba bien tantos años aguantándome a mí!
Y ahora, ocho años después de nuestro primer encuentro, el ciclo se repite, y otra vez me veo aquí, sentado en un tren camino a Madrid (aunque desde el norte en lugar de desde el sur), con la maleta llena de ilusiones, incertidumbres y algo más de experiencia. Otra vez a buscar a un peludo que me aguante como tantos años me has aguantado tú. Y aunque sé que comparar es odioso, es innegable que para mí has sido una guía y una compañera de andanzas excepcional, y que has dejado el listón bien alto para el siguiente.
Así que Mery, a ti va dedicado este post, esta especie de carta que, como no puedes leer ni entender, te traduciré en forma de caricias y achuchones cuando vaya por Málaga a veros a todos. Hasta entonces, sigue haciendo lo que mis papis y ahora tus dueños te permitan, que conociéndolos, será mucho ;).
Gracias por todo, chiquitilla peluda. ¡Te quiero!

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Audiodemo: Cómo leer libros de amazon (kindle) en cualquier dispositivo

¡Hola a todos!

Hoy, @Luis_RNE, me preguntaba si había forma de romper el DRM de los libros que se compre en amazon para poder leerlos de forma accesible, y me recordó aquella audiodemo que hice hace meses sobre el particular.

Por falta de tiempo, y de memoria, todo sea dicho, no había publicado en el blog la audiodemo, pues estaba a la espera de escribir el post en texto para que pudierais leerlo paso a paso. Visto que no saco el tiempo para hacerlo, os pongo aquí la audiodemo para que podáis escucharla directamente.

¡Espero que os sea útil!

¡Un saludo y a acabar de disfrutar el verano! 😉

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Podcast: Viaje a EEUU

¡Hola a todos!

Después de casi un año, en el que nuestras grabaciones han estado durmiendo en el cajón magnético de las profundidades de nuestros discos duros, hace unos días, decidimos, así, de repente y sin pensar mucho en lo que implicaba, montar de una santa vez el podcast del viaje que hicimos a Estados Unidos allá por mayo del pasado año.
Así que dicho y… tres intensos días después, hecho.
En este post, iremos publicando los sucesivos episodios de los que constará este podcast, que en principio serán diez u once. Esto de diez u once es porque no tenemos claro que el último día, que sólo consta de unas horas de monótono avión y de unos comentarios hechos con el mayor de los agotamientos dé para un podcast jeje.
Y ya no me voy más por las ramas, que siempre me pasa. Esperamos que este podcast, hecho con toda la ilusión del mundo entre Núria y yo, os haga disfrutar un ratito. Para nosotros, desde luego, es todo un placer montarlos y sobre todo, escucharlos y recordar con cariño todos aquellos días. Para ambos, es nuestra forma alternativa de lo que para algunos son las fotos y los vídeos, ¡pero más divertido! 😉 Ponemos un poquito de audio, sazonamos con algo de música, le echamos unos granitos de imaginación, se agita, se mete al horno, y esto es lo que nos queda.
¿Os apuntáis a nuestro viaje?

Descargas del podcast:

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A las diez en casa, me dijo el semáforo

Sales de casa una tarde más, como otra cualquiera. Vas con el tiempo muy justo, para no variar, y te esperan en media hora para empezar el ensayo. Llegas a la calle, sacas a tu perra guía a que haga el uno y el dos (vaya eufemismos para decir mear y cagar, piensas divertido) y con paso rápido (desde que tienes a Mery vas por la vida siempre corriendo), te diriges hacia el metro. Giras en la primera calle, y le dices a Mery que te busque el cruce. Ella acelera el paso, entendiéndote, y se detiene al borde de la carretera, con la cabeza alta, atenta a tu siguiente instrucción.

El cruce es uno de esos complicados de narices. Es ancho, lo suficiente para tener dos carriles de una sola dirección (los coches siempre van de derecha a izquierda). Los coches pueden circular por ellos, o girar hacia la calle perpendicular que tienes a tu derecha. De igual modo, los coches pueden girar desde la calle perpendicular de tu derecha, y meterse en la que vas a cruzar. Pero lo realmente jodido del cruce es que el semáforo que regula el tráfico nunca está en rojo para los coches, sino que siempre está, o en verde, o en ámbar. Así que ellos siempre pasan, aunque tú tengas preferencia para cruzar.

