Audiodemo. Como leer libros de Adobe digital editions (fnac, casa del libro…) en cualquier dispositivo

¡Hola!
Hace unos meses, os traía el tutorial de Audiodemo: Cómo leer libros de amazon (kindle) en cualquier dispositivo. Hoy os traigo el mismo tutorial, pero para leer los libros de Adobe Digital Editions.

En los libros electrónicos hay tres grandes plataformas, al menos las que yo conozco y utilizo con más frecuencia:

  • Kindle de Amazon
  • Adobe Digital Editions: Casa del libro, Fnac, el Corte Inglés…
  • Fairplay de Apple

En rigor, podríamos quitar el DRM a los tres formatos, aunque en cuanto a complejidad, Apple con Fairplay se lleva la palma, pues por cada actualización de iTunes cambian el algoritmo, y hay que estar reprogramando el software que quita dicho DRM.
Pero no os preocupéis, en realidad casi todos los libros electrónicos, cuando se lanzan, suelen estar en las tres plataformas, así que no os quedaréis sin leer por no poder desencriptar los libros de la manzana.

Para facilitaros las cosas, os dejo aquí una lista con los enlaces de descarga de los tres programas que utilizo durante la demo:

  1. Adobe digital editions 4.1 para Windows
  2. Epub DRM Removal
  3. Calibre 2.7.0 para Windows

Para los usuarios de otros sistemas operativos… sintiéndolo mucho, tendréis que buscar los enlaces correspondientes, que si no se me hace esto eterno ;)

Y ahora sí, el tutorial. Si queréis descargarlo en lugar de usar el reproductor, pulsad en el botón “Download” que aparece más abajo.

¡Espero que lo disfrutéis!

¡Un saludote!

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Pilotar es fácil con los ojos cerrados

¡Hola!

Después de bastantes meses sin publicar nada por aquí, hoy os traigo un podcast recién salido del horno. Es para mí un podcast muy especial, pues en él podréis escuchar cómo cumplo uno de mis sueños: pilotar una aeronave.

Ya he conducido una furgoneta, así que, ¿por qué no ir un poco más allá? :)

Mil gracias a mi niña Núria (@amaterasu_n) por hacer realidad este sueño. ¡Qué te voy a decir que ya no sepas, preciosa! ;)

También me gustaría agradecer a Victoria Rodríguez y a Diego López por haber puesto en contacto a Núria con el instructor de vuelo, Iñaqui, quien se fio de mí y me permitió vivir esta experiencia inolvidable.

Así que por último, mil gracias, Iñaqui, por todo: Por la paciencia que demostraste al explicármelo todo. Por haberlo explicado tan bien. Por haberte implicado tanto en todo momento. En definitiva, por haberme hecho sentir que ese viernes diecinueve de septiembre, fue un viernes de altos vuelos. ¡Gracias, crack!

Y sin más, os dejo con el podcast. ¡Que lo disfrutéis, al menos una décima parte de lo que lo he disfrutado yo!

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Siempre hacia adelante

Siempre hacia adelante. Casi parecería el título de alguna canción, o quizá de un libro cutre de autoayuda de esos que adornan las estanterías de las librerías o incluso las cajas de los supermercados, pero qué verdad es. El tiempo pasa, y nosotros avanzamos con él, irremisiblemente. Siempre hacia adelante, acumulando vivencias y sumando años al calendario. Siempre hacia adelante, aunque a veces preferiríamos que algunas etapas no pasaran tan deprisa.
Parece que fuera ayer cuando aquel 17 de octubre de 2005, con la maleta llena de ilusiones, miedos, incertidumbres y algo de ropa, llegué a la escuela de la Fundación ONCE del Perro Guía, en Madrid. Parece que fuera ayer cuando llegaste a mi habitación, con aquel repiqueteo de patitas, esa cola en movimiento perpetuo, y esa lengua áspera que se afanaba en intentar lamerme las manos y la cara a la menor oportunidad.
Me hubiera gustado poder saber qué pensabas en aquel momento, si de algún modo te preguntabas qué demonios te depararía el futuro después de aquel nuevo cambio de rutina en tu vida, bastante intensa casi desde que naciste. Primero en la escuela, luego un año con una familia que sin duda te cuidó y te quiso como a la que más, luego otra vez en la escuela, donde aprendiste a ser la mejor guía del mundo… y de repente, otro cambio más, conociendo a aquel humano que olía a nervios y a emoción contenida.
Han pasado más de ocho años, en los que hemos vivido miles de experiencias inolvidables. Ocho años en los que has estado junto a mí casi las veinticuatro horas del día. Ocho años en los que has pasado por tres ciudades y cinco casas, siempre acompañándome, y dando lo mejor de ti cuando te he necesitado.
Siempre he dicho que cuando me fui a Madrid, habría sido mucho más duro si no hubieras estado conmigo. Por la seguridad que me daba tenerte a mi lado, fui capaz de enfrentarme a tantas cosas desconocidas, y patearme tantas calles y tantos cruces, sabiendo que con tus ojillos vivaces y con ese carácter resuelto que siempre has tenido, no importaba mucho si nos perdíamos, porque sabía que si estabas ahí, al final encontraríamos el camino correcto.
Ocho años después, y pese a esa gran parte egoísta que me impulsaba a no tomar la decisión, te has convertido en una perrilla jubilada, favorita de casa de mis padres y mimada a más no poder. Y sé que, aunque te eche tela de menos, y a veces se me salte una lagrimilla cuando veo por casa tu colchón vacío, es lo mejor que podría haber hecho, ¡que ya estaba bien tantos años aguantándome a mí!
Y ahora, ocho años después de nuestro primer encuentro, el ciclo se repite, y otra vez me veo aquí, sentado en un tren camino a Madrid (aunque desde el norte en lugar de desde el sur), con la maleta llena de ilusiones, incertidumbres y algo más de experiencia. Otra vez a buscar a un peludo que me aguante como tantos años me has aguantado tú. Y aunque sé que comparar es odioso, es innegable que para mí has sido una guía y una compañera de andanzas excepcional, y que has dejado el listón bien alto para el siguiente.
Así que Mery, a ti va dedicado este post, esta especie de carta que, como no puedes leer ni entender, te traduciré en forma de caricias y achuchones cuando vaya por Málaga a veros a todos. Hasta entonces, sigue haciendo lo que mis papis y ahora tus dueños te permitan, que conociéndolos, será mucho ;).
Gracias por todo, chiquitilla peluda. ¡Te quiero!

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Audiodemo: Cómo leer libros de amazon (kindle) en cualquier dispositivo

¡Hola a todos!

Hoy, @Luis_RNE, me preguntaba si había forma de romper el DRM de los libros que se compre en amazon para poder leerlos de forma accesible, y me recordó aquella audiodemo que hice hace meses sobre el particular.

Por falta de tiempo, y de memoria, todo sea dicho, no había publicado en el blog la audiodemo, pues estaba a la espera de escribir el post en texto para que pudierais leerlo paso a paso. Visto que no saco el tiempo para hacerlo, os pongo aquí la audiodemo para que podáis escucharla directamente.

¡Espero que os sea útil!

¡Un saludo y a acabar de disfrutar el verano! ;)

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Podcast: Viaje a EEUU

¡Hola a todos!

Después de casi un año, en el que nuestras grabaciones han estado durmiendo en el cajón magnético de las profundidades de nuestros discos duros, hace unos días, decidimos, así, de repente y sin pensar mucho en lo que implicaba, montar de una santa vez el podcast del viaje que hicimos a Estados Unidos allá por mayo del pasado año.
Así que dicho y… tres intensos días después, hecho.
En este post, iremos publicando los sucesivos episodios de los que constará este podcast, que en principio serán diez u once. Esto de diez u once es porque no tenemos claro que el último día, que sólo consta de unas horas de monótono avión y de unos comentarios hechos con el mayor de los agotamientos dé para un podcast jeje.
Y ya no me voy más por las ramas, que siempre me pasa. Esperamos que este podcast, hecho con toda la ilusión del mundo entre Núria y yo, os haga disfrutar un ratito. Para nosotros, desde luego, es todo un placer montarlos y sobre todo, escucharlos y recordar con cariño todos aquellos días. Para ambos, es nuestra forma alternativa de lo que para algunos son las fotos y los vídeos, ¡pero más divertido! ;) Ponemos un poquito de audio, sazonamos con algo de música, le echamos unos granitos de imaginación, se agita, se mete al horno, y esto es lo que nos queda.
¿Os apuntáis a nuestro viaje?

Descargas del podcast:

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A las diez en casa, me dijo el semáforo

Sales de casa una tarde más, como otra cualquiera. Vas con el tiempo muy justo, para no variar, y te esperan en media hora para empezar el ensayo. Llegas a la calle, sacas a tu perra guía a que haga el uno y el dos (vaya eufemismos para decir mear y cagar, piensas divertido) y con paso rápido (desde que tienes a Mery vas por la vida siempre corriendo), te diriges hacia el metro. Giras en la primera calle, y le dices a Mery que te busque el cruce. Ella acelera el paso, entendiéndote, y se detiene al borde de la carretera, con la cabeza alta, atenta a tu siguiente instrucción.

El cruce es uno de esos complicados de narices. Es ancho, lo suficiente para tener dos carriles de una sola dirección (los coches siempre van de derecha a izquierda). Los coches pueden circular por ellos, o girar hacia la calle perpendicular que tienes a tu derecha. De igual modo, los coches pueden girar desde la calle perpendicular de tu derecha, y meterse en la que vas a cruzar. Pero lo realmente jodido del cruce es que el semáforo que regula el tráfico nunca está en rojo para los coches, sino que siempre está, o en verde, o en ámbar. Así que ellos siempre pasan, aunque tú tengas preferencia para cruzar.

De modo que te paras, y te concentras en escuchar qué ocurre a tu alrededor. Con suerte, pasará algún coche por la perpendicular de la derecha, y eso significa, siempre y cuando el coche que escuchas no se haya saltado el otro semáforo, que el semáforo que te dispones a cruzar está en verde para ti, y en ámbar para ellos. NO es una garantía de nada, lo sabes, pues como los coches pueden pasar siempre, debes escuchar muy atentamente no sea que cruces cuando un coche se te venga encima, por muy verde que esté para ti. De todas formas, como la perpendicular tiene un tráfico bastante escaso, sólo escuchas coches pasar ante ti, pero ninguno en la perpendicular, así que ni idea de cómo está el semáforo.

