Para ti, Lucía, artículo de Hernand Casciari

¡Hola!
Por segunda vez en la vida de este blog, no he podido resistirme a copiar aquí un artículo que me llegó por otro lado.
El artículo es del blog del escritor Hernand Casciari, que saca a la palestra un tema que trae cola estos últimos días. Me refiero a las declaraciones de Lucía Etxebarría, que se dio cuenta de que las ventas de su último libro habían sido menores que las descargas “ilegales” de su obra, y que no escribiría más libros en una larga temporada porque así no se podía vivir.
Esto me recuerda a aquello que decía Rosario Flores, pero en fin.
Como Hernand lo explica mucho mejor que yo, y con ese tono que me fascina, os dejo aquí su artículo para que lo disfrutéis.

¡Felices fiestas a todos!

Kastwey.

El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en .pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. «Dado que que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros», dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: «Pobrecita, miren lo que internet le está haciendo a los autores».

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero le pagamos (extremadamente bien) a todos autores. Los .pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: «qué bueno, cuánta gente me lee». Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: «qué espanto, cuánta gente no me compra».

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

Me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antologia de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, «un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho».

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. Él ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección. (Y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara.)

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman LA APORTACIÓN. En la cláusula cuatro dice que «el EDITOR podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)». En la cláusula cinco, ponen: «Como remuneración por la cesión de derechos de la APORTACIÓN, el EDITOR abonará al AUTOR cien euros (100 €) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan».

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros, o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. Saludos!

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con alzheimer.

—¿Me das eso? —dice el abuelito.

—Sí, abuelo, tomá.

—No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

—No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

—¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

—¿Pero por qué, abuelo?

—Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

—Bueno, abuelo, otro día hablamos… Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias en la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.

Fuente: http://orsai.bitacoras.com/2011/12/para-ti-lucia.php

Hernán Casciari | 21 de diciembre, 2011

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Mi existencia inexistente

Hace por lo menos cuatro o cinco años, leí un relato por internet que me encantó. La idea me pareció inquietante, fascinante y totalmente surrealista. Lo cierto es que me dejó pensando en el tema durante algún tiempo. Hace algunos meses quise volver a leérmelo, pero no recordaba ni el título ni el autor. He intentado buscarlo por internet, pero aunque Google es muy listo, no he conseguido resultados. Quizá no he sabido buscar bien 🙂
Así que se me ocurrió algo: escribir el relato a mi manera, utilizando la idea de la historia original. Si tú, lector o lectora, al leerlo dices: “¡Pero si esta idea es del relato tal! por favor, déjame un comentario y dime el título y el autor, si es que te acuerdas de esos datos, y me habrás hecho feliz 🙂 Yo lo pondré bajo esta historia, para que podáis comparar lo mal que escribo yo en comparación 😀

Y sin más, os dejo con mi versión particular de la historia de cuyo nombre no puedo acordarme. Que ustedes la disfruten, a mí, me encantó escribirla.

Escribo porque no sé qué más hacer. Llevo lo que se me antojan horas tumbado en la cama y sin poder dormir. Hoy he gritado a Diana, acusándola de cosas terribles. Ahora ella finge dormir, acurrucada en un lado de la cama. Sé que no está dormida aunque finja estarlo, la conozco demasiado. Freno el impulso de abrazarla y decirle que todo está bien, porque nada está bien, aunque tengo claro que ella no tiene la culpa. O los chicos nunca existieron y estoy loco de remate, o por algún kafkiano motivo mis niños han desaparecido por completo de este mundo.

Nada más entrar en casa noté algo raro. El piso estaba más silencioso que de costumbre. Los niños salen a las cinco del colegio, y cuando llego siempre me los encuentro viendo la tele en el salón, o con Diana haciendo los deberes. Sin embargo, al abrir la puerta y saludar, sólo me contestó Diana desde el fondo del pasillo.
– ¡Hola Iván!
– Hola amor – le dije mientras colgaba la chaqueta en el perchero. Fui hacia el salón, donde me encontré a Diana, sentada en el sofá con una cerveza en la mesita y tecleando frenéticamente en su ordenador.
– ¿Otra vez con trabajo para casa? – le sonreí mientras me inclinaba hacia ella y nos dábamos un beso.
– Para no variar. Y luego atrévete a pedir que te paguen horas extras. – Me sonrió y me apretó la mano con complicidad.
– ¿Y los niños?
– ¿Los niños? ¿Qué niños?
– Los nuestros – sonreí.
– ¿Cómo que los nuestros? ¿Ahora resulta que vas a querer más de uno? – me dijo ella con cara inexpresiva.
– ¿Cómo que si?… No entiendo qué…
– Ya sé que no es agradable que llevemos más de un año intentando que me quede embarazada, pero no entiendo a qué viene esa pregunta. Lo siento, pero me parece una broma de mal gusto.
– ¿Un año intentando quedarte embarazada? NO entiendo nada, Diana, hace años que decidimos no tener más niños, pensé que…
Diana se levantó, y se fue al dormitorio dando un portazo. Me quedé en el sofá, con cara de bobo, sin entender qué había sido todo aquello.
De repente, me fijé en lo que tenía a mí alrededor. El salón estaba inusualmente limpio y ordenado, y la zona donde habíamos colocado la moqueta y los juguetes de los niños, aparecía ahora vacía, con un par de tiestos con plantas en su lugar. Me quedé mirando aquello con desconcierto. ¿Qué coño estaba pasando?
Me dirigí hacia nuestro dormitorio, abrí la puerta y entré. Diana estaba sentada en la cama, con los ojos llorosos, y dándole vueltas a algo que tenía entre las manos.
– Ya sé que para ti esto es frustrante, pero no entiendo porqué tienes que pagarlo conmigo. NO es justo, Iván, no es justo.
– ¿Pero qué coño he hecho yo? De verdad que no entiendo nada.
– ¡Oh, por dios! ¿Me estás diciendo que preguntar por nuestros niños no ha sido por echarme en cara que aún no hayamos podido tenerlos?
Me quedé con cara de gilipollas.
– ¿Pero cómo que no hemos podido tenerlos? ¿Y Mónica y Pablo, qué son entonces?
Diana me miró con desconcierto.
– ¿Qué me estás diciendo, Iván? NO sé de qué vas, pero sabiendo cómo me afecta todo esto no entiendo qué clase de escenita es esta. Si tienes algo que decirme, dímelo y déjate de idioteces.
Me senté en la cama e intenté cogerla de la mano.
– No, Iván, de verdad, déjame tranquila, no entiendo nada.
Frustrado, me volví a levantar.
– A ver Diana, ¡el que no entiende nada soy yo! ¿Cómo que no tenemos niños? ¿Cómo que no puedes quedarte embarazada si hace cuatro años que decidimos no tener más críos? ¡Esto no tiene ni el más mínimo sentido!
De repente me fijé en nuestra habitación. Las fotos de Mónica y Pablo habían desaparecido, siendo reemplazadas por fotos mías y de Diana, y por cuadros con paisajes bucólicos y falsos que no recordaba haber visto en la vida.
– ¿Dónde están las fotos?
– ¿Qué fotos?
– ¡Joder, las fotos de los chicos!
– ¿Pero de qué fotos hablas? ¿A caso me quieres volver loca? ¡Qué te pasa, Iván!
– ¿Que qué me pasa a mí? Eso me gustaría saber yo, ¿qué te pasa a ti? ¿Por qué has quitado las fotos de los niños y ahora te comportas como si no existieran?
– ¡Pero qué dices! ¡Estás loco!
Diana se levantó de la cama, y pasando por mi lado, con la cara congestionada y las lágrimas rodándole por las mejillas, salió de la habitación.
¡NO me jodas, Diana! ¿Dónde están? ¿Por qué no me lo quieres decir? ¿Qué has hecho con ellos? ¿A dónde te los has llevado?
– ¿Pero tú te estás escuchando? ¡Por dios! ¡Estás majareta!
Oí un portazo, y supe que mi mujer se había marchado de casa.