De modo que te paras, y te concentras en escuchar qué ocurre a tu alrededor. Con suerte, pasará algún coche por la perpendicular de la derecha, y eso significa, siempre y cuando el coche que escuchas no se haya saltado el otro semáforo, que el semáforo que te dispones a cruzar está en verde para ti, y en ámbar para ellos. NO es una garantía de nada, lo sabes, pues como los coches pueden pasar siempre, debes escuchar muy atentamente no sea que cruces cuando un coche se te venga encima, por muy verde que esté para ti. De todas formas, como la perpendicular tiene un tráfico bastante escaso, sólo escuchas coches pasar ante ti, pero ninguno en la perpendicular, así que ni idea de cómo está el semáforo.

Mientras estás ahí parado, intentas escuchar si se acerca gente por algún lado. Normalmente, la gente suele ser muy amable, y si les preguntas que de qué color está el semáforo, si está en rojo para ti, suelen esperarse a que se ponga en verde y te avisan. Para tu desgracia, no pasa nadie por la calle, y se te hace cada vez más tarde.

Entonces te acuerdas de cuando hace unos nueve años empezaste a caminar con el bastón. Se te hacía todo un mundo cruzar sólo una calle. Siempre dabas el primer paso con un miedo atroz, por mucho que tu TR (el técnico de movilidad que tiene la ONCE para enseñar a las personas ciegas a moverse con autonomía) te hubiera repetido mil veces que aquel cruce era sencillito, que si escuchabas coches cruzar por la perpendicular significaba que tu semáforo estaba en verde y podías cruzar sin problema.
. Aún así, y hasta que el ayuntamiento aceptó tu petición y colocó un avisador acústico en el semáforo, cada vez que ibas a cruzar la calle se te cogía un pellizco en el estómago y cruzabas a toda velocidad, por si acaso. Eso, por supuesto, jamás se lo contarías a tus padres, que bastante tenían ya con pensar en las mil setecientas catorce cosas malas que te podían pasar yendo sólo por la calle.
Ahora, nueve años después y a quinientos kilómetros de aquel semáforo, te encuentras con otro mucho más jodido, y te planteas cruzar sin preguntar y sin saber si está en rojo o en verde, en cuanto tus oídos estén seguros de no escuchar ningún coche aproximarse por ningún lado. – Cómo cambian las cosas – te dices con una sonrisa. Ahora confías más en ti mismo y en tus sentidos, y aunque no te consideras imprudente, pues llevas más de tres minutos ahí parado intentando dilucidar de qué puñetero color está el semáforo, te impacientas por momentos. Ahora, sí o sí, vas a llegar tarde al ensayo, y la escusa de que no sabías cómo estaba el semáforo suena a “El perro se me comió los deberes”. Te quedas diez o quince segundos más ahí parado, esperando a que venga alguien o a que cruce algún coche por la perpendicular, pero finalmente, te hartas, y
cuando te aseguras de no escuchar ninguno, avanzas el pie derecho y le dices a Mery que corra, por su padre, que cuanto antes llegues a la otra acera menos peligro habrá de que te atropellen.
Todo sucede en menos de tres segundos, aunque cuando ocurre, a ti se te antoja una eternidad. Cuando no llevas recorrido ni un metro, escuchas un motor aproximarse a toda velocidad por tu derecha. Jurarías que no sonaba nada hacía un instante, pero ahí lo tienes. Tu cuerpo se sobrecarga de adrenalina. El corazón te da un salto en el pecho, y tu mente baraja dos opciones en cuestión de un segundo. O corres lo más que puedas hasta el otro cruce, o intentas correr hacia atrás y volver por donde viniste. Aunque quizá lo más sensato es intentar retroceder, tu cuerpo te impulsa a huir hacia adelante, a correr como alma que lleva el diablo y ponerte a salvo en el otro lado. Casi sin darte cuenta, tus piernas han comenzado a moverse a toda velocidad, mientras tu mano derecha da un tirón de la correa de Mery para que corra contigo. En ese momento, ni siquiera piensas en que de un momento a otro un coche se te puede llevar por delante; sólo piensas en correr y poner un pie fuera de la carretera. Escuchas un frenazo justo a tu lado o así te lo parece, y mientras las ruedas chirrían, intentas correr aún más rápido de lo que ya corres.
De repente, uno de tus pies nota la rampa de subida. De un salto subes a la acera, mientras el coche, tras de ti, hace sonar el claxon de forma estridente. Te quedas temblando y con el corazón desbocado al borde de la carretera. Escuchas cómo el coche vuelve a acelerar, perdiéndose por tu izquierda. Poco a poco, eres consciente de lo cerca que ha estado, y prefieres no pensar en lo peor que podría haberte ocurrido. Cuando te calmas, empiezas a pensar en el tiempo que hace que solicitaste al ayuntamiento de Madrid el semáforo para ese cruce, allá por Octubre del 2009. Estamos a finales de 2011, por lo que hace más de dos años que hiciste la solicitud. TE acuerdas de todas y cada una de las conversaciones que has mantenido con los responsables del departamento encargado de la señalización, y de la cansina respuesta que te han dado siempre: No tenemos presupuesto ahora mismo para poner semáforos acústicos nuevos en su zona. Y te empieza a entrar el cabreo, un cabreo monumental, y te dan ganas de gritar muy fuerte, y tildar de hijos de puta a todos y cada uno de los políticos que han permitido que lleves más de dos años esperando un puto semáforo que cuesta en torno a cuatrocientos euros cada uno, y que por culpa de esos señores que no tienen ni idea de lo que es cruzar todos los días por un cruce en el que no puedes ni saber el color del semáforo, has estado a punto de ser atropellado. Y encima es tu culpa por cruzar en rojo.
Con estos buenos pensamientos, continúas tu camino hacia el metro. Tras media hora y diez paradas, llegas a tu destino. Por suerte, el cruce que tienes que pasar para llegar al local tiene semáforo sonoro, así que esperas a que se ponga en verde, y cruzas.