Mientras estás ahí parado, intentas escuchar si se acerca gente por algún lado. Normalmente, la gente suele ser muy amable, y si les preguntas que de qué color está el semáforo, si está en rojo para ti, suelen esperarse a que se ponga en verde y te avisan. Para tu desgracia, no pasa nadie por la calle, y se te hace cada vez más tarde.

Entonces te acuerdas de cuando hace unos nueve años empezaste a caminar con el bastón. Se te hacía todo un mundo cruzar sólo una calle. Siempre dabas el primer paso con un miedo atroz, por mucho que tu TR (el técnico de movilidad que tiene la ONCE para enseñar a las personas ciegas a moverse con autonomía) te hubiera repetido mil veces que aquel cruce era sencillito, que si escuchabas coches cruzar por la perpendicular significaba que tu semáforo estaba en verde y podías cruzar sin problema.
. Aún así, y hasta que el ayuntamiento aceptó tu petición y colocó un avisador acústico en el semáforo, cada vez que ibas a cruzar la calle se te cogía un pellizco en el estómago y cruzabas a toda velocidad, por si acaso. Eso, por supuesto, jamás se lo contarías a tus padres, que bastante tenían ya con pensar en las mil setecientas catorce cosas malas que te podían pasar yendo sólo por la calle.
Ahora, nueve años después y a quinientos kilómetros de aquel semáforo, te encuentras con otro mucho más jodido, y te planteas cruzar sin preguntar y sin saber si está en rojo o en verde, en cuanto tus oídos estén seguros de no escuchar ningún coche aproximarse por ningún lado. – Cómo cambian las cosas – te dices con una sonrisa. Ahora confías más en ti mismo y en tus sentidos, y aunque no te consideras imprudente, pues llevas más de tres minutos ahí parado intentando dilucidar de qué puñetero color está el semáforo, te impacientas por momentos. Ahora, sí o sí, vas a llegar tarde al ensayo, y la escusa de que no sabías cómo estaba el semáforo suena a “El perro se me comió los deberes”. Te quedas diez o quince segundos más ahí parado, esperando a que venga alguien o a que cruce algún coche por la perpendicular, pero finalmente, te hartas, y
cuando te aseguras de no escuchar ninguno, avanzas el pie derecho y le dices a Mery que corra, por su padre, que cuanto antes llegues a la otra acera menos peligro habrá de que te atropellen.
Todo sucede en menos de tres segundos, aunque cuando ocurre, a ti se te antoja una eternidad. Cuando no llevas recorrido ni un metro, escuchas un motor aproximarse a toda velocidad por tu derecha. Jurarías que no sonaba nada hacía un instante, pero ahí lo tienes. Tu cuerpo se sobrecarga de adrenalina. El corazón te da un salto en el pecho, y tu mente baraja dos opciones en cuestión de un segundo. O corres lo más que puedas hasta el otro cruce, o intentas correr hacia atrás y volver por donde viniste. Aunque quizá lo más sensato es intentar retroceder, tu cuerpo te impulsa a huir hacia adelante, a correr como alma que lleva el diablo y ponerte a salvo en el otro lado. Casi sin darte cuenta, tus piernas han comenzado a moverse a toda velocidad, mientras tu mano derecha da un tirón de la correa de Mery para que corra contigo. En ese momento, ni siquiera piensas en que de un momento a otro un coche se te puede llevar por delante; sólo piensas en correr y poner un pie fuera de la carretera. Escuchas un frenazo justo a tu lado o así te lo parece, y mientras las ruedas chirrían, intentas correr aún más rápido de lo que ya corres.
De repente, uno de tus pies nota la rampa de subida. De un salto subes a la acera, mientras el coche, tras de ti, hace sonar el claxon de forma estridente. Te quedas temblando y con el corazón desbocado al borde de la carretera. Escuchas cómo el coche vuelve a acelerar, perdiéndose por tu izquierda. Poco a poco, eres consciente de lo cerca que ha estado, y prefieres no pensar en lo peor que podría haberte ocurrido. Cuando te calmas, empiezas a pensar en el tiempo que hace que solicitaste al ayuntamiento de Madrid el semáforo para ese cruce, allá por Octubre del 2009. Estamos a finales de 2011, por lo que hace más de dos años que hiciste la solicitud. TE acuerdas de todas y cada una de las conversaciones que has mantenido con los responsables del departamento encargado de la señalización, y de la cansina respuesta que te han dado siempre: No tenemos presupuesto ahora mismo para poner semáforos acústicos nuevos en su zona. Y te empieza a entrar el cabreo, un cabreo monumental, y te dan ganas de gritar muy fuerte, y tildar de hijos de puta a todos y cada uno de los políticos que han permitido que lleves más de dos años esperando un puto semáforo que cuesta en torno a cuatrocientos euros cada uno, y que por culpa de esos señores que no tienen ni idea de lo que es cruzar todos los días por un cruce en el que no puedes ni saber el color del semáforo, has estado a punto de ser atropellado. Y encima es tu culpa por cruzar en rojo.
Con estos buenos pensamientos, continúas tu camino hacia el metro. Tras media hora y diez paradas, llegas a tu destino. Por suerte, el cruce que tienes que pasar para llegar al local tiene semáforo sonoro, así que esperas a que se ponga en verde, y cruzas.

Son las diez y media de la noche. Habéis terminado de ensayar, y vuelves a casa. Sales del local, y cuando vas a cruzar la calle que te llevará de vuelta al metro, te das cuenta de la hora que es. En Madrid, los semáforos acústicos (coloquialmente llamados semáforos de pajaritos) tienen un horario de funcionamiento de ocho de la mañana a diez de la noche, por aquello de no molestar al personal. Evidentemente, los ciegos sólo salimos de ocho a diez, todo el mundo sabe eso. Sin embargo, tú eres raro, y estás a las diez y media fuera de casa. Por suerte, es un semáforo sencillo, y la calle perpendicular tiene bastante tráfico, por lo que cruzas sin problemas.
De vuelta a casa, tienes que hacer el mismo cruce en el que casi te atropellan, pero como es bastante tarde ya, el tráfico es casi inexistente y cruzas sin mayores contratiempos.
Cuando llegas a casa, te pones a hacer otras cosas, y el incidente de la tarde y el cabreo que te pillaste dejan de estar en un primer plano para ti; total, no es nada infrecuente que tengas que cruzar semáforos sin acústica, ya has llamado mil veces para quejarte y nada, por lo que cuando pasan los años, te acostumbras al riesgo, lo asumes, y tiras para adelante.

Normativas sobre accesibilidad de semáforos en la comunidad de Madrid

En el 2009, cuando me mudé al barrio de Madrid en el que vivo, solicitamos algunos semáforos que considerábamos críticos para mí y para mi novia, @amaterasu_n. La ONCE mandó la solicitud al ayuntamiento, y estos a su vez, aprobaron técnicamente la viabilidad de la instalación. sin embargo, pasaron los meses, y los semáforos seguían sin pitar y nosotros cruzando poniendo en riesgo nuestra propia integridad. A principios de 2010, llamé al ayuntamiento, donde me contaron que la solicitud estaba aprobada, pero que durante aquel año no iban a poder poner los semáforos porque no tenían presupuesto para hacer nuevas instalaciones. No me lo podía creer. Me indignó pensar que para otras muchas cosas sí hubiera presupuesto (no me quiero ni imaginar qué cuesta poner el alumbrado de navidad), y para instalar tres avisadores acústicos no hubiera dinero. Investigando por internet, me encontré un presupuesto para el ayuntamiento de Estepona, en el que indicaba que los avisadores acústicos que habían instalado costaban cada uno 402,30€: Ver presupuesto en PDF.
En vista de la respuesta, me puse en contacto con un servicio jurídico, que me indicó que la accesibilidad urbana está transferida a cada comunidad autónoma, y que en el caso de Madrid, el decreto que regulaba la accesibilidad y la supresión de barreras arquitectónicas era del B.O.C.A.M de 24 de Abril de 2007. Aquí tenéis el documento en HTML con esas disposiciones. Según ese decreto, estaban obligados a aprobar los presupuestos necesarios para instalar cuantos semáforos sonoros fueran necesarios, por lo que me puse en contacto de nuevo con el ayuntamiento y les comenté lo recogido en dicho artículo. Sin embargo, me comentaron que ese plan tenía como límite de implantación el año 2015, y que mientras, teníamos que aguantarnos con los presupuestos que había. Conclusión, nos quedábamos sin semáforos hasta que hubiera dinero. Hace unos días, leyendo de nuevo ese decreto, no encontré ningún apartado en el que indique lo que ellos me contaron, por lo que ya no sé si directamente me engañaron, o esto aparece en otro lugar que no he sabido ver.

Hoy, a 26 de Febrero de 2012, más de dos años y cuatro meses después de la solicitud de instalación de los semáforos acústicos, aún no tenemos ninguno de ellos. Llamé hace un par de días al ayuntamiento, y me dijeron que este año quizá podrían ponerlos, que ya tenían algo de presupuesto. ¡Alabado sea dios! Pero luego organizan la visita del papa, y le regalan abono transporte y mochilitas a todos los de la JMJ. Si es que hay dinero para algunas cosas (importantes) y no hay para otras (superfluas como las nuestras).
Un compañero me ha recomendado que ponga una denuncia en la oficina permanente de accesibilidad, y éste va a ser mi siguiente paso. Ya os contaré lo que me dicen.

Ayer, casualmente, vi por Twitter un post de @acceDAMOS, que hablaba sobre las normativas de accesibilidad que deben cumplir los semáforos, un post ciertamente interesante: Ver post de @acceDAMOS.

Tipos de semáforos y horarios de funcionamiento

En España, que yo conozca, hay dos tipos de semáforos acústicos: los que están siempre activados (coloquialmente llamados semáforos de pajaritos), y los que se activan sólo a petición del usuario con mando a distancia (sistema ciberpass).
Los semáforos del primer tipo, son los que siempre tienen el avisador acústico activado aunque no haya ninguna persona que lo necesite por las proximidades. Estos semáforos suelen tener un horario de funcionamiento que hace que se desactiven por las noches, para no molestar a la vecindad.
El segundo tipo, llamado ciberpass, se diferencia del primer tipo en dos aspectos:

  • Modo de activación: El semáforo por defecto nunca emite sonidos, a no ser que el usuario con discapacidad así lo requiera. Con un mando a distancia que el usuario lleva consigo, activará el semáforo que vaya a cruzar. Una vez activado, el semáforo indicará al usuario cuándo está en verde, cuándo está en ámbar, y dejará de sonar cuando se ponga en rojo. Para que vuelva a avisar en el siguiente ciclo, será necesario volver a activarlo de nuevo utilizando el mando a distancia mencionado con anterioridad. De esta forma, el sistema acústico no molestará, pues sólo se activará cuando sea necesario. A diferencia del tipo primero, estos semáforos siempre permiten la activación remota, aunque sean las cuatro de la mañana.
  • Auto regulación del aviso sonoro: El sonido de aviso que emiten estos semáforos se regula en función del ruido ambiente que detecte a su alrededor. Así, la contaminación acústica se reduce al mínimo, pues en primer lugar el semáforo sólo se activa cuando un usuario lo necesita, y en segundo lugar, cuando haya mucho tráfico, el semáforo sonará con más fuerza, y cuando no haya tráfico y por tanto haya muy poco ruido, el sonido será mucho más tenue. Sin embargo, con los semáforos de pajaritos que tienen un volumen fijo, se ha dado la circunstancia de que el tráfico era muy elevado, y he sido incapaz de escuchar el sonido. De igual modo, entiendo que por las noches, en una calle con escaso tráfico, el pío pío puede acabar con los nervios de cualquiera que intente dormir.