Sin entender nada y a punto de llorar, salí del dormitorio y me dirigí a la habitación de los niños.
Al entrar, el corazón me dio un vuelco y sentí cómo mi realidad se tambaleaba. Donde antes se encontraban las dos camitas de mis hijos, un sofá cama ocupaba una de las paredes del dormitorio. Donde una cajonera llena de ropa variopinta y trastos, muñecos y peluches de todo tipo ocupaba otra de las paredes del dormitorio, descansaba ahora un tendedero desnudo y una tabla de planchar. Donde antes había posters enormes por las paredes, ahora la habitación aparecía desprovista de todo adorno, excepto un reloj de pared que se encontraba detenido a las tres y cuarto. – El reloj tiene la culpa de esto, pensé tontamente.
Me quedé allí parado, no sé ni cuánto tiempo, contemplando todo aquello como si me hubiera equivocado de casa y estuviera contemplando el piso de un desconocido.
Esto debe ser una broma de pésimo gusto. Intentaba convencerme a mí mismo y calmar mis desbocados latidos. Veía puntitos frente a mis ojos y me sentía mareado.
– ¡Diana! ¿Qué clase de broma estúpida es esta? – grité al piso vacío.
Sin poder estarme quieto, abrí todos los cajones de los muebles del salón, buscando los trastos de mis hijos, pero no encontré nada. Era como si de un plumazo, mis dos chiquitines hubieran desaparecido del mundo sin dejar rastro.
Mientras revolvía los cajones sin encontrar nada, Intentaba convencerme de que todo era un engaño bien preparado, pero sabía que eso no tenía ningún sentido. Hacía diez horas escasas que había salido de casa, y sin tener en cuenta lo absurdo de que mi esposa preparara algo así, no habría tenido tiempo material para ello.
Derrotado, me senté en el sofá, y me quedé allí hasta que horas o minutos después (el tiempo se había convertido en algo difícil de medir), oí una llave en la cerradura, y Diana entró en casa. Rápidamente, me levanté del sofá, y corrí hacia ella. Quería abrazarla. Sabía que ella no tenía nada que ver con todo aquello. Sin darme tiempo casi ni a rozarla, Diana se apartó de mí, y se dirigió a nuestro dormitorio.
– ¡Diana, por favor, ayúdame! ¡No sé qué está pasando!
Mi mujer volvió hacia donde yo estaba, me miró durante unos segundos, y fue ella quien me abrazó con lágrimas en los ojos.
– Pero Iván, ¿qué es lo que te ocurre? ¿De verdad crees que teníamos dos hijos y que ahora han desaparecido? ¿Te ha ocurrido algo en el trabajo? ¿TE has golpeado o…?
Me apartó de ella, sujetándome por los brazos y mirándome a la cara. No supe qué decirle, todo aquello estaba siendo demasiado para mí.
Finalmente, nos sentamos en el sofá. Sintiéndome tonto, le conté todo lo que hasta ese momento había creído que era nuestra vida juntos. Era como si ella fuera quien hubiera olvidado estos últimos años y yo le refrescara la memoria. Le hablé de cuando nació Pablo, de la casa minúscula en la que vivíamos, de cuando nos mudamos a vivir aquí, de cuando se enteró de que volvía a estar embarazada y casi nos da algo a los dos, de cuando nació nuestra pequeña, de nuestro primer viaje a Londres los cuatro juntos… Mientras le contaba todo esto, la miraba a los ojos, esperando un destello de reconocimiento, un gesto que delatara que sabía de qué le estaba hablando, pero lo único que hacía era negar con la cabeza.
– Cariño, no sé qué te ha pasado. Es casi como si esa vida que me cuentas es la que hubieras querido tener conmigo y no has podido vivir.
– ¡NO, Diana! NO te estoy mintiendo joder, esa vida es la que tenemos. No estoy loco, ¡no puede ser que esté loco! ¡Esta mañana me marché de casa. Tú estabas a punto de irte a trabajar. Yo me llevé a los chicos al colegio, y luego me fui para el trabajo.
Entonces, se me ocurrió una brillante idea.
– ¡Los vídeos!
– ¿Qué vídeos?
– ¡Los del viaje a Londres!
– ¿Qué le pasa a esos vídeos?
– ¡Pues que ahí salimos los cuatro!
– Diana seguía en el sofá, con la cabeza entre las manos, llorando silenciosamente y preguntándome a mí, o quizá sólo a sí misma qué era lo que me había ocurrido. Yo, por mi parte, rebuscaba frenéticamente en el mueble de la televisión, hasta que encontré lo que buscaba; un DVD en el que podía leerse: Viaje a Londres, Marzo de 2008.
Entusiasmado, conecté la televisión y puse el DVD. Rápidamente, elegí la primera escena en el menú, y me dispuse a ver a mis dos hijos y a mi esposa saludándome ante la cámara. Sin embargo, me encontré tan sólo con Diana, que con una maleta en la mano y una sonrisa me saludaba, y ambos, uno a cada lado del objetivo, hablábamos sobre lo bien que nos lo íbamos a pasar en ese viaje.
– ¡Mierda! ¡Está mal, todo está mal!
Con rabia, le di un puñetazo a la pantalla, que se agrietó con un crujido. Diana, desde el sofá, comenzó a gritarme que parara, que me iba a hacer daño y que dejara de comportarme como un loco.
– ¡No! ¡Nada está bien! ¡Este vídeo no era así!
Saqué el DVD del reproductor y lo partí con saña. Luego, comencé a buscar más vídeos en los que saliéramos los tres. Alguno tendría que quedar, algún vestigio de esa vida que yo estaba seguro de haber vivido.
– Iván, déjalo ya, por favor. Necesitas ayuda.
– ¡Pero esto no está bien! – seguía insistiendo yo.
Nada estaba bien, nada era como tenía que ser. Por más que me esforzaba, por más que intentaba pensar que podría ser todo una alucinación mía, mis recuerdos me decían lo contrario. Recordaba mil detalles, mil escenas en las que aparecían mis dos hijos. Era imposible que todo hubiera sido un desvarío de mi mente.
– ¿Y entonces, ¿Qué ha ocurrido estos últimos seis años? – Le pregunté a Diana con incredulidad.
Me senté junto a mi esposa, y ella me contó una historia que sólo en algunas cosas se parecía a lo que yo recordaba. Parecía que todo había comenzado a variar desde el momento en que se quedó embarazada. Según ella eso no ocurrió, y parece que ni siquiera nos habíamos planteado el tener hijos por ese entonces. Nos mudamos aquí porque ambos podíamos permitírnoslo y decidimos ir a un piso más grande, pero nada de hijos. Según Diana, hasta hacía un año, no habíamos decidido buscarlos, pero hasta hoy, no había habido suerte. No podía creerlo, y si lo creía, tenía que admitir que me había vuelto loco de remate, o que algún truco sucio del universo había hecho desaparecer a Pablo y a Mónica de esta existencia sin dejar ni rastro. Tenía que admitir que la locura era el mejor candidato, pero me aterraba esa posibilidad.