Son las diez y media de la noche. Habéis terminado de ensayar, y vuelves a casa. Sales del local, y cuando vas a cruzar la calle que te llevará de vuelta al metro, te das cuenta de la hora que es. En Madrid, los semáforos acústicos (coloquialmente llamados semáforos de pajaritos) tienen un horario de funcionamiento de ocho de la mañana a diez de la noche, por aquello de no molestar al personal. Evidentemente, los ciegos sólo salimos de ocho a diez, todo el mundo sabe eso. Sin embargo, tú eres raro, y estás a las diez y media fuera de casa. Por suerte, es un semáforo sencillo, y la calle perpendicular tiene bastante tráfico, por lo que cruzas sin problemas.
De vuelta a casa, tienes que hacer el mismo cruce en el que casi te atropellan, pero como es bastante tarde ya, el tráfico es casi inexistente y cruzas sin mayores contratiempos.
Cuando llegas a casa, te pones a hacer otras cosas, y el incidente de la tarde y el cabreo que te pillaste dejan de estar en un primer plano para ti; total, no es nada infrecuente que tengas que cruzar semáforos sin acústica, ya has llamado mil veces para quejarte y nada, por lo que cuando pasan los años, te acostumbras al riesgo, lo asumes, y tiras para adelante.

Normativas sobre accesibilidad de semáforos en la comunidad de Madrid

En el 2009, cuando me mudé al barrio de Madrid en el que vivo, solicitamos algunos semáforos que considerábamos críticos para mí y para mi novia, @amaterasu_n. La ONCE mandó la solicitud al ayuntamiento, y estos a su vez, aprobaron técnicamente la viabilidad de la instalación. sin embargo, pasaron los meses, y los semáforos seguían sin pitar y nosotros cruzando poniendo en riesgo nuestra propia integridad. A principios de 2010, llamé al ayuntamiento, donde me contaron que la solicitud estaba aprobada, pero que durante aquel año no iban a poder poner los semáforos porque no tenían presupuesto para hacer nuevas instalaciones. No me lo podía creer. Me indignó pensar que para otras muchas cosas sí hubiera presupuesto (no me quiero ni imaginar qué cuesta poner el alumbrado de navidad), y para instalar tres avisadores acústicos no hubiera dinero. Investigando por internet, me encontré un presupuesto para el ayuntamiento de Estepona, en el que indicaba que los avisadores acústicos que habían instalado costaban cada uno 402,30€: Ver presupuesto en PDF.
En vista de la respuesta, me puse en contacto con un servicio jurídico, que me indicó que la accesibilidad urbana está transferida a cada comunidad autónoma, y que en el caso de Madrid, el decreto que regulaba la accesibilidad y la supresión de barreras arquitectónicas era del B.O.C.A.M de 24 de Abril de 2007. Aquí tenéis el documento en HTML con esas disposiciones. Según ese decreto, estaban obligados a aprobar los presupuestos necesarios para instalar cuantos semáforos sonoros fueran necesarios, por lo que me puse en contacto de nuevo con el ayuntamiento y les comenté lo recogido en dicho artículo. Sin embargo, me comentaron que ese plan tenía como límite de implantación el año 2015, y que mientras, teníamos que aguantarnos con los presupuestos que había. Conclusión, nos quedábamos sin semáforos hasta que hubiera dinero. Hace unos días, leyendo de nuevo ese decreto, no encontré ningún apartado en el que indique lo que ellos me contaron, por lo que ya no sé si directamente me engañaron, o esto aparece en otro lugar que no he sabido ver.