En Madrid, el tipo de semáforo instalado es el tipo 1 (activación continua). Esto supone que los semáforos están continuamente sonando, con la contaminación acústica que supone. Por causa de ella, los semáforos tienen sólo funcionamiento acústico diurno. A partir de las diez de la noche, los semáforos de toda la capital se desconectan para no molestar al vecindario. Hasta las ocho de la mañana, ningún semáforo sonará.
Cuando pregunté por ello al ayuntamiento, me dijeron que esos horarios son inmutables, que no se pueden modificar. Sin embargo, el punto G del artículo referente a pasos peatonales, reza lo siguiente:

g) Caso de que existan mecanismos de temporización que determinen una franja horaria de funcionamiento del avisador sonoro, su programación contemplará, como criterio único, las necesidades de los usuarios con problemas de visión.

¡Toma ya! Y era un responsable del departamento de señalización. Será que esto tampoco aplica hasta el 2015? ;)
Y vosotros diréis: Si el segundo tipo de semáforo es todo ventajas con respecto al primero, ¿porqué en Madrid no se ponen? Pues según el mismo señor del ayuntamiento, no funcionan bien, porque en Madrid hay muchos barridos de inhibidores de frecuencia, y eso podría inhabilitar temporalmente los emisores que llevan los mandos a distancia. No sé a vosotros, pero me suena a escusa barata. Que yo sepa, las zonas en las que actúan los inhibidores de frecuencia con asiduidad en Madrid son muy localizadas, y en ellas se podrían colocar los semáforos de pajaritos, dejando al resto de zonas con semáforos más modernos y que no nos dejan tirados a partir de las diez de la noche. De cualquier modo, prefiero que durante dos minutos no me funcione el mando a distancia del semáforo por culpa de un inhibidor y tener que esperar, a salir a las once de la noche o a las siete de la mañana y tener que cruzar sin saber si el semáforo está en verde o en rojo.

En otras ciudades, como Málaga, Barcelona o Tarragona sé que se están utilizando los semáforos de tipo ciberpass.
¿Y en tu ciudad? ¿qué tipo de semáforos se utilizan? ¿También se desactivan por las noches?

Con respecto a otras partes del mundo, sé que en Praga, donde estuvimos en 2010, los semáforos accesibles emitían una especie de chasquido, parecido a los que hacen los intermitentes de los coches (tac, tac, tac). Me sorprendió que incluso con tráfico, el sonido de los semáforos se escuchaba sin problemas, y a mi parecer era menos estridente que los dichosos pajaritos.
¿Conoces otro tipo de semáforos acústicos? ¡Cuéntanoslo!

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Para ti, Lucía, artículo de Hernand Casciari

¡Hola!
Por segunda vez en la vida de este blog, no he podido resistirme a copiar aquí un artículo que me llegó por otro lado.
El artículo es del blog del escritor Hernand Casciari, que saca a la palestra un tema que trae cola estos últimos días. Me refiero a las declaraciones de Lucía Etxebarría, que se dio cuenta de que las ventas de su último libro habían sido menores que las descargas “ilegales” de su obra, y que no escribiría más libros en una larga temporada porque así no se podía vivir.
Esto me recuerda a aquello que decía Rosario Flores, pero en fin.
Como Hernand lo explica mucho mejor que yo, y con ese tono que me fascina, os dejo aquí su artículo para que lo disfrutéis.

¡Felices fiestas a todos!

Kastwey.

El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en .pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. «Dado que que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros», dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: «Pobrecita, miren lo que internet le está haciendo a los autores».

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero le pagamos (extremadamente bien) a todos autores. Los .pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: «qué bueno, cuánta gente me lee». Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: «qué espanto, cuánta gente no me compra».

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

Me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antologia de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, «un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho».

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. Él ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección. (Y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara.)

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman LA APORTACIÓN. En la cláusula cuatro dice que «el EDITOR podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)». En la cláusula cinco, ponen: «Como remuneración por la cesión de derechos de la APORTACIÓN, el EDITOR abonará al AUTOR cien euros (100 €) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan».

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros, o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. Saludos!

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con alzheimer.

—¿Me das eso? —dice el abuelito.

—Sí, abuelo, tomá.

—No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

—No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

—¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

—¿Pero por qué, abuelo?

—Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

—Bueno, abuelo, otro día hablamos… Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias en la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.

Fuente: http://orsai.bitacoras.com/2011/12/para-ti-lucia.php

Hernán Casciari | 21 de diciembre, 2011

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Mi existencia inexistente

Hace por lo menos cuatro o cinco años, leí un relato por internet que me encantó. La idea me pareció inquietante, fascinante y totalmente surrealista. Lo cierto es que me dejó pensando en el tema durante algún tiempo. Hace algunos meses quise volver a leérmelo, pero no recordaba ni el título ni el autor. He intentado buscarlo por internet, pero aunque Google es muy listo, no he conseguido resultados. Quizá no he sabido buscar bien :)
Así que se me ocurrió algo: escribir el relato a mi manera, utilizando la idea de la historia original. Si tú, lector o lectora, al leerlo dices: “¡Pero si esta idea es del relato tal! por favor, déjame un comentario y dime el título y el autor, si es que te acuerdas de esos datos, y me habrás hecho feliz :) Yo lo pondré bajo esta historia, para que podáis comparar lo mal que escribo yo en comparación :D

Y sin más, os dejo con mi versión particular de la historia de cuyo nombre no puedo acordarme. Que ustedes la disfruten, a mí, me encantó escribirla.

Escribo porque no sé qué más hacer. Llevo lo que se me antojan horas tumbado en la cama y sin poder dormir. Hoy he gritado a Diana, acusándola de cosas terribles. Ahora ella finge dormir, acurrucada en un lado de la cama. Sé que no está dormida aunque finja estarlo, la conozco demasiado. Freno el impulso de abrazarla y decirle que todo está bien, porque nada está bien, aunque tengo claro que ella no tiene la culpa. O los chicos nunca existieron y estoy loco de remate, o por algún kafkiano motivo mis niños han desaparecido por completo de este mundo.

Nada más entrar en casa noté algo raro. El piso estaba más silencioso que de costumbre. Los niños salen a las cinco del colegio, y cuando llego siempre me los encuentro viendo la tele en el salón, o con Diana haciendo los deberes. Sin embargo, al abrir la puerta y saludar, sólo me contestó Diana desde el fondo del pasillo.
– ¡Hola Iván!
– Hola amor – le dije mientras colgaba la chaqueta en el perchero. Fui hacia el salón, donde me encontré a Diana, sentada en el sofá con una cerveza en la mesita y tecleando frenéticamente en su ordenador.
– ¿Otra vez con trabajo para casa? – le sonreí mientras me inclinaba hacia ella y nos dábamos un beso.
– Para no variar. Y luego atrévete a pedir que te paguen horas extras. – Me sonrió y me apretó la mano con complicidad.
– ¿Y los niños?
– ¿Los niños? ¿Qué niños?
– Los nuestros – sonreí.
– ¿Cómo que los nuestros? ¿Ahora resulta que vas a querer más de uno? – me dijo ella con cara inexpresiva.
– ¿Cómo que si?… No entiendo qué…
– Ya sé que no es agradable que llevemos más de un año intentando que me quede embarazada, pero no entiendo a qué viene esa pregunta. Lo siento, pero me parece una broma de mal gusto.
– ¿Un año intentando quedarte embarazada? NO entiendo nada, Diana, hace años que decidimos no tener más niños, pensé que…
Diana se levantó, y se fue al dormitorio dando un portazo. Me quedé en el sofá, con cara de bobo, sin entender qué había sido todo aquello.
De repente, me fijé en lo que tenía a mí alrededor. El salón estaba inusualmente limpio y ordenado, y la zona donde habíamos colocado la moqueta y los juguetes de los niños, aparecía ahora vacía, con un par de tiestos con plantas en su lugar. Me quedé mirando aquello con desconcierto. ¿Qué coño estaba pasando?
Me dirigí hacia nuestro dormitorio, abrí la puerta y entré. Diana estaba sentada en la cama, con los ojos llorosos, y dándole vueltas a algo que tenía entre las manos.
– Ya sé que para ti esto es frustrante, pero no entiendo porqué tienes que pagarlo conmigo. NO es justo, Iván, no es justo.
– ¿Pero qué coño he hecho yo? De verdad que no entiendo nada.
– ¡Oh, por dios! ¿Me estás diciendo que preguntar por nuestros niños no ha sido por echarme en cara que aún no hayamos podido tenerlos?
Me quedé con cara de gilipollas.
– ¿Pero cómo que no hemos podido tenerlos? ¿Y Mónica y Pablo, qué son entonces?
Diana me miró con desconcierto.
– ¿Qué me estás diciendo, Iván? NO sé de qué vas, pero sabiendo cómo me afecta todo esto no entiendo qué clase de escenita es esta. Si tienes algo que decirme, dímelo y déjate de idioteces.
Me senté en la cama e intenté cogerla de la mano.
– No, Iván, de verdad, déjame tranquila, no entiendo nada.
Frustrado, me volví a levantar.
– A ver Diana, ¡el que no entiende nada soy yo! ¿Cómo que no tenemos niños? ¿Cómo que no puedes quedarte embarazada si hace cuatro años que decidimos no tener más críos? ¡Esto no tiene ni el más mínimo sentido!
De repente me fijé en nuestra habitación. Las fotos de Mónica y Pablo habían desaparecido, siendo reemplazadas por fotos mías y de Diana, y por cuadros con paisajes bucólicos y falsos que no recordaba haber visto en la vida.
– ¿Dónde están las fotos?
– ¿Qué fotos?
– ¡Joder, las fotos de los chicos!
– ¿Pero de qué fotos hablas? ¿A caso me quieres volver loca? ¡Qué te pasa, Iván!
– ¿Que qué me pasa a mí? Eso me gustaría saber yo, ¿qué te pasa a ti? ¿Por qué has quitado las fotos de los niños y ahora te comportas como si no existieran?
– ¡Pero qué dices! ¡Estás loco!
Diana se levantó de la cama, y pasando por mi lado, con la cara congestionada y las lágrimas rodándole por las mejillas, salió de la habitación.
¡NO me jodas, Diana! ¿Dónde están? ¿Por qué no me lo quieres decir? ¿Qué has hecho con ellos? ¿A dónde te los has llevado?
– ¿Pero tú te estás escuchando? ¡Por dios! ¡Estás majareta!
Oí un portazo, y supe que mi mujer se había marchado de casa.