Ahora, tumbado en la cama y escribiendo en este cuaderno que encontré escondido bajo un montón de facturas en un cajón, intento poner en claro mis pensamientos, y espero a que llegue la mañana. No puedo dejar de pensar en que si voy al trabajo con normalidad, como todos los días, allí estará todo como antes, y que al volver a casa, me encontraré con mis dos niños y mi esposa, como si nada hubiera pasado.
Ya son las seis, así que creo que voy a arreglarme para ir a trabajar. A la noche todo estará bien, todo tiene que estar bien.

La casa está vacía. Ahora resulta que vivo en un piso de soltero. No queda rastro de Diana, ni de mis hijos. Ella se ha marchado tan inexplicable y silenciosamente como ellos.
Salí de casa al despuntar el alba. Seguía convencido de que al llegar al trabajo todo estaría como siempre, . Nada más entrar a la oficina y sentarme ante mi mesa, observé con un sobresalto que la fotografía que tenía en el escritorio del ordenador era la de mi esposa. Ayer tenía una foto de los cuatro, sentados en un banco de madera frente a la casa de mis padres. Me acordaba perfectamente de aquel día. Hicimos una barbacoa, y mi padre se emborrachó de mala manera con vasitos de vino dulce. Luego se puso a cantar con mi tío en el karaoke de los niños, mientras Diana y yo nos mirábamos y sonreíamos divertidos. La foto estaba igual, solo que en el banco estábamos ella y yo.
– ¡No puede ser, joder, no puede ser! – dije en voz alta.
Jaime, mi compañero de mesa, me miró.
– ¿Qué? ¿NO cuadran las cuentas?
– No, la foto, la foto de mi escritorio. Ayer era la de los cuatro, y ahora sólo sale Diana.
– ¿Los cuatro? – me dijo Jaime con extrañeza. – Yo juraría que llevas más de dos meses con esa foto de Diana en el escritorio.
– Ayer estaba Diana, y Pablo, y Mónica.
– ¿Quiénes son Pablo y Mónica?
– Jaime, has venido mil veces a casa. ¿Quiénes van a ser?
Intentaba mantener la calma, como si con ella, aún pudiera conseguir que la realidad volviera a imponerse y Jaime recordara todo, y la foto volviera a estar bien…
– No tío, no sé quiénes son. ¿Tus vecinos?
– ¡Mis hijos, joder, mis hijos! – le grité sin poder evitarlo.
Toda la oficina se quedó en silencio y mis compañeros me miraron estupefactos. Jaime se quedó con cara de asustado mientras balbuceaba.
– Pero, pero juraría que ni Diana ni tú teníais… hijos… Yo…
Me levanté de la mesa y salí de la oficina a grandes zancadas. La gente murmuraba a mis espaldas, pero no me importaba. Bajé a la calle, y cogí el autobús hasta casa, mientras mi cabeza se sumía aún más en un mar de confusión y tristeza. Mientras el autobús rodaba en dirección a casa, no dejaba de rememorar los últimos años de mi vida que parecían haberse perdido para siempre.

Nada más llegar, estuve a punto de cerrar de un portazo y hacer como si no hubiera visto lo que había tras la puerta. Me quedé en el umbral, contemplando atónito la transformación del piso. Las paredes estaban pintadas de blanco, nada de aquel color pastel que Diana se había empeñado en utilizar. NO había mueble en la entrada, tan sólo un feo paragüero vacío. Las puertas eran distintas, más viejas. Fijándome recordé que eran las que tenía la casa cuando Diana y yo nos mudamos hacía ya cinco años. Lentamente, como en un sueño, cerré la puerta de la entrada y accedí al interior. Nada era igual. El piso estaba mucho más vacío, con tan sólo lo justo para vivir. En el salón, un ordenador hacía las veces de televisor, y el sofá parecía haber sido comprado en una tienda de segunda o tercera mano, igual que la mesita de centro y la mesa del comedor. Entré en mi dormitorio, y descubrí, ya casi sin asombro, que era un dormitorio de una sola persona. La mesilla de Diana había desaparecido, junto con el armario de dos puertas que habíamos comprado al venir a esta casa. En su lugar, otro armario, mucho más pequeño, ocupaba media pared. Dentro, sólo había ropa mía, y en las paredes, ni cuadros, ni fotos de ningún tipo. Sobre mi mesilla, tal y como lo dejé, encontré el cuaderno en el que ahora escribo. Me abalancé sobre él, y comprobé con alivio que en las primeras páginas estaba escrito todo lo que me ocurrió ayer. ¡Eso probaba que no estaba volviéndome loco! A parte de mí, parece que este cuaderno es lo único que no ha cambiado en este absurdo mundo en el que estoy viviendo ahora. Intenté buscar la foto de Diana en mi cartera, pero al abrirla descubrí que ni siquiera era la misma, y que, como era de esperar, sólo contenía tickets de compra y varias tarjetas. En el móvil, su número había desaparecido de la agenda, y sus mensajes no estaban. La llamé al número que tan bien recordaba, y una locución me dijo que el teléfono marcado no existía.
Creo que debería comer algo, hace más de un día que no pruebo bocado, pero estoy agotado.

Me he quedado dormido y ya es de noche. Me asomo a la ventana, y veo la ciudad desierta a mis pies. Parece que la oscuridad me hace compañía, armonizando con el ánimo que me embarga. Sé que estoy despierto pero creo que aún sueño. Nada de lo que está ocurriendo parece real.
Recuerdo haber tenido una pesadilla repetitiva. En ella, Estoy conduciendo de noche por una carretera recta e infinita. En el carril de al lado, puedo ver el coche de Diana, y por la ventanilla observo a mi mujer y a mis dos niños, que me miran desde el otro lado del cristal con ojos asustados. Por más que lo intento, no puedo mover el pie del acelerador ni cambiar la dirección, y a Diana parece ocurrirle lo mismo. Nos miramos, uno a cada lado de esa carretera interminable, sin poder hacer nada para acercarnos ni detenernos.

Me he levantado y me he hecho un bocadillo de jamón rancio; parece que es lo único que queda en la nevera vacía, que como todo en esta casa, también ha cambiado. Es la misma nevera que Diana y yo tiramos cuando compramos este piso. Me sorprende que aún funcione, la verdad.