Hoy, a 26 de Febrero de 2012, más de dos años y cuatro meses después de la solicitud de instalación de los semáforos acústicos, aún no tenemos ninguno de ellos. Llamé hace un par de días al ayuntamiento, y me dijeron que este año quizá podrían ponerlos, que ya tenían algo de presupuesto. ¡Alabado sea dios! Pero luego organizan la visita del papa, y le regalan abono transporte y mochilitas a todos los de la JMJ. Si es que hay dinero para algunas cosas (importantes) y no hay para otras (superfluas como las nuestras).
Un compañero me ha recomendado que ponga una denuncia en la oficina permanente de accesibilidad, y éste va a ser mi siguiente paso. Ya os contaré lo que me dicen.

Ayer, casualmente, vi por Twitter un post de @acceDAMOS, que hablaba sobre las normativas de accesibilidad que deben cumplir los semáforos, un post ciertamente interesante: Ver post de @acceDAMOS.

Tipos de semáforos y horarios de funcionamiento

En España, que yo conozca, hay dos tipos de semáforos acústicos: los que están siempre activados (coloquialmente llamados semáforos de pajaritos), y los que se activan sólo a petición del usuario con mando a distancia (sistema ciberpass).
Los semáforos del primer tipo, son los que siempre tienen el avisador acústico activado aunque no haya ninguna persona que lo necesite por las proximidades. Estos semáforos suelen tener un horario de funcionamiento que hace que se desactiven por las noches, para no molestar a la vecindad.
El segundo tipo, llamado ciberpass, se diferencia del primer tipo en dos aspectos:

  • Modo de activación: El semáforo por defecto nunca emite sonidos, a no ser que el usuario con discapacidad así lo requiera. Con un mando a distancia que el usuario lleva consigo, activará el semáforo que vaya a cruzar. Una vez activado, el semáforo indicará al usuario cuándo está en verde, cuándo está en ámbar, y dejará de sonar cuando se ponga en rojo. Para que vuelva a avisar en el siguiente ciclo, será necesario volver a activarlo de nuevo utilizando el mando a distancia mencionado con anterioridad. De esta forma, el sistema acústico no molestará, pues sólo se activará cuando sea necesario. A diferencia del tipo primero, estos semáforos siempre permiten la activación remota, aunque sean las cuatro de la mañana.
  • Auto regulación del aviso sonoro: El sonido de aviso que emiten estos semáforos se regula en función del ruido ambiente que detecte a su alrededor. Así, la contaminación acústica se reduce al mínimo, pues en primer lugar el semáforo sólo se activa cuando un usuario lo necesita, y en segundo lugar, cuando haya mucho tráfico, el semáforo sonará con más fuerza, y cuando no haya tráfico y por tanto haya muy poco ruido, el sonido será mucho más tenue. Sin embargo, con los semáforos de pajaritos que tienen un volumen fijo, se ha dado la circunstancia de que el tráfico era muy elevado, y he sido incapaz de escuchar el sonido. De igual modo, entiendo que por las noches, en una calle con escaso tráfico, el pío pío puede acabar con los nervios de cualquiera que intente dormir.