Sin entender nada y a punto de llorar, salí del dormitorio y me dirigí a la habitación de los niños.
Al entrar, el corazón me dio un vuelco y sentí cómo mi realidad se tambaleaba. Donde antes se encontraban las dos camitas de mis hijos, un sofá cama ocupaba una de las paredes del dormitorio. Donde una cajonera llena de ropa variopinta y trastos, muñecos y peluches de todo tipo ocupaba otra de las paredes del dormitorio, descansaba ahora un tendedero desnudo y una tabla de planchar. Donde antes había posters enormes por las paredes, ahora la habitación aparecía desprovista de todo adorno, excepto un reloj de pared que se encontraba detenido a las tres y cuarto. – El reloj tiene la culpa de esto, pensé tontamente.
Me quedé allí parado, no sé ni cuánto tiempo, contemplando todo aquello como si me hubiera equivocado de casa y estuviera contemplando el piso de un desconocido.
Esto debe ser una broma de pésimo gusto. Intentaba convencerme a mí mismo y calmar mis desbocados latidos. Veía puntitos frente a mis ojos y me sentía mareado.
– ¡Diana! ¿Qué clase de broma estúpida es esta? – grité al piso vacío.
Sin poder estarme quieto, abrí todos los cajones de los muebles del salón, buscando los trastos de mis hijos, pero no encontré nada. Era como si de un plumazo, mis dos chiquitines hubieran desaparecido del mundo sin dejar rastro.
Mientras revolvía los cajones sin encontrar nada, Intentaba convencerme de que todo era un engaño bien preparado, pero sabía que eso no tenía ningún sentido. Hacía diez horas escasas que había salido de casa, y sin tener en cuenta lo absurdo de que mi esposa preparara algo así, no habría tenido tiempo material para ello.
Derrotado, me senté en el sofá, y me quedé allí hasta que horas o minutos después (el tiempo se había convertido en algo difícil de medir), oí una llave en la cerradura, y Diana entró en casa. Rápidamente, me levanté del sofá, y corrí hacia ella. Quería abrazarla. Sabía que ella no tenía nada que ver con todo aquello. Sin darme tiempo casi ni a rozarla, Diana se apartó de mí, y se dirigió a nuestro dormitorio.
– ¡Diana, por favor, ayúdame! ¡No sé qué está pasando!
Mi mujer volvió hacia donde yo estaba, me miró durante unos segundos, y fue ella quien me abrazó con lágrimas en los ojos.
– Pero Iván, ¿qué es lo que te ocurre? ¿De verdad crees que teníamos dos hijos y que ahora han desaparecido? ¿Te ha ocurrido algo en el trabajo? ¿TE has golpeado o…?
Me apartó de ella, sujetándome por los brazos y mirándome a la cara. No supe qué decirle, todo aquello estaba siendo demasiado para mí.
Finalmente, nos sentamos en el sofá. Sintiéndome tonto, le conté todo lo que hasta ese momento había creído que era nuestra vida juntos. Era como si ella fuera quien hubiera olvidado estos últimos años y yo le refrescara la memoria. Le hablé de cuando nació Pablo, de la casa minúscula en la que vivíamos, de cuando nos mudamos a vivir aquí, de cuando se enteró de que volvía a estar embarazada y casi nos da algo a los dos, de cuando nació nuestra pequeña, de nuestro primer viaje a Londres los cuatro juntos… Mientras le contaba todo esto, la miraba a los ojos, esperando un destello de reconocimiento, un gesto que delatara que sabía de qué le estaba hablando, pero lo único que hacía era negar con la cabeza.
– Cariño, no sé qué te ha pasado. Es casi como si esa vida que me cuentas es la que hubieras querido tener conmigo y no has podido vivir.
– ¡NO, Diana! NO te estoy mintiendo joder, esa vida es la que tenemos. No estoy loco, ¡no puede ser que esté loco! ¡Esta mañana me marché de casa. Tú estabas a punto de irte a trabajar. Yo me llevé a los chicos al colegio, y luego me fui para el trabajo.
Entonces, se me ocurrió una brillante idea.
– ¡Los vídeos!
– ¿Qué vídeos?
– ¡Los del viaje a Londres!
– ¿Qué le pasa a esos vídeos?
– ¡Pues que ahí salimos los cuatro!
– Diana seguía en el sofá, con la cabeza entre las manos, llorando silenciosamente y preguntándome a mí, o quizá sólo a sí misma qué era lo que me había ocurrido. Yo, por mi parte, rebuscaba frenéticamente en el mueble de la televisión, hasta que encontré lo que buscaba; un DVD en el que podía leerse: Viaje a Londres, Marzo de 2008.
Entusiasmado, conecté la televisión y puse el DVD. Rápidamente, elegí la primera escena en el menú, y me dispuse a ver a mis dos hijos y a mi esposa saludándome ante la cámara. Sin embargo, me encontré tan sólo con Diana, que con una maleta en la mano y una sonrisa me saludaba, y ambos, uno a cada lado del objetivo, hablábamos sobre lo bien que nos lo íbamos a pasar en ese viaje.
– ¡Mierda! ¡Está mal, todo está mal!
Con rabia, le di un puñetazo a la pantalla, que se agrietó con un crujido. Diana, desde el sofá, comenzó a gritarme que parara, que me iba a hacer daño y que dejara de comportarme como un loco.
– ¡No! ¡Nada está bien! ¡Este vídeo no era así!
Saqué el DVD del reproductor y lo partí con saña. Luego, comencé a buscar más vídeos en los que saliéramos los tres. Alguno tendría que quedar, algún vestigio de esa vida que yo estaba seguro de haber vivido.
– Iván, déjalo ya, por favor. Necesitas ayuda.
– ¡Pero esto no está bien! – seguía insistiendo yo.
Nada estaba bien, nada era como tenía que ser. Por más que me esforzaba, por más que intentaba pensar que podría ser todo una alucinación mía, mis recuerdos me decían lo contrario. Recordaba mil detalles, mil escenas en las que aparecían mis dos hijos. Era imposible que todo hubiera sido un desvarío de mi mente.
– ¿Y entonces, ¿Qué ha ocurrido estos últimos seis años? – Le pregunté a Diana con incredulidad.
Me senté junto a mi esposa, y ella me contó una historia que sólo en algunas cosas se parecía a lo que yo recordaba. Parecía que todo había comenzado a variar desde el momento en que se quedó embarazada. Según ella eso no ocurrió, y parece que ni siquiera nos habíamos planteado el tener hijos por ese entonces. Nos mudamos aquí porque ambos podíamos permitírnoslo y decidimos ir a un piso más grande, pero nada de hijos. Según Diana, hasta hacía un año, no habíamos decidido buscarlos, pero hasta hoy, no había habido suerte. No podía creerlo, y si lo creía, tenía que admitir que me había vuelto loco de remate, o que algún truco sucio del universo había hecho desaparecer a Pablo y a Mónica de esta existencia sin dejar ni rastro. Tenía que admitir que la locura era el mejor candidato, pero me aterraba esa posibilidad.

Ahora, tumbado en la cama y escribiendo en este cuaderno que encontré escondido bajo un montón de facturas en un cajón, intento poner en claro mis pensamientos, y espero a que llegue la mañana. No puedo dejar de pensar en que si voy al trabajo con normalidad, como todos los días, allí estará todo como antes, y que al volver a casa, me encontraré con mis dos niños y mi esposa, como si nada hubiera pasado.
Ya son las seis, así que creo que voy a arreglarme para ir a trabajar. A la noche todo estará bien, todo tiene que estar bien.

La casa está vacía. Ahora resulta que vivo en un piso de soltero. No queda rastro de Diana, ni de mis hijos. Ella se ha marchado tan inexplicable y silenciosamente como ellos.
Salí de casa al despuntar el alba. Seguía convencido de que al llegar al trabajo todo estaría como siempre, . Nada más entrar a la oficina y sentarme ante mi mesa, observé con un sobresalto que la fotografía que tenía en el escritorio del ordenador era la de mi esposa. Ayer tenía una foto de los cuatro, sentados en un banco de madera frente a la casa de mis padres. Me acordaba perfectamente de aquel día. Hicimos una barbacoa, y mi padre se emborrachó de mala manera con vasitos de vino dulce. Luego se puso a cantar con mi tío en el karaoke de los niños, mientras Diana y yo nos mirábamos y sonreíamos divertidos. La foto estaba igual, solo que en el banco estábamos ella y yo.
– ¡No puede ser, joder, no puede ser! – dije en voz alta.
Jaime, mi compañero de mesa, me miró.
– ¿Qué? ¿NO cuadran las cuentas?
– No, la foto, la foto de mi escritorio. Ayer era la de los cuatro, y ahora sólo sale Diana.
– ¿Los cuatro? – me dijo Jaime con extrañeza. – Yo juraría que llevas más de dos meses con esa foto de Diana en el escritorio.
– Ayer estaba Diana, y Pablo, y Mónica.
– ¿Quiénes son Pablo y Mónica?
– Jaime, has venido mil veces a casa. ¿Quiénes van a ser?
Intentaba mantener la calma, como si con ella, aún pudiera conseguir que la realidad volviera a imponerse y Jaime recordara todo, y la foto volviera a estar bien…
– No tío, no sé quiénes son. ¿Tus vecinos?
– ¡Mis hijos, joder, mis hijos! – le grité sin poder evitarlo.
Toda la oficina se quedó en silencio y mis compañeros me miraron estupefactos. Jaime se quedó con cara de asustado mientras balbuceaba.
– Pero, pero juraría que ni Diana ni tú teníais… hijos… Yo…
Me levanté de la mesa y salí de la oficina a grandes zancadas. La gente murmuraba a mis espaldas, pero no me importaba. Bajé a la calle, y cogí el autobús hasta casa, mientras mi cabeza se sumía aún más en un mar de confusión y tristeza. Mientras el autobús rodaba en dirección a casa, no dejaba de rememorar los últimos años de mi vida que parecían haberse perdido para siempre.