Son las cuatro de la mañana y no hago más que intentar entender qué es lo que ha pasado. Se me ocurrió la genial idea de llamar a mis padres para preguntarles por Diana. Mi madre, somnolienta, me ha preguntado que de quién estoy hablando, si me he echado novia por fin, o si estoy borracho. He colgado, sin más. Me ha llamado un par de veces, pero ni me he molestado en cogerle el teléfono. Esto es una puta locura. He intentado ponerme a leer un libro que he encontrado bajo la cama: “Cementerio de animales”, de Stephen King, pero no puedo concentrarme en la lectura. Parece que lo único que consigue calmarme un poco es escribir en este cuaderno de tapas insulsas.
Voy a volver al trabajo. Necesito mantener la ilusión de que aún tengo algo que hacer, de que todo mi mundo no se está derrumbando ante mis ojos. Quizá hoy salga bien, y cuando llegue, al menos siga teniendo la foto de Diana en mi escritorio. Creo que me llevaré el cuaderno conmigo, es lo único que tengo y que confirma que no estoy loco de remate. Aquí está escrito que Diana existía ayer, y si Diana existía, mis hijos también debieron existir en otra vida de la que he sido arrancado sin previo aviso. Es lo único que me mantiene cuerdo.

– ¿Me puede traer otra cerveza, por favor?
El camarero aparece, se lleva mi vaso y al momento, vuelve con otra cerveza. Llevo años viniendo a desayunar a este bar, pero nada parece ser ya como antes. NO conozco a este camarero, ni a los otros dos que circulan por el local sirviendo a los clientes.

Esta mañana, cuando entré al edificio de mi oficina, comencé a notar los cambios. En la garita de seguridad no estaba el mismo guardia que todos los días. En su lugar, un joven que parecía recién salido del instituto se encontraba leyendo algo en el ordenador.
– Buenos días.
– Buenos días – me dijo distraído.
– ¿Es usted nuevo aquí?
– Nuevo? El joven sonrió. -. Qué va, llevo aquí más de seis meses.
Me quedé helado. Todo estaba cambiando y ya no sabía qué esperar.
Murmuré algo ininteligible, y subí hacia mi oficina. Al llegar frente a la puerta, me quedé sin saber qué hacer. Donde antes se encontraba el logotipo de mi empresa, ahora se hallaba un cartel en el que se leía: “Se alquila”. Los cristales de la puerta dejaban ver una oficina vacía. NO quedaba ni rastro del lugar en el que me había pasado tantas horas de mi vida haciendo cálculos para enriquecer a otros. Saqué este cuaderno, y comprobé con tranquilidad que seguía teniéndolo en el bolsillo junto al bolígrafo que había cogido de casa esta mañana. Al menos el cuaderno seguía en su lugar. Todo aquello era una locura, todo mi mundo parecía estar desapareciendo sin dejar rastro. Despacio, bajé las escaleras del edificio y salí a la calle. El aire frío de finales de Noviembre me azotó la cara. La ciudad, antes tan familiar, aparecía distorsionada ante mis ojos, como si pequeños y sutiles cambios la hubieran hecho hostil y totalmente distinta. NO sabía qué hacer. Temía volver a casa por lo que pudiera encontrarme. Me senté en el banco de un parquecillo que había frente a la oficina, y me quedé allí, pensando en el porqué de lo que me estaba pasando. ¿Qué había sido de mis hijos, de mi esposa y de mis compañeros de trabajo? ¿Qué había ocurrido con toda la gente a la que conocía? Con un impulso, se me ocurrió llamar a algunos amigos y contarles lo que me estaba ocurriendo. Alguno quizá pudiera ayudarme. Saqué el móvil del bolsillo, y cuando accedí a la agenda, vi que estaba vacía. Sólo estaban los números de atención al cliente y buzón de voz. Creo que hasta entonces no me había dado cuenta de que estaba completamente sólo. Con manos temblorosas, marqué de memoria el número de mis padres. Un señor me cogió el teléfono, y me dijo que allí no vivía ningún Pedro. Lo intenté un par de veces pero siempre me cogía la misma persona. Abatido, lo intenté con varios amigos y familiares de los que recordaba sus números, pero nadie era quien se suponía que debía ser.
Desolado, dejé el móvil en el banco y me marché de allí. Me sentía invisible, un ser marginado, ajeno a este mundo que me rodeaba. Mis pasos me llevaron hacia casa. Quizá esperara volver a ver algo familiar, aunque temía lo que podría encontrarme al llegar. Ya intuía que no sería el mismo piso que había abandonado esta mañana. Sin embargo, nada me había preparado para encontrarme aquello. Donde antes se alzaba el bloque de pisos en el que vivía, ahora se encontraba un solar vacío y totalmente abandonado. Paré a un señor que caminaba por la calle y le pregunté. Me dijo que ese solar llevaba años en desuso, y que nadie parecía decidirse a construir nada allí.
Le di las gracias y continué caminando. Cuando quise sacar las llaves de casa de mi bolsillo, observé sin sorpresa que no había rastro de ellas, aunque el cuaderno sí seguía allí.
Tenía ganas de gritar, de gritarle a la ciudad indiferente quién era yo, gritarle al mundo que me llamaba Iván Díaz, que mi mujer se llamaba Diana y mis niños Pablo y Mónica. Quería gritarle al mundo que no se olvidara de mí, pues sentía que ya no era nadie, un paria repudiado por la propia existencia.

Finalmente, entré a este bar, donde antes todos me conocían y ahora ni me conocen ni yo conozco a nadie. Escribo sin parar en este cuaderno, única cosa inmutable de esta locura.

Diana, ¿Qué ha sido de ti? ¿Dónde estás ahora? ¿Has desaparecido, o estás en alguna parte de este mundo sin saber ni que yo existo? ¿Y Pablo y Mónica? ¿Ni siquiera habrán nacido? ¿Soy el único que os recuerda? Creo que pronto yo mismo desapareceré. Lo sé, lo he sabido desde que contemplé el solar vacío donde otrora vivimos los cuatro. Sé que casi no me queda tiempo, y a estas alturas no me importa una mierda. Todos los que me importabais en esta vida os habéis ido, este mundo no es el mío.
¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? YO sí. Me acuerdo de todo, casi como si pudiera alargar una mano y acariciarte en la distancia. Es como si a medida que el mundo se olvida de mí, yo me acordara de todo con inusitada vividéz. Ojalá pudiera volver al día en que te conocí y empezar de nuevo. Ojalá te acordaras de mí, ojalá existas aún en algún sitio aunque no sepas ni quién soy.
Llamo al camarero para que me ponga otra cerveza. Creo que es la quinta. Intento llamar su atención, pero parece no reparar en mí. Necesito hablar con alguien, necesit

……………………

Encontré este cuaderno encima de una mesa vacía, en un bar al que entré a noche por casualidad. Sobre ella, a parte de este cuaderno y de un bolígrafo casi gastado no había nada. Le pregunté a uno de los camareros si sabía de quién podía ser, pero me dijo confundido que habría jurado que nadie se había sentado en esa mesa en toda la tarde.
No he podido evitarlo, soy demasiado curiosa. Esta mañana busqué en la guía telefónica a todos los Iván Díaz de la ciudad, y les he llamado. Nadie tiene una mujer llamada Diana, o al menos nadie me lo ha reconocido. Supongo que todo esto no son más que los desvaríos de un lunático o la broma de algún gracioso, aunque hay que reconocer que me ha puesto los pelos de punta.