En Madrid, el tipo de semáforo instalado es el tipo 1 (activación continua). Esto supone que los semáforos están continuamente sonando, con la contaminación acústica que supone. Por causa de ella, los semáforos tienen sólo funcionamiento acústico diurno. A partir de las diez de la noche, los semáforos de toda la capital se desconectan para no molestar al vecindario. Hasta las ocho de la mañana, ningún semáforo sonará.
Cuando pregunté por ello al ayuntamiento, me dijeron que esos horarios son inmutables, que no se pueden modificar. Sin embargo, el punto G del artículo referente a pasos peatonales, reza lo siguiente:

g) Caso de que existan mecanismos de temporización que determinen una franja horaria de funcionamiento del avisador sonoro, su programación contemplará, como criterio único, las necesidades de los usuarios con problemas de visión.

¡Toma ya! Y era un responsable del departamento de señalización. Será que esto tampoco aplica hasta el 2015? 😉
Y vosotros diréis: Si el segundo tipo de semáforo es todo ventajas con respecto al primero, ¿porqué en Madrid no se ponen? Pues según el mismo señor del ayuntamiento, no funcionan bien, porque en Madrid hay muchos barridos de inhibidores de frecuencia, y eso podría inhabilitar temporalmente los emisores que llevan los mandos a distancia. No sé a vosotros, pero me suena a escusa barata. Que yo sepa, las zonas en las que actúan los inhibidores de frecuencia con asiduidad en Madrid son muy localizadas, y en ellas se podrían colocar los semáforos de pajaritos, dejando al resto de zonas con semáforos más modernos y que no nos dejan tirados a partir de las diez de la noche. De cualquier modo, prefiero que durante dos minutos no me funcione el mando a distancia del semáforo por culpa de un inhibidor y tener que esperar, a salir a las once de la noche o a las siete de la mañana y tener que cruzar sin saber si el semáforo está en verde o en rojo.

En otras ciudades, como Málaga, Barcelona o Tarragona sé que se están utilizando los semáforos de tipo ciberpass.
¿Y en tu ciudad? ¿qué tipo de semáforos se utilizan? ¿También se desactivan por las noches?

Con respecto a otras partes del mundo, sé que en Praga, donde estuvimos en 2010, los semáforos accesibles emitían una especie de chasquido, parecido a los que hacen los intermitentes de los coches (tac, tac, tac). Me sorprendió que incluso con tráfico, el sonido de los semáforos se escuchaba sin problemas, y a mi parecer era menos estridente que los dichosos pajaritos.
¿Conoces otro tipo de semáforos acústicos? ¡Cuéntanoslo!

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Para ti, Lucía, artículo de Hernand Casciari

¡Hola!
Por segunda vez en la vida de este blog, no he podido resistirme a copiar aquí un artículo que me llegó por otro lado.
El artículo es del blog del escritor Hernand Casciari, que saca a la palestra un tema que trae cola estos últimos días. Me refiero a las declaraciones de Lucía Etxebarría, que se dio cuenta de que las ventas de su último libro habían sido menores que las descargas “ilegales” de su obra, y que no escribiría más libros en una larga temporada porque así no se podía vivir.
Esto me recuerda a aquello que decía Rosario Flores, pero en fin.
Como Hernand lo explica mucho mejor que yo, y con ese tono que me fascina, os dejo aquí su artículo para que lo disfrutéis.

¡Felices fiestas a todos!

Kastwey.

El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en .pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. «Dado que que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros», dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: «Pobrecita, miren lo que internet le está haciendo a los autores».

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero le pagamos (extremadamente bien) a todos autores. Los .pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: «qué bueno, cuánta gente me lee». Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: «qué espanto, cuánta gente no me compra».

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

Me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antologia de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, «un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho».

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. Él ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección. (Y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara.)

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman LA APORTACIÓN. En la cláusula cuatro dice que «el EDITOR podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)». En la cláusula cinco, ponen: «Como remuneración por la cesión de derechos de la APORTACIÓN, el EDITOR abonará al AUTOR cien euros (100 €) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan».

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros, o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. Saludos!

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con alzheimer.

—¿Me das eso? —dice el abuelito.

—Sí, abuelo, tomá.

—No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

—No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

—¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

—¿Pero por qué, abuelo?

—Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

—Bueno, abuelo, otro día hablamos… Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias en la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.

Fuente: http://orsai.bitacoras.com/2011/12/para-ti-lucia.php

Hernán Casciari | 21 de diciembre, 2011

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