Nada más llegar, estuve a punto de cerrar de un portazo y hacer como si no hubiera visto lo que había tras la puerta. Me quedé en el umbral, contemplando atónito la transformación del piso. Las paredes estaban pintadas de blanco, nada de aquel color pastel que Diana se había empeñado en utilizar. NO había mueble en la entrada, tan sólo un feo paragüero vacío. Las puertas eran distintas, más viejas. Fijándome recordé que eran las que tenía la casa cuando Diana y yo nos mudamos hacía ya cinco años. Lentamente, como en un sueño, cerré la puerta de la entrada y accedí al interior. Nada era igual. El piso estaba mucho más vacío, con tan sólo lo justo para vivir. En el salón, un ordenador hacía las veces de televisor, y el sofá parecía haber sido comprado en una tienda de segunda o tercera mano, igual que la mesita de centro y la mesa del comedor. Entré en mi dormitorio, y descubrí, ya casi sin asombro, que era un dormitorio de una sola persona. La mesilla de Diana había desaparecido, junto con el armario de dos puertas que habíamos comprado al venir a esta casa. En su lugar, otro armario, mucho más pequeño, ocupaba media pared. Dentro, sólo había ropa mía, y en las paredes, ni cuadros, ni fotos de ningún tipo. Sobre mi mesilla, tal y como lo dejé, encontré el cuaderno en el que ahora escribo. Me abalancé sobre él, y comprobé con alivio que en las primeras páginas estaba escrito todo lo que me ocurrió ayer. ¡Eso probaba que no estaba volviéndome loco! A parte de mí, parece que este cuaderno es lo único que no ha cambiado en este absurdo mundo en el que estoy viviendo ahora. Intenté buscar la foto de Diana en mi cartera, pero al abrirla descubrí que ni siquiera era la misma, y que, como era de esperar, sólo contenía tickets de compra y varias tarjetas. En el móvil, su número había desaparecido de la agenda, y sus mensajes no estaban. La llamé al número que tan bien recordaba, y una locución me dijo que el teléfono marcado no existía.
Creo que debería comer algo, hace más de un día que no pruebo bocado, pero estoy agotado.

Me he quedado dormido y ya es de noche. Me asomo a la ventana, y veo la ciudad desierta a mis pies. Parece que la oscuridad me hace compañía, armonizando con el ánimo que me embarga. Sé que estoy despierto pero creo que aún sueño. Nada de lo que está ocurriendo parece real.
Recuerdo haber tenido una pesadilla repetitiva. En ella, Estoy conduciendo de noche por una carretera recta e infinita. En el carril de al lado, puedo ver el coche de Diana, y por la ventanilla observo a mi mujer y a mis dos niños, que me miran desde el otro lado del cristal con ojos asustados. Por más que lo intento, no puedo mover el pie del acelerador ni cambiar la dirección, y a Diana parece ocurrirle lo mismo. Nos miramos, uno a cada lado de esa carretera interminable, sin poder hacer nada para acercarnos ni detenernos.

Me he levantado y me he hecho un bocadillo de jamón rancio; parece que es lo único que queda en la nevera vacía, que como todo en esta casa, también ha cambiado. Es la misma nevera que Diana y yo tiramos cuando compramos este piso. Me sorprende que aún funcione, la verdad.

Son las cuatro de la mañana y no hago más que intentar entender qué es lo que ha pasado. Se me ocurrió la genial idea de llamar a mis padres para preguntarles por Diana. Mi madre, somnolienta, me ha preguntado que de quién estoy hablando, si me he echado novia por fin, o si estoy borracho. He colgado, sin más. Me ha llamado un par de veces, pero ni me he molestado en cogerle el teléfono. Esto es una puta locura. He intentado ponerme a leer un libro que he encontrado bajo la cama: “Cementerio de animales”, de Stephen King, pero no puedo concentrarme en la lectura. Parece que lo único que consigue calmarme un poco es escribir en este cuaderno de tapas insulsas.
Voy a volver al trabajo. Necesito mantener la ilusión de que aún tengo algo que hacer, de que todo mi mundo no se está derrumbando ante mis ojos. Quizá hoy salga bien, y cuando llegue, al menos siga teniendo la foto de Diana en mi escritorio. Creo que me llevaré el cuaderno conmigo, es lo único que tengo y que confirma que no estoy loco de remate. Aquí está escrito que Diana existía ayer, y si Diana existía, mis hijos también debieron existir en otra vida de la que he sido arrancado sin previo aviso. Es lo único que me mantiene cuerdo.

– ¿Me puede traer otra cerveza, por favor?
El camarero aparece, se lleva mi vaso y al momento, vuelve con otra cerveza. Llevo años viniendo a desayunar a este bar, pero nada parece ser ya como antes. NO conozco a este camarero, ni a los otros dos que circulan por el local sirviendo a los clientes.

Esta mañana, cuando entré al edificio de mi oficina, comencé a notar los cambios. En la garita de seguridad no estaba el mismo guardia que todos los días. En su lugar, un joven que parecía recién salido del instituto se encontraba leyendo algo en el ordenador.
– Buenos días.
– Buenos días – me dijo distraído.
– ¿Es usted nuevo aquí?
– Nuevo? El joven sonrió. -. Qué va, llevo aquí más de seis meses.
Me quedé helado. Todo estaba cambiando y ya no sabía qué esperar.
Murmuré algo ininteligible, y subí hacia mi oficina. Al llegar frente a la puerta, me quedé sin saber qué hacer. Donde antes se encontraba el logotipo de mi empresa, ahora se hallaba un cartel en el que se leía: “Se alquila”. Los cristales de la puerta dejaban ver una oficina vacía. NO quedaba ni rastro del lugar en el que me había pasado tantas horas de mi vida haciendo cálculos para enriquecer a otros. Saqué este cuaderno, y comprobé con tranquilidad que seguía teniéndolo en el bolsillo junto al bolígrafo que había cogido de casa esta mañana. Al menos el cuaderno seguía en su lugar. Todo aquello era una locura, todo mi mundo parecía estar desapareciendo sin dejar rastro. Despacio, bajé las escaleras del edificio y salí a la calle. El aire frío de finales de Noviembre me azotó la cara. La ciudad, antes tan familiar, aparecía distorsionada ante mis ojos, como si pequeños y sutiles cambios la hubieran hecho hostil y totalmente distinta. NO sabía qué hacer. Temía volver a casa por lo que pudiera encontrarme. Me senté en el banco de un parquecillo que había frente a la oficina, y me quedé allí, pensando en el porqué de lo que me estaba pasando. ¿Qué había sido de mis hijos, de mi esposa y de mis compañeros de trabajo? ¿Qué había ocurrido con toda la gente a la que conocía? Con un impulso, se me ocurrió llamar a algunos amigos y contarles lo que me estaba ocurriendo. Alguno quizá pudiera ayudarme. Saqué el móvil del bolsillo, y cuando accedí a la agenda, vi que estaba vacía. Sólo estaban los números de atención al cliente y buzón de voz. Creo que hasta entonces no me había dado cuenta de que estaba completamente sólo. Con manos temblorosas, marqué de memoria el número de mis padres. Un señor me cogió el teléfono, y me dijo que allí no vivía ningún Pedro. Lo intenté un par de veces pero siempre me cogía la misma persona. Abatido, lo intenté con varios amigos y familiares de los que recordaba sus números, pero nadie era quien se suponía que debía ser.
Desolado, dejé el móvil en el banco y me marché de allí. Me sentía invisible, un ser marginado, ajeno a este mundo que me rodeaba. Mis pasos me llevaron hacia casa. Quizá esperara volver a ver algo familiar, aunque temía lo que podría encontrarme al llegar. Ya intuía que no sería el mismo piso que había abandonado esta mañana. Sin embargo, nada me había preparado para encontrarme aquello. Donde antes se alzaba el bloque de pisos en el que vivía, ahora se encontraba un solar vacío y totalmente abandonado. Paré a un señor que caminaba por la calle y le pregunté. Me dijo que ese solar llevaba años en desuso, y que nadie parecía decidirse a construir nada allí.
Le di las gracias y continué caminando. Cuando quise sacar las llaves de casa de mi bolsillo, observé sin sorpresa que no había rastro de ellas, aunque el cuaderno sí seguía allí.
Tenía ganas de gritar, de gritarle a la ciudad indiferente quién era yo, gritarle al mundo que me llamaba Iván Díaz, que mi mujer se llamaba Diana y mis niños Pablo y Mónica. Quería gritarle al mundo que no se olvidara de mí, pues sentía que ya no era nadie, un paria repudiado por la propia existencia.

Finalmente, entré a este bar, donde antes todos me conocían y ahora ni me conocen ni yo conozco a nadie. Escribo sin parar en este cuaderno, única cosa inmutable de esta locura.

Diana, ¿Qué ha sido de ti? ¿Dónde estás ahora? ¿Has desaparecido, o estás en alguna parte de este mundo sin saber ni que yo existo? ¿Y Pablo y Mónica? ¿Ni siquiera habrán nacido? ¿Soy el único que os recuerda? Creo que pronto yo mismo desapareceré. Lo sé, lo he sabido desde que contemplé el solar vacío donde otrora vivimos los cuatro. Sé que casi no me queda tiempo, y a estas alturas no me importa una mierda. Todos los que me importabais en esta vida os habéis ido, este mundo no es el mío.
¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? YO sí. Me acuerdo de todo, casi como si pudiera alargar una mano y acariciarte en la distancia. Es como si a medida que el mundo se olvida de mí, yo me acordara de todo con inusitada vividéz. Ojalá pudiera volver al día en que te conocí y empezar de nuevo. Ojalá te acordaras de mí, ojalá existas aún en algún sitio aunque no sepas ni quién soy.
Llamo al camarero para que me ponga otra cerveza. Creo que es la quinta. Intento llamar su atención, pero parece no reparar en mí. Necesito hablar con alguien, necesit

……………………

Encontré este cuaderno encima de una mesa vacía, en un bar al que entré a noche por casualidad. Sobre ella, a parte de este cuaderno y de un bolígrafo casi gastado no había nada. Le pregunté a uno de los camareros si sabía de quién podía ser, pero me dijo confundido que habría jurado que nadie se había sentado en esa mesa en toda la tarde.
No he podido evitarlo, soy demasiado curiosa. Esta mañana busqué en la guía telefónica a todos los Iván Díaz de la ciudad, y les he llamado. Nadie tiene una mujer llamada Diana, o al menos nadie me lo ha reconocido. Supongo que todo esto no son más que los desvaríos de un lunático o la broma de algún gracioso, aunque hay que reconocer que me ha puesto los pelos de punta.