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Accediendo a los libros digitales de Libranda de forma accesible

Este artículo está obsoleto. Tenéis el último artículo sobre ruptura de DRM de Adobe Digital Editions aquí: Audiodemo. Como leer libros de Adobe digital editions (fnac, casa del libro…) en cualquier dispositivo.

Si aún así quieres seguir leyendo este artículo, aquí lo dejo como curiosidad, aunque el método descrito abajo sobre cómo desencriptar los libros de Adobe Digital Editions no sé si aún funcionará.

Cuántas veces no hemos leído en algún sitio o nos han dicho: ¡Ayer salió el Supermegaesperado libro de tal o cual autor! Y nosotros, de ser ciegos, hemos dicho: Vale, pues o me lo compro y me lo escaneo, o espero a que la ONCE (si somos de España) lo convierta a daisy, o a que algún buen samaritano lo escanee y lo suba a alguna biblioteca digital de la red… ¡Pues ahora! ¡Ahora! … Ahora también es muy posible que pase eso 🙁 porque Libranda no es que tenga ni mucho menos todas las novedades, pero al menos, podremos acceder al catálogo de libros electrónicos de esta plataforma de libros electrónicos “legales” (¿habéis visto las comillas? que parece que va incluyendo todas las novedades de muchas de las editoriales importantes que publican en español. Vuelvo a repetir que ni de broma están todas las novedades (seguro que muchísimas pequeñas editoriales que publican en papel no tendrán sus novedades aquí), pero bueno, menos da una piedra.
Por otra parte, el precio de estos libros es a mi parecer elevadísimo, pero no voy a entrar en estas apreciaciones aquí. En este post, me limito a contaros cómo comprar un libro digital en Libranda, y leerlo de forma accesible.
No se si las personas de fuera de España podrán comprar libros en Libranda, aunque creo que no habrá problemas. Rogaría a alguien que compre desde fuera, que deje un comentario en el post para aclararlo.

El procedimiento que aquí explico para romper el DRM de los libros electrónicos no es un delito. Delito podría ser el uso de esas técnicas para distribuir los libros que hemos transformado, por ejemplo. Aquí, me limito a explicar cómo quitar el DRM a los libros con DRM de adobe, para que las personas con discapacidad puedan acceder a ellos de forma accesible, y porqué no, para que una persona que quiera comprarse un libro electrónico, no tenga que comprarse un ebook compatible con adobe DRM, y pueda leerlo en su iPhone, en su ordenador o donde buenamente le apetezca, que para eso se ha comprado el libro.

¿Qué es Libranda?

Libranda es una página que sirve de intermediaria entre las tiendas de libros electrónicos y el usuario. Es una plataforma en la que informa al usuario de en qué tiendas puede comprar el libro que desea adquirir. Así, por ejemplo, el libro de “La chica mecánica”, de Paolo Bacigalupi, podría haberlo comprado en más de ocho tiendas distintas.

Así mismo, Libranda sirve como sistema de almacenamiento de los libros para las tiendas. Tú compras el libro, y el enlace que te da la tienda que sea, dirige a Libranda, que es quien los aloja.

¿Cómo comprar en Libranda?

Como Libranda al final redirige a la tienda que elijamos para comprar el libro, explico aquí los pasos básicos para llegar a la lista de selección de tiendas. Una vez aquí, y hasta que os salga el enlace para descargar el libro, la compra es cosa vuestra. Si yo he podido comprarlo, seguro que vosotros también podréis ;).

  1. Entrad a: http://www.libranda.com/buscador.aspx. Antes había un buscador en la propia página principal, pero ahora no hay forma de encontrarlo, así que os pongo el enlace directo. Esta plataforma cada vez es más fea XD.
  2. Escribid el título o autor en el buscador, y pulsad en el botón de Buscar (usuarios de lectores de pantalla, el lector os leerá: “search_button”) (cuidado porque por defecto os aparece un texto que tendréis que borrar).
  3. Una vez en la ficha de un libro (se accede pulsando en el enlace de ese libro, no en el del autor), buscaremos el encabezado que dice: “Cómpralo en alguna de estas tiendas”. Bajo dicho encabezado, veremos una lista con los enlaces a las tiendas. Salen repetidos según mi lector de pantallas, y hay enlaces sin nombres, pero da igual, si le damos a uno de los repetidos, se nos abrirá una nueva ventana, y ya estaremos en la tienda para comprar el libro en cuestión.

A partir de aquí, cada tienda es de su padre y de su madre. La cuestión es que al final, después de pagar, nos darán un enlace de descarga, bien en la propia página, bien en un correo electrónico que nos mandarán. Ese fichero, con extensión acsm (Adobe Content Server message), no es el libro, ni mucho menos. Ese fichero le indica al programa “Adobe digital Editions” dónde está el epub con DRM, quien lo envía, cuando caduca y demás. Por ahora, lo descargamos a cualquier parte de nuestro ordenador, pero sólo cuando estemos con ánimo de seguir todo este tutorial, pues el fichero caduca tras unas horas, y si nos caduca, tendremos que volver a descargarlo.

Pasos iniciales

Para poder desencriptar los libros de Libranda, necesitaremos un software infernal llamado “Adobe Digital Editions”. Desgraciadamente, Libranda, en lugar de optar por libros digitales sin DRM que serían fácilmente legibles en cualquier libro electrónico, ha optado por adoptar el formato epub + DRM de adobe, por lo que este programa se hace imprescindible para leer nuestros libros descargados. Bueno, en realidad sólo lo necesitamos para desencriptarlos, luego, podréis leerlos donde os dé la gana 😉 Libranda, mucho miedo a la piratería, y utilizáis un sistema de DRM que hace años que se pirateó. ¡Enhorabuena! (al menos para nosotros jaja) 😀

Este programa no es accesible, así que la primera vez que preparemos un ordenador para desencriptar libros con EPUB y DRM de Adobe necesitaremos unos ojitos funcionales para completar el proceso de instalación y activación. Eso, o seguir los pasos que os pongo aquí y rezar para que no ocurra ningún error raro en pantalla que no podamos apreciar y por el que los pasos no funcionen.

En primer lugar, comentaros que para desencriptar los libros, deberemos descargarnos la versión 1.7 del Adobe Digital Editions, pero no la 1.7.2 o superiores, ya que la clave de desencriptación no se puede obtener con estas últimas versiones. Así que, para el primer libro a desencriptar, necesitaremos la 1.7, sacamos la clave de desencriptación, la guardamos en lugar seguro, y con esa clave, ya podremos desencriptar los libros que queramos, usando una versión superior de Adobe Digital Editions. Dicen por ahí que la versión 1.8 (es la que usaremos en este tutorial) que aún está en beta, es accesible, pero os aseguro que de accesible tiene el nombre, porque desde luego, aunque sí he conseguido instalarlo, activar mi equipo con ella y descargar el epub encriptado, el contenido del libro no soy capaz de leerlo, al menos con el lector de pantallas que yo uso, que es el JAWS.