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Accediendo a los libros digitales de Libranda de forma accesible

Este artículo está obsoleto. Tenéis el último artículo sobre ruptura de DRM de Adobe Digital Editions aquí: Audiodemo. Como leer libros de Adobe digital editions (fnac, casa del libro…) en cualquier dispositivo.

Si aún así quieres seguir leyendo este artículo, aquí lo dejo como curiosidad, aunque el método descrito abajo sobre cómo desencriptar los libros de Adobe Digital Editions no sé si aún funcionará.

Cuántas veces no hemos leído en algún sitio o nos han dicho: ¡Ayer salió el Supermegaesperado libro de tal o cual autor! Y nosotros, de ser ciegos, hemos dicho: Vale, pues o me lo compro y me lo escaneo, o espero a que la ONCE (si somos de España) lo convierta a daisy, o a que algún buen samaritano lo escanee y lo suba a alguna biblioteca digital de la red… ¡Pues ahora! ¡Ahora! … Ahora también es muy posible que pase eso :( porque Libranda no es que tenga ni mucho menos todas las novedades, pero al menos, podremos acceder al catálogo de libros electrónicos de esta plataforma de libros electrónicos “legales” (¿habéis visto las comillas? que parece que va incluyendo todas las novedades de muchas de las editoriales importantes que publican en español. Vuelvo a repetir que ni de broma están todas las novedades (seguro que muchísimas pequeñas editoriales que publican en papel no tendrán sus novedades aquí), pero bueno, menos da una piedra.
Por otra parte, el precio de estos libros es a mi parecer elevadísimo, pero no voy a entrar en estas apreciaciones aquí. En este post, me limito a contaros cómo comprar un libro digital en Libranda, y leerlo de forma accesible.
No se si las personas de fuera de España podrán comprar libros en Libranda, aunque creo que no habrá problemas. Rogaría a alguien que compre desde fuera, que deje un comentario en el post para aclararlo.

El procedimiento que aquí explico para romper el DRM de los libros electrónicos no es un delito. Delito podría ser el uso de esas técnicas para distribuir los libros que hemos transformado, por ejemplo. Aquí, me limito a explicar cómo quitar el DRM a los libros con DRM de adobe, para que las personas con discapacidad puedan acceder a ellos de forma accesible, y porqué no, para que una persona que quiera comprarse un libro electrónico, no tenga que comprarse un ebook compatible con adobe DRM, y pueda leerlo en su iPhone, en su ordenador o donde buenamente le apetezca, que para eso se ha comprado el libro.

¿Qué es Libranda?

Libranda es una página que sirve de intermediaria entre las tiendas de libros electrónicos y el usuario. Es una plataforma en la que informa al usuario de en qué tiendas puede comprar el libro que desea adquirir. Así, por ejemplo, el libro de “La chica mecánica”, de Paolo Bacigalupi, podría haberlo comprado en más de ocho tiendas distintas.

Así mismo, Libranda sirve como sistema de almacenamiento de los libros para las tiendas. Tú compras el libro, y el enlace que te da la tienda que sea, dirige a Libranda, que es quien los aloja.

¿Cómo comprar en Libranda?

Como Libranda al final redirige a la tienda que elijamos para comprar el libro, explico aquí los pasos básicos para llegar a la lista de selección de tiendas. Una vez aquí, y hasta que os salga el enlace para descargar el libro, la compra es cosa vuestra. Si yo he podido comprarlo, seguro que vosotros también podréis ;).

  1. Entrad a: http://www.libranda.com/buscador.aspx. Antes había un buscador en la propia página principal, pero ahora no hay forma de encontrarlo, así que os pongo el enlace directo. Esta plataforma cada vez es más fea XD.
  2. Escribid el título o autor en el buscador, y pulsad en el botón de Buscar (usuarios de lectores de pantalla, el lector os leerá: “search_button”) (cuidado porque por defecto os aparece un texto que tendréis que borrar).
  3. Una vez en la ficha de un libro (se accede pulsando en el enlace de ese libro, no en el del autor), buscaremos el encabezado que dice: “Cómpralo en alguna de estas tiendas”. Bajo dicho encabezado, veremos una lista con los enlaces a las tiendas. Salen repetidos según mi lector de pantallas, y hay enlaces sin nombres, pero da igual, si le damos a uno de los repetidos, se nos abrirá una nueva ventana, y ya estaremos en la tienda para comprar el libro en cuestión.

A partir de aquí, cada tienda es de su padre y de su madre. La cuestión es que al final, después de pagar, nos darán un enlace de descarga, bien en la propia página, bien en un correo electrónico que nos mandarán. Ese fichero, con extensión acsm (Adobe Content Server message), no es el libro, ni mucho menos. Ese fichero le indica al programa “Adobe digital Editions” dónde está el epub con DRM, quien lo envía, cuando caduca y demás. Por ahora, lo descargamos a cualquier parte de nuestro ordenador, pero sólo cuando estemos con ánimo de seguir todo este tutorial, pues el fichero caduca tras unas horas, y si nos caduca, tendremos que volver a descargarlo.

Pasos iniciales

Para poder desencriptar los libros de Libranda, necesitaremos un software infernal llamado “Adobe Digital Editions”. Desgraciadamente, Libranda, en lugar de optar por libros digitales sin DRM que serían fácilmente legibles en cualquier libro electrónico, ha optado por adoptar el formato epub + DRM de adobe, por lo que este programa se hace imprescindible para leer nuestros libros descargados. Bueno, en realidad sólo lo necesitamos para desencriptarlos, luego, podréis leerlos donde os dé la gana ;) Libranda, mucho miedo a la piratería, y utilizáis un sistema de DRM que hace años que se pirateó. ¡Enhorabuena! (al menos para nosotros jaja) :D

Este programa no es accesible, así que la primera vez que preparemos un ordenador para desencriptar libros con EPUB y DRM de Adobe necesitaremos unos ojitos funcionales para completar el proceso de instalación y activación. Eso, o seguir los pasos que os pongo aquí y rezar para que no ocurra ningún error raro en pantalla que no podamos apreciar y por el que los pasos no funcionen.

En primer lugar, comentaros que para desencriptar los libros, deberemos descargarnos la versión 1.7 del Adobe Digital Editions, pero no la 1.7.2 o superiores, ya que la clave de desencriptación no se puede obtener con estas últimas versiones. Así que, para el primer libro a desencriptar, necesitaremos la 1.7, sacamos la clave de desencriptación, la guardamos en lugar seguro, y con esa clave, ya podremos desencriptar los libros que queramos, usando una versión superior de Adobe Digital Editions. Dicen por ahí que la versión 1.8 (es la que usaremos en este tutorial) que aún está en beta, es accesible, pero os aseguro que de accesible tiene el nombre, porque desde luego, aunque sí he conseguido instalarlo, activar mi equipo con ella y descargar el epub encriptado, el contenido del libro no soy capaz de leerlo, al menos con el lector de pantallas que yo uso, que es el JAWS.

Y después de este rollo, empecemos por descargar el Adobe Digital editions 1.7: Descarga Adobe Digital Editions versión 1.7

¡Importante! Este software es para windows xp, vista o 7 de 32 bits. Para 64 bits no tengo muy claro si funcionará o no, y tampoco sé dónde encontrar la versión 1.7 para los sistemas de 64. Si alguien lo prueba, que me diga el resultado en los comentarios, por favor.

Creando nuestro Adobe ID

Para usar Adobe Digital Editions, necesitamos crearnos nuestro Adobe ID. Es un nombre de usuario y una contraseña que Adobe utiliza para saber qué libro hemos comprado, cuales tenemos, guardar copias de seguridad, saber qué dispositivos tenemos autorizados, etc., etc. Se supone que se puede crear desde el programa una vez instalado, pero como es cero accesible, vamos a hacerlo desde la web, que sí lo es, más o menos.

  1. Entrad a: https://www.adobe.com/cfusion/membership/index.cfm?nl=1&loc=es%5Fes&nf=1
  2. Rellenad los campos obligatorios (marcados con un asterisco) que os aparecen en esa página: Correo electrónico, contraseña, Volver a escribir contraseña, Nombre, Apellidos, Ciudad, País / región, provincia (nos aparecerá al seleccionar el país o la región), y Código postal. Después nos aparecerá una encuesta que pasamos de rellenar, y pulsamos en Continuar.
  3. Si todo ha salido bien, nos dará las gracias por lo majos que somos al afiliarnos, y pulsamos en Continuar. Si algo ha salido mal, nos volverá a la misma pantalla de antes, y mirando en la parte de arriba, antes de los campos, nos aparecerá una lista con los errores encontrados.
  4. Una vez nos aparezca nuestra página personal de Adobe, lo que significa que ya estamos registrados, podemos cerrar esa web. ¡Adióoos!

Instalando Adobe digital editions

Ya hemos descargado el Adobe Digital Editions 1.7 a nuestro ordenador, y vamos a ejecutarlo.

  1. Si tenemos windows vista o superior y el UAC activado, Windows nos pedirá permiso para que el programa haga cambios en el equipo. Le diremos que sí (alt + s).
  2. Nos aparecerá una ventana con una presentación en árbol con los componentes. El primero, Adobe Digital Editions (requerido) no se puede tocar. Tenemos otras opciones que podemos marcar o desmarcar según queramos: Acceso directo en el menú inicio, Acceso directo en el escritorio, Acceso directo en la barra de acceso rápido, e Iniciar Adobe Digital Editions cuando acabe la instalación. Cuando acabemos, pulsamos Siguiente.
  3. Aquí, elegimos el directorio de destino, y pulsamos Instalar.
  4. Cuando instale, pulsamos en Cerrar.

Ahora viene el momento en que, si somos ciegos, necesitaremos de unos ojitos que nos lean la pantalla.

  1. Si desmarcamos la casilla de que se abriera automáticamente Digital editions tras la instalación, tendremos que abrirlo desde alguno de los accesos directos que tengamos en nuestro ordenador. Si la dejamos marcada, se abrirá diréctamente.
  2. Pulsamos en el botón de aceptar la licencia (hasta aquí aún es accesible).
  3. Ahora, JAWS u otro lector ya no leerá nada, así que tendremos que pedir ojos funcionales, o intentar hacer el truquillo que yo hago. Ahora, en pantalla, debe aparecer algún texto informativo, y hay que darle a Continuar. Si pulsamos enter, sin más, se irá a la siguiente pantalla, aunque no nos enteremos.
  4. En esta pantalla, deberemos introducir el e-mail y la contraseña que pusimos en la creación de nuestro Adobe ID. Escribimos diréctamente el mail en el teclado, pulsamos tab, y escribimos la contraseña. Tranquilos, que el lector de pantallas no leerá nada, así que escribid los datos con cuidado, y no pulséis teclas raras, tan sólo escribís el mail, pulsáis tab, y escribís la contraseña.
  5. Ahora, pulsamos enter, y si todo ha ido bien, ya tendremos autorizado nuestro equipo. Si ha ido mal, no nos enteraremos porque no sale nada, así que os recomiendo que escribáis los datos con cuidado, y si no estáis seguros de si esto ha funcionado bien, pedid ayuda a alguien que pueda leeros la pantalla.
  6. Pulsad enter para pasar a la siguiente pantalla, que nos estará dando la inaccesible enhorabuena.
  7. Cerrad el programa Adobe Digital Editions con alt + f4.

Descargando las herramientas para desencriptar y obteniendo la clave de encriptación de Adobe Digital Editions

Ahora, vamos a descargar cuatro ficheros que van a ser necesarios para poder desencriptar nuestros libros epub con DRM:

  1. Python 2.7. Si tenéis una versión superior de python, no tengo muy claro que funcionen los scripts que os pego más abajo, pero podéis intentarlo ;)
  2. pycrypto 2.3 para windows de 32 bits y python 2.7. Si tenéis otra versión de python o Windows de 64 bits, deberéis acceder a la web del proyecto pycrypto en: https://www.dlitz.net/software/pycrypto/, descargar los fuentes, y compilarlos para vuestro sistema operativo. Es para expertos, así que si no sabéis cómo hacerlo y no queréis complicaros la vida, buscad un windows de 32 bits e instaladle el Python 2.7. Como sugerencia, podríais crearos una máquina virtual con esas características en vuestro ordenador, y dejarla configurada para desencriptar vuestros libros cuando queráis.
  3. Scripts de obtención de clave de desencriptación y de desencriptación de libros: ineptkey.pyw (para extraer la clave de desencriptación), y ineptepub.pyw (para desencriptar el epub con la clave extraída con el script anterior).

Los scripts que nos bajamos en el punto 3 de la lista anterior, son scripts para python, de ahí que necesitemos instalarnos el intérprete para este lenguaje, y el módulo criptográfico para poder desencriptar con él.

Pero bueno, vamos a la práctica, que ahora viene lo interesante de todo esto.

  1. Instalad Python con el instalador python-2.7.msi.
    1. En la primera pantalla, dejamos marcada la opción: “Install for all users”, y pulsamos Siguiente.
    2. Ahora, dejamos el directorio de destino por defecto y pulsamos siguiente.
    3. En esta pantalla, nos aparecerán los componentes a instalar, yo lo dejaría todo por defecto. Pulsamos Siguiente.
    4. Es posible que durante el proceso de instalación, nos salte la ventanita del UAC pidiéndonos permiso para que el programa haga cambios. Pulsamos sí (alt + s).
    5. Una vez acabe de instalar, pulsamos en Finish.
  2. Instalamos el módulo criptográfico pycrypto:
    1. Ejecutamos el fichero ejecutable que hay dentro del zip.
    2. En la pantalla de bienvenida, dejamos marcada la opción: “All users”. Pulsamos Siguiente.
    3. En la siguiente pantalla, nos salen los componentes a instalar. Lo dejamos todo tal cual y pulsamos Siguiente.
    4. Es posible que durante el proceso de instalación, nos salte alguna alerta del UAC pidiéndonos permiso para que el programa haga cambios en el equipo. Le decimos que sí (alt + s).
    5. Cuando acabe, pulsamos en Finish.
  3. Abrid Adobe digital editions y dejadlo ahí abierto sin más.
  4. Ahora, abrid el fichero ineptkey.pyw. Como hemos instalado python, la extensión .pyw debe estar ya asociada al intérprete de python, así que podremos abrir el script para que se ejecute diréctamente.
  5. Si todo ha salido bien, nos saltará un mensaje informativo que dirá: “Key successfully retrieved to adeptkey.der.”, algo así como: “La clave ha sido extraída satisfactoriamente al fichero adeptkey.der”.
  6. Cerrad Adobe digital editions.

El fichero adeptkey.der es el fichero que contiene nuestra clave de encriptación para este ordenador, y lo encontraréis en el mismo directorio en el que tuvierais el fichero ineptkey.pyw. Con ella, adobe desencripta al vuelo los libros encriptados y nos los muestra en pantalla, pero nosotros se la hemos robado al señor Adobe y ahora la tenemos aquí, y con el segundo script que nos hemos bajado, podremos desencriptar cualquier libro con el DRM de adobe, usando esta clave. ¿Mola, eh? ;) Así que coged ese ficherito, y guardadlo en un lugar seguro: un disco externo, en la nube…

Instalando la última versión de Adobe Digital Editions

Una vez que tenemos nuestra clave de encriptación para este ordenador, podemos desinstalar la versión 1.7 de Adobe Digital Editions que instalamos en los pasos anteriores. Así que, panel de control, agregar o quitar programas o programas y características (depende del windows que tengáis), seleccionáis Adobe Digital Editions, y os lo cargáis.

Ahora, vamos a descargarnos la versión 1.8 de Adobe Digital Editions. No es la release (versión definitiva), pero como la release sí que no tiene nada de accesible, nos bajaremos la beta, o preview, como ellos la llaman. http://labs.adobe.com/downloads/digitaleditions1-8.html, a lo mejor cuando estéis leyendo esto, ya está la versión definitiva u otra preview más accesible ;)

Ahora, instalamos el Adobe digital editions que nos hemos descargado:

¡Importante! Esta versión está en inglés, pero la instalación es muy sencilla. Como no vamos a usar el programa nada más que para descargarnos el libro de la tienda, nos importa más bien poco cómo funciona su interfaz. De todos modos, si os descargáis una versión release, 1.8 o superior, es posible que ya esté en español, y con mucha suerte, hasta es posible que sea algo más accesible :P (disculpad mi escepticismo XD).

Actualización: Profundizando más en la interfaz de Adobe Digital Editions, he descubierto que sí que se pueden leer los libros con el programa. Lo he probado con JAWS 11, 12 y 13, y me ha funcionado con las tres versiones. Así que, me retracto en lo dicho arriba al respecto de su accesibilidad para lectores de pantalla (o al menos para JAWS), y aplaudo estas mejoras, que eran, a estas alturas, más que necesarias. Desconozco porqué con el portátil con el que probé la accesibilidad de Adobe Digital Editions 1.8 me funciona tan mal, y con el sobremesa la cosa cambia tanto, si las versiones del sistema operativo y de JAWS son idénticas. Cuando lo descubra (si lo descubro :D) os lo cuento también por aquí. Si alguien quiere probar Adobe Digital editions y cuenta en los comentarios cómo de accesible le parece, estaría genial.
Por lo que parece, se pueden leer los libros, pero yo no he conseguido dejar marcas en los mismos. No se si es alguna característica que se ha desactivado en la preview, que no es accesible, o que no he sabido encontrar la manera.
Por tanto, si alguien no quiere hacer todo este circo para leer libros con epub + DRM de Adobe, utilizando Adobe Digital Editions 1.8 podrá leerlos de forma accesible, al menos, con las versiones 11, 12 y 13 de JAWS. Eso sí, lo de leer en el móvil o similar, o pasarlos a texto y demás, nada de nada, a no ser que los desencriptéis.

Fin de la actualización.

Instalando Adobe Digital Editions 1.8:

  1. Ejecutamos el .exe que hay dentro del zip.
  2. Ahora, si tenemos el UAC activado, nos saltará la alerta para dar permiso al programa. Pulsamos en sí (alt + s).
  3. Marcamos la casilla: “I accept the terms in the License Agreement”: “Acepto los términos del acuerdo de licencia”. Pulsamos en Next.
  4. En esta pantalla, nos aparecerán varias opciones que podemos configurar:
    • Associate .acsm and .epub file types: Asociar la extensión acsm (la extensión del fichero que nos descargamos de la tienda) y los epub (el libro digital en sí) a este programa. Marcada por defecto. Debemos dejarla así.
    • Start Menu Shortcuts: acceso directo en el menú inicio.
    • Desktop Shortcut: Acceso directo en el escritorio.
    • Quick Launch Shortcut: Acceso directo en la barra de acceso rápido.
    • Launch Adobe Digital Editions Preview: Ejecutar Adobe Digital Editions tras la instalación. Yo la desmarcaría.

    Pulsamos en Siguiente.

  5. En esta pantalla, nos aparecerá el directorio destino de instalación. Pulsamos en Install.
  6. Una vez instalado, pulsamos en Close.

Descargando y desencriptando un libro

Ya hemos comprado nuestro libro, y tenemos el fichero con extensión acsm. Tened cuidado con este fichero, pues tiene una vida muy corta tras su descarga, y luego caduca, así que tendréis que volver a descargarlo si pasó mucho tiempo entre que lo descargasteis y lo váis a utilizar para descargar el epub encriptado.

  1. Ahora, abrimos el fichero acsm. Como asociamos Adobe Digital Editions con la extensión .acsm, el programa se abrirá automáticamente y comenzará a trabajar.

    Normalmente, cuando abrimos Digital Editions por primera vez, nos sale aquello de activar el programa, pero al haberlo activado con la versión anterior, este paso se lo salta, o al menos conmigo se lo ha saltado. Si os saliera algo para introducir usuario y contraseña, poned vuestro usuario de adobe ID (la dirección de correo con la que os registrasteis), y la contraseña que elegisteis en dicho registro. Con JAWS 13 sí veo el botón de autorize, pero con el JAWS 12 en mi otro ordenador no salía, así que no se si a vosotros os lo leerá, por lo que cuando pongáis la contraseña, pulsad enter directamente y ya está :). Os saldrá algo así como: ¡Enhorabuena! es usted muy majo y ya está el programa activado” :P, y volvemos a pulsar enter para darle a OK.