Y después de este rollo, empecemos por descargar el Adobe Digital editions 1.7: Descarga Adobe Digital Editions versión 1.7

¡Importante! Este software es para windows xp, vista o 7 de 32 bits. Para 64 bits no tengo muy claro si funcionará o no, y tampoco sé dónde encontrar la versión 1.7 para los sistemas de 64. Si alguien lo prueba, que me diga el resultado en los comentarios, por favor.

Creando nuestro Adobe ID

Para usar Adobe Digital Editions, necesitamos crearnos nuestro Adobe ID. Es un nombre de usuario y una contraseña que Adobe utiliza para saber qué libro hemos comprado, cuales tenemos, guardar copias de seguridad, saber qué dispositivos tenemos autorizados, etc., etc. Se supone que se puede crear desde el programa una vez instalado, pero como es cero accesible, vamos a hacerlo desde la web, que sí lo es, más o menos.

  1. Entrad a: https://www.adobe.com/cfusion/membership/index.cfm?nl=1&loc=es%5Fes&nf=1
  2. Rellenad los campos obligatorios (marcados con un asterisco) que os aparecen en esa página: Correo electrónico, contraseña, Volver a escribir contraseña, Nombre, Apellidos, Ciudad, País / región, provincia (nos aparecerá al seleccionar el país o la región), y Código postal. Después nos aparecerá una encuesta que pasamos de rellenar, y pulsamos en Continuar.
  3. Si todo ha salido bien, nos dará las gracias por lo majos que somos al afiliarnos, y pulsamos en Continuar. Si algo ha salido mal, nos volverá a la misma pantalla de antes, y mirando en la parte de arriba, antes de los campos, nos aparecerá una lista con los errores encontrados.
  4. Una vez nos aparezca nuestra página personal de Adobe, lo que significa que ya estamos registrados, podemos cerrar esa web. ¡Adióoos!

Instalando Adobe digital editions

Ya hemos descargado el Adobe Digital Editions 1.7 a nuestro ordenador, y vamos a ejecutarlo.

  1. Si tenemos windows vista o superior y el UAC activado, Windows nos pedirá permiso para que el programa haga cambios en el equipo. Le diremos que sí (alt + s).
  2. Nos aparecerá una ventana con una presentación en árbol con los componentes. El primero, Adobe Digital Editions (requerido) no se puede tocar. Tenemos otras opciones que podemos marcar o desmarcar según queramos: Acceso directo en el menú inicio, Acceso directo en el escritorio, Acceso directo en la barra de acceso rápido, e Iniciar Adobe Digital Editions cuando acabe la instalación. Cuando acabemos, pulsamos Siguiente.
  3. Aquí, elegimos el directorio de destino, y pulsamos Instalar.
  4. Cuando instale, pulsamos en Cerrar.

Ahora viene el momento en que, si somos ciegos, necesitaremos de unos ojitos que nos lean la pantalla.

  1. Si desmarcamos la casilla de que se abriera automáticamente Digital editions tras la instalación, tendremos que abrirlo desde alguno de los accesos directos que tengamos en nuestro ordenador. Si la dejamos marcada, se abrirá diréctamente.
  2. Pulsamos en el botón de aceptar la licencia (hasta aquí aún es accesible).
  3. Ahora, JAWS u otro lector ya no leerá nada, así que tendremos que pedir ojos funcionales, o intentar hacer el truquillo que yo hago. Ahora, en pantalla, debe aparecer algún texto informativo, y hay que darle a Continuar. Si pulsamos enter, sin más, se irá a la siguiente pantalla, aunque no nos enteremos.
  4. En esta pantalla, deberemos introducir el e-mail y la contraseña que pusimos en la creación de nuestro Adobe ID. Escribimos diréctamente el mail en el teclado, pulsamos tab, y escribimos la contraseña. Tranquilos, que el lector de pantallas no leerá nada, así que escribid los datos con cuidado, y no pulséis teclas raras, tan sólo escribís el mail, pulsáis tab, y escribís la contraseña.
  5. Ahora, pulsamos enter, y si todo ha ido bien, ya tendremos autorizado nuestro equipo. Si ha ido mal, no nos enteraremos porque no sale nada, así que os recomiendo que escribáis los datos con cuidado, y si no estáis seguros de si esto ha funcionado bien, pedid ayuda a alguien que pueda leeros la pantalla.
  6. Pulsad enter para pasar a la siguiente pantalla, que nos estará dando la inaccesible enhorabuena.
  7. Cerrad el programa Adobe Digital Editions con alt + f4.

Descargando las herramientas para desencriptar y obteniendo la clave de encriptación de Adobe Digital Editions

Ahora, vamos a descargar cuatro ficheros que van a ser necesarios para poder desencriptar nuestros libros epub con DRM:

  1. Python 2.7. Si tenéis una versión superior de python, no tengo muy claro que funcionen los scripts que os pego más abajo, pero podéis intentarlo 😉
  2. pycrypto 2.3 para windows de 32 bits y python 2.7. Si tenéis otra versión de python o Windows de 64 bits, deberéis acceder a la web del proyecto pycrypto en: https://www.dlitz.net/software/pycrypto/, descargar los fuentes, y compilarlos para vuestro sistema operativo. Es para expertos, así que si no sabéis cómo hacerlo y no queréis complicaros la vida, buscad un windows de 32 bits e instaladle el Python 2.7. Como sugerencia, podríais crearos una máquina virtual con esas características en vuestro ordenador, y dejarla configurada para desencriptar vuestros libros cuando queráis.
  3. Scripts de obtención de clave de desencriptación y de desencriptación de libros: ineptkey.pyw (para extraer la clave de desencriptación), y ineptepub.pyw (para desencriptar el epub con la clave extraída con el script anterior).

Los scripts que nos bajamos en el punto 3 de la lista anterior, son scripts para python, de ahí que necesitemos instalarnos el intérprete para este lenguaje, y el módulo criptográfico para poder desencriptar con él.

Pero bueno, vamos a la práctica, que ahora viene lo interesante de todo esto.