  2. Ahora, nuestro lector debería leernos algo como: Fulfilling “nombre del libro” y al rato, se nos mostrará otra pantalla en la que nos saldrá el contenido de dicho libro. Lo que ha hecho Adobe Digital Editions, ha sido contactar con el servicio donde está el libro, descargárselo, transformarlo a un sistema de encriptación que utiliza nuestra clave personal para ser desencriptado, guardarlo en nuestra carpeta “My digital editions” en mis documentos, y mostrárnoslo en pantalla.
  3. Cerramos Adobe Digital Editions, pues ya tenemos el libro en epub, aunque encriptado. ¡Adióos!
  4. Ahora, nos vamos a mis documentos, y allí, tendremos una carpeta nueva que se llama: “My digital editions”. Dentro, estará nuestro libro en formato epub, aunque aún no podremos hacer nada con él, pues está encriptado. Aquí entra en juego nuestro script ineptepub.pyw que descargamos en el apartado anterior.
  5. Abrimos el script ineptepub.pyw. Aunque con JAWS a priori no es accesible, podremos manejarlo con el cursor de JAWS.

    Con cursor de JAWS, podremos ver que en la pantalla nos aparece lo siguiente:

    INEPT EPUB Decrypter

    Select files for decryption
    Key file adeptkey.der …
    Input file …
    Output file …

    Decrypt Quit

    Como veréis, hay una línea en la que dice: Key file adeptkey.der … Aquí, tenemos que decirle dónde está nuestro fichero adeptkey.der. Si está en el mismo directorio que el script, no hay que tocar nada, pues el script buscará ahí. Si no, deberemos hacer click con el ratón en los puntitos que salen después del nombre, para indicarle a dichos cript dónde está el fichero con la clave. Al pulsar en los puntitos, nos aparecerá el típico diálogo de abrir, así que buscamos el fichero adeptkey.der donde lo tengamos, y le damos a Abrir.

    En la segunda línea, vemos: Input file … Aquí hay que seleccionar el fichero epub encriptado, que está en mis documentos\My digital editions\nombre_del_libro.epub. Así que hacemos click en los puntitos, se nos abrirá el diálogo de abrir un fichero, lo buscamos, y cuando lo tengamos seleccionado, le damos a ABrir.

    En la última línea, vemos: Decrypt Quit, es decir: desencriptar, y salir. Hacemos click en desencriptar, esperamos unos cuatro o cinco segundos, y con cursor de JAWS, en la parte superior de esa misma ventana, deberíamos leer: “File successfully decrypted”.

  6. Ahora, pulsamos en quit, o directamente, alt + f4 para cerrar esa ventana.

Si en lugar de JAWS utilizáis NVDA, imagino que con el navegador de objetos llegaréis bien a todos los controles.

¡Enhorabuena! Ya tenéis vuestro libro epub desencriptado, listo para leerlo donde queráis : en vuestro iPhone, con el complemento “Epub reader” para Firefox, o transformándolo a otro formato con el programa Calibre, que es lo que vamos a hacer en el siguiente paso si queréis seguir leyendo.

¡Importante! Todo este lío de instalar el Adobe Digital Editions 1.7, instalar python y el módulo criptográfico, autorizar el Adobe, sacar la clave e instalar el 1.8 ya no será necesario. Ahora, cuando queráis desencriptar otro libro, sólo tendréis que descargaros el fichero acsm de la tienda, abrir el Adobe Digital Editions, esperar a que descargue el libro, cerrarlo, abrir el script ineptepub.pyw, rellenar los datos necesarios como hicimos más arriba, pulsar en Desencriptar, y ya tendremos nuestro nuevo libro desencriptado y listo para hacer con él lo que queramos.

Convirtiendo nuestro libro de Epub a un formato más accesible y portable

Ahora que ya tenemos nuestro fichero epub desencriptado, estaría bien tenerlo en RTF, word, TXT o algo así, para poder leerlo en nuestro ordenador, pasarlo a audio con alguna herramienta de Text to speech, o hasta descargárnoslo al Braille speak ;) si seguimos utilizando el cacharrillo.

Para ello, vamos a hacer uso de una herramienta muy popular de tratamiento de libros digitales llamada Calibre. Sí, calibre, esa herramienta Open source que no es accesible. Sin embargo, tiene una interesantísima aplicación de consola llamada ebook-convert, que nos permitirá convertir nuestro libro de epub al formato que nos apetezca, y porqué no, convertir un libro en el formato en el que lo tengamos a epub, para poder leerlo en nuestro iPhone, iPad, iPod, etc. Pero eso ya es tema para otro post. Ahora, vamos a convertir nuestro libro epub a RTF, por ejemplo.

En primer lugar, debemos descargarnos el software de Calibre: http://status.calibre-ebook.com/dist/win32, e instalarlo. Para ello, abrimos el fichero descargado, aceptamos la licencia, y pulsamos en Install. Durante este proceso, es muy posible que os salte el UAC, pidiéndoos permiso para que el programa de instalación continúe . Pulsad en sí (alt + s), y dejadle hacer su magia.

Cuando acabe, os saldrá una pantalla con una casilla para ejecutar Calibre al finalizar la instalación. La desmarcamos, y pulsamos en “Finish”.

Ahora, vamos a convertir nuestro libro de epub a RTF.

  1. Coged vuestro epub desencriptado, y copiadlo a la raíz del disco duro c:.
  2. Ahora, id a inicio / ejecutad, escribid “cmd”, y pulsad intro. Esto hará que se nos abra la consola de emulación de MS-Dos.
  3. Ahora, vamos a cambiar al directorio raíz de c, escribiendo el siguiente comando: “cd \”, pero sin las comillas. Así, ahora estaremos situados en la raíz del disco c.
  4. Ahora, escribiremos el comando para convertir el libro de epub a RTF, usando la herramienta “ebook-convert.exe” que trae calibre:
    ebook-convert milibro.epub milibro.RTF
    Tras esto, pulsamos enter para ejecutar el comando.
    Como veis es muy sencillo. Escribimos el comando ebook-convert, un espacio, nuestro libro en epub, un espacio, y el nombre del fichero con extensión RTF a la que va a ser convertido. Si nuestro fichero tiene espacios en su nombre, deberemos escribirlo entre comillas, así:
    ebook-convert “mi libro.epub” “mi libro.RTF”
    Si el libro tiene acentos o caracteres raros en el nombre, os recomiendo que se los quitéis para que no haya problemas al teclear el nombre en MS-Dos, pues se lleva bastante mal con los acentos o caracteres no estándares del alfabeto inglés: eñes, diéresis, etc.
  5. Ahora, calibre comenzará a invocar sus hechizos: descomprimirá el epub, cogerá el htm del libro, las imágenes, el xml de contenido y las hojas de estilo, transformará todo eso a un formato intermedio, y luego lo convertirá, en este caso, a RTF.
    Aquí os pongo un extracto de los mensajes que Calibre irá soltando por consola:

    1% Convirtiendo entrada a HTML…
    Merging user specified metadata…
    Detecting structure…
    Flattening CSS and remapping font sizes…
    Source base font size is 10.50000pt
    Removing fake margins…
    Removing page margins specified in the Adobe page template
    Cleaning up manifest…
    Trimming unused files from manifest…
    Creating RTF Output…
    67% Creando RTF Output
    Converting XHTML to RTF markup…
    RTF output written to c:\libro.RTF
    Salida guardada en c:\libro.RTF

  6. Cuando calibre acabe, nos devolverá a MS-Dos. Escribimos exit, pulsamos enter, y ya estaremos fuera de la consola.

Y ahora, de un libro con DRM de adobe totalmente inaccesible, tenemos un libro accesible, en el formato que más nos apetezca.

Si en lugar de .RTF hubiéramos puesto .txt, calibre también nos habría convertido el fichero a este formato. También convierte a pdf.

Y esto es todo, por decir algo ;). Sé que el post ha sido larguísimo, y que así, a priori, podéis decir: ¡Joder! ¡Pero si es un trabajazo! Y estáis en lo cierto, pero una vez que lo hacéis un par de veces, es bastante rápido, os lo aseguro. Quedaros con la satisfacción de decir: Libranda, pese a vuestros esfuerzos en contra, tengo mi libro accesible para leerlo donde me salga de los coj… digo… de las narices. ¡Ala! :D

Agradecimientos, críticas (constructivas), dudas, sugerencias… Bajo la entrada podéis dejarlas, para así ir mejorando este post. ¡Muchas gracias!

¡Buen domingo a todos!

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Papeles en blanco

Es una mañana cualquiera. Salgo de casa, camino al trabajo. Me monto en el bus, y el conductor me obsequia con un papelito en blanco a cambio de 1,50€.

De camino al trabajo, alguien me para y me pregunta:
– Señor, ¿quiere el 20 minutos?
– Claro que sí, digo con una sonrisa.
Algo que leer por la mañana nunca está de más, siempre sienta bien eso de estar informado.
Con frustración, paso las páginas, y todas están en blanco, así que acabo dándole el periódico a un señor que lleva a sus dos peques al colegio.

Más tarde, en la oficina, imprimo unos billetes de Renfe para viajar; otra vez, papeles en blanco.

Voy a visitar a un cliente. Al bajar, el taxista me hace firmar en un papelito en blanco, y me da una copia para que guarde conmigo.

De camino a casa, me paro en una tienda en la que compro algo de cierto valor. Como mi economía no está para tirar cohetes, decido financiar el producto. Me ponen delante unos cuantos papeles en blanco y me piden que firme aquí, aquí y aquí. No hay nada tan estúpido como firmar en un papel en blanco, pienso, ¡cualquiera podría escribir luego algo en él y parecería que yo estoy de acuerdo! Pero sé que si no lo hago no podré financiar mi adquisición, así que firmo, ahí, ahí y ahí, y me la llevo.
El empleado me entrega un papelito en blanco y me dice: Toma, esta es la garantía. ¡No la pierdas!
– ¿Que no la pierda? Tengo en mi bolso docenas de papelitos iguales. ¡Si me los dais todos en blanco cómo no voy a perderlos!

Al volver a casa, abro el buzón. Más de 7 u 8 sobres en blanco, con papelitos en blanco en su interior.

Por la noche, para cenar, salgo con mi chica a un restaurante. El camarero, sonriente, pone dos cartas frente a nosotros. Entusiasmado por la cantidad de platos que debe haber en su interior, la abro, pero frustrado, una vez más, compruebo que, página tras página, la carta está en blanco.

Mi vida está llena de papeles en blanco: papeles grandes, pequeños, doblados, sin doblar, grapados, sueltos, papeles finos, gruesos… Mi bolso está repleto de papelitos en blanco, indiferenciados, inútiles.

Debo estar loco, todo el mundo me dice que en esos papeles hay cosas, pero yo no las veo.

¿Qué le pasa a este mundo? ¿Sólo hay papeles en blanco para mí?

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