  1. Instalad Python con el instalador python-2.7.msi.
    1. En la primera pantalla, dejamos marcada la opción: “Install for all users”, y pulsamos Siguiente.
    2. Ahora, dejamos el directorio de destino por defecto y pulsamos siguiente.
    3. En esta pantalla, nos aparecerán los componentes a instalar, yo lo dejaría todo por defecto. Pulsamos Siguiente.
    4. Es posible que durante el proceso de instalación, nos salte la ventanita del UAC pidiéndonos permiso para que el programa haga cambios. Pulsamos sí (alt + s).
    5. Una vez acabe de instalar, pulsamos en Finish.
  2. Instalamos el módulo criptográfico pycrypto:
    1. Ejecutamos el fichero ejecutable que hay dentro del zip.
    2. En la pantalla de bienvenida, dejamos marcada la opción: “All users”. Pulsamos Siguiente.
    3. En la siguiente pantalla, nos salen los componentes a instalar. Lo dejamos todo tal cual y pulsamos Siguiente.
    4. Es posible que durante el proceso de instalación, nos salte alguna alerta del UAC pidiéndonos permiso para que el programa haga cambios en el equipo. Le decimos que sí (alt + s).
    5. Cuando acabe, pulsamos en Finish.
  3. Abrid Adobe digital editions y dejadlo ahí abierto sin más.
  4. Ahora, abrid el fichero ineptkey.pyw. Como hemos instalado python, la extensión .pyw debe estar ya asociada al intérprete de python, así que podremos abrir el script para que se ejecute diréctamente.
  5. Si todo ha salido bien, nos saltará un mensaje informativo que dirá: “Key successfully retrieved to adeptkey.der.”, algo así como: “La clave ha sido extraída satisfactoriamente al fichero adeptkey.der”.
  6. Cerrad Adobe digital editions.

El fichero adeptkey.der es el fichero que contiene nuestra clave de encriptación para este ordenador, y lo encontraréis en el mismo directorio en el que tuvierais el fichero ineptkey.pyw. Con ella, adobe desencripta al vuelo los libros encriptados y nos los muestra en pantalla, pero nosotros se la hemos robado al señor Adobe y ahora la tenemos aquí, y con el segundo script que nos hemos bajado, podremos desencriptar cualquier libro con el DRM de adobe, usando esta clave. ¿Mola, eh? 😉 Así que coged ese ficherito, y guardadlo en un lugar seguro: un disco externo, en la nube…

Instalando la última versión de Adobe Digital Editions

Una vez que tenemos nuestra clave de encriptación para este ordenador, podemos desinstalar la versión 1.7 de Adobe Digital Editions que instalamos en los pasos anteriores. Así que, panel de control, agregar o quitar programas o programas y características (depende del windows que tengáis), seleccionáis Adobe Digital Editions, y os lo cargáis.

Ahora, vamos a descargarnos la versión 1.8 de Adobe Digital Editions. No es la release (versión definitiva), pero como la release sí que no tiene nada de accesible, nos bajaremos la beta, o preview, como ellos la llaman. http://labs.adobe.com/downloads/digitaleditions1-8.html, a lo mejor cuando estéis leyendo esto, ya está la versión definitiva u otra preview más accesible 😉

Ahora, instalamos el Adobe digital editions que nos hemos descargado:

¡Importante! Esta versión está en inglés, pero la instalación es muy sencilla. Como no vamos a usar el programa nada más que para descargarnos el libro de la tienda, nos importa más bien poco cómo funciona su interfaz. De todos modos, si os descargáis una versión release, 1.8 o superior, es posible que ya esté en español, y con mucha suerte, hasta es posible que sea algo más accesible 😛 (disculpad mi escepticismo XD).

Actualización: Profundizando más en la interfaz de Adobe Digital Editions, he descubierto que sí que se pueden leer los libros con el programa. Lo he probado con JAWS 11, 12 y 13, y me ha funcionado con las tres versiones. Así que, me retracto en lo dicho arriba al respecto de su accesibilidad para lectores de pantalla (o al menos para JAWS), y aplaudo estas mejoras, que eran, a estas alturas, más que necesarias. Desconozco porqué con el portátil con el que probé la accesibilidad de Adobe Digital Editions 1.8 me funciona tan mal, y con el sobremesa la cosa cambia tanto, si las versiones del sistema operativo y de JAWS son idénticas. Cuando lo descubra (si lo descubro :D) os lo cuento también por aquí. Si alguien quiere probar Adobe Digital editions y cuenta en los comentarios cómo de accesible le parece, estaría genial.
Por lo que parece, se pueden leer los libros, pero yo no he conseguido dejar marcas en los mismos. No se si es alguna característica que se ha desactivado en la preview, que no es accesible, o que no he sabido encontrar la manera.
Por tanto, si alguien no quiere hacer todo este circo para leer libros con epub + DRM de Adobe, utilizando Adobe Digital Editions 1.8 podrá leerlos de forma accesible, al menos, con las versiones 11, 12 y 13 de JAWS. Eso sí, lo de leer en el móvil o similar, o pasarlos a texto y demás, nada de nada, a no ser que los desencriptéis.

Fin de la actualización.

Instalando Adobe Digital Editions 1.8:

  1. Ejecutamos el .exe que hay dentro del zip.
  2. Ahora, si tenemos el UAC activado, nos saltará la alerta para dar permiso al programa. Pulsamos en sí (alt + s).
  3. Marcamos la casilla: “I accept the terms in the License Agreement”: “Acepto los términos del acuerdo de licencia”. Pulsamos en Next.
  4. En esta pantalla, nos aparecerán varias opciones que podemos configurar:
    • Associate .acsm and .epub file types: Asociar la extensión acsm (la extensión del fichero que nos descargamos de la tienda) y los epub (el libro digital en sí) a este programa. Marcada por defecto. Debemos dejarla así.
    • Start Menu Shortcuts: acceso directo en el menú inicio.
    • Desktop Shortcut: Acceso directo en el escritorio.
    • Quick Launch Shortcut: Acceso directo en la barra de acceso rápido.
    • Launch Adobe Digital Editions Preview: Ejecutar Adobe Digital Editions tras la instalación. Yo la desmarcaría.

    Pulsamos en Siguiente.

  5. En esta pantalla, nos aparecerá el directorio destino de instalación. Pulsamos en Install.
  6. Una vez instalado, pulsamos en Close.

Descargando y desencriptando un libro

Ya hemos comprado nuestro libro, y tenemos el fichero con extensión acsm. Tened cuidado con este fichero, pues tiene una vida muy corta tras su descarga, y luego caduca, así que tendréis que volver a descargarlo si pasó mucho tiempo entre que lo descargasteis y lo váis a utilizar para descargar el epub encriptado.

  1. Ahora, abrimos el fichero acsm. Como asociamos Adobe Digital Editions con la extensión .acsm, el programa se abrirá automáticamente y comenzará a trabajar.

    Normalmente, cuando abrimos Digital Editions por primera vez, nos sale aquello de activar el programa, pero al haberlo activado con la versión anterior, este paso se lo salta, o al menos conmigo se lo ha saltado. Si os saliera algo para introducir usuario y contraseña, poned vuestro usuario de adobe ID (la dirección de correo con la que os registrasteis), y la contraseña que elegisteis en dicho registro. Con JAWS 13 sí veo el botón de autorize, pero con el JAWS 12 en mi otro ordenador no salía, así que no se si a vosotros os lo leerá, por lo que cuando pongáis la contraseña, pulsad enter directamente y ya está :). Os saldrá algo así como: ¡Enhorabuena! es usted muy majo y ya está el programa activado” :P, y volvemos a pulsar enter para darle a OK.

  2. Ahora, nuestro lector debería leernos algo como: Fulfilling “nombre del libro” y al rato, se nos mostrará otra pantalla en la que nos saldrá el contenido de dicho libro. Lo que ha hecho Adobe Digital Editions, ha sido contactar con el servicio donde está el libro, descargárselo, transformarlo a un sistema de encriptación que utiliza nuestra clave personal para ser desencriptado, guardarlo en nuestra carpeta “My digital editions” en mis documentos, y mostrárnoslo en pantalla.
  3. Cerramos Adobe Digital Editions, pues ya tenemos el libro en epub, aunque encriptado. ¡Adióos!
  4. Ahora, nos vamos a mis documentos, y allí, tendremos una carpeta nueva que se llama: “My digital editions”. Dentro, estará nuestro libro en formato epub, aunque aún no podremos hacer nada con él, pues está encriptado. Aquí entra en juego nuestro script ineptepub.pyw que descargamos en el apartado anterior.
  5. Abrimos el script ineptepub.pyw. Aunque con JAWS a priori no es accesible, podremos manejarlo con el cursor de JAWS.

    Con cursor de JAWS, podremos ver que en la pantalla nos aparece lo siguiente:

    INEPT EPUB Decrypter

    Select files for decryption
    Key file adeptkey.der …
    Input file …
    Output file …

    Decrypt Quit

    Como veréis, hay una línea en la que dice: Key file adeptkey.der … Aquí, tenemos que decirle dónde está nuestro fichero adeptkey.der. Si está en el mismo directorio que el script, no hay que tocar nada, pues el script buscará ahí. Si no, deberemos hacer click con el ratón en los puntitos que salen después del nombre, para indicarle a dichos cript dónde está el fichero con la clave. Al pulsar en los puntitos, nos aparecerá el típico diálogo de abrir, así que buscamos el fichero adeptkey.der donde lo tengamos, y le damos a Abrir.

    En la segunda línea, vemos: Input file … Aquí hay que seleccionar el fichero epub encriptado, que está en mis documentos\My digital editions\nombre_del_libro.epub. Así que hacemos click en los puntitos, se nos abrirá el diálogo de abrir un fichero, lo buscamos, y cuando lo tengamos seleccionado, le damos a ABrir.

    En la última línea, vemos: Decrypt Quit, es decir: desencriptar, y salir. Hacemos click en desencriptar, esperamos unos cuatro o cinco segundos, y con cursor de JAWS, en la parte superior de esa misma ventana, deberíamos leer: “File successfully decrypted”.

  6. Ahora, pulsamos en quit, o directamente, alt + f4 para cerrar esa ventana.

Si en lugar de JAWS utilizáis NVDA, imagino que con el navegador de objetos llegaréis bien a todos los controles.

¡Enhorabuena! Ya tenéis vuestro libro epub desencriptado, listo para leerlo donde queráis : en vuestro iPhone, con el complemento “Epub reader” para Firefox, o transformándolo a otro formato con el programa Calibre, que es lo que vamos a hacer en el siguiente paso si queréis seguir leyendo.

¡Importante! Todo este lío de instalar el Adobe Digital Editions 1.7, instalar python y el módulo criptográfico, autorizar el Adobe, sacar la clave e instalar el 1.8 ya no será necesario. Ahora, cuando queráis desencriptar otro libro, sólo tendréis que descargaros el fichero acsm de la tienda, abrir el Adobe Digital Editions, esperar a que descargue el libro, cerrarlo, abrir el script ineptepub.pyw, rellenar los datos necesarios como hicimos más arriba, pulsar en Desencriptar, y ya tendremos nuestro nuevo libro desencriptado y listo para hacer con él lo que queramos.

Convirtiendo nuestro libro de Epub a un formato más accesible y portable

Ahora que ya tenemos nuestro fichero epub desencriptado, estaría bien tenerlo en RTF, word, TXT o algo así, para poder leerlo en nuestro ordenador, pasarlo a audio con alguna herramienta de Text to speech, o hasta descargárnoslo al Braille speak 😉 si seguimos utilizando el cacharrillo.

Para ello, vamos a hacer uso de una herramienta muy popular de tratamiento de libros digitales llamada Calibre. Sí, calibre, esa herramienta Open source que no es accesible. Sin embargo, tiene una interesantísima aplicación de consola llamada ebook-convert, que nos permitirá convertir nuestro libro de epub al formato que nos apetezca, y porqué no, convertir un libro en el formato en el que lo tengamos a epub, para poder leerlo en nuestro iPhone, iPad, iPod, etc. Pero eso ya es tema para otro post. Ahora, vamos a convertir nuestro libro epub a RTF, por ejemplo.

En primer lugar, debemos descargarnos el software de Calibre: http://status.calibre-ebook.com/dist/win32, e instalarlo. Para ello, abrimos el fichero descargado, aceptamos la licencia, y pulsamos en Install. Durante este proceso, es muy posible que os salte el UAC, pidiéndoos permiso para que el programa de instalación continúe . Pulsad en sí (alt + s), y dejadle hacer su magia.

Cuando acabe, os saldrá una pantalla con una casilla para ejecutar Calibre al finalizar la instalación. La desmarcamos, y pulsamos en “Finish”.

Ahora, vamos a convertir nuestro libro de epub a RTF.

  1. Coged vuestro epub desencriptado, y copiadlo a la raíz del disco duro c:.
  2. Ahora, id a inicio / ejecutad, escribid “cmd”, y pulsad intro. Esto hará que se nos abra la consola de emulación de MS-Dos.
  3. Ahora, vamos a cambiar al directorio raíz de c, escribiendo el siguiente comando: “cd \”, pero sin las comillas. Así, ahora estaremos situados en la raíz del disco c.
  4. Ahora, escribiremos el comando para convertir el libro de epub a RTF, usando la herramienta “ebook-convert.exe” que trae calibre:
    ebook-convert milibro.epub milibro.RTF
    Tras esto, pulsamos enter para ejecutar el comando.
    Como veis es muy sencillo. Escribimos el comando ebook-convert, un espacio, nuestro libro en epub, un espacio, y el nombre del fichero con extensión RTF a la que va a ser convertido. Si nuestro fichero tiene espacios en su nombre, deberemos escribirlo entre comillas, así:
    ebook-convert “mi libro.epub” “mi libro.RTF”
    Si el libro tiene acentos o caracteres raros en el nombre, os recomiendo que se los quitéis para que no haya problemas al teclear el nombre en MS-Dos, pues se lleva bastante mal con los acentos o caracteres no estándares del alfabeto inglés: eñes, diéresis, etc.
  5. Ahora, calibre comenzará a invocar sus hechizos: descomprimirá el epub, cogerá el htm del libro, las imágenes, el xml de contenido y las hojas de estilo, transformará todo eso a un formato intermedio, y luego lo convertirá, en este caso, a RTF.
    Aquí os pongo un extracto de los mensajes que Calibre irá soltando por consola:

    1% Convirtiendo entrada a HTML…
    Merging user specified metadata…
    Detecting structure…
    Flattening CSS and remapping font sizes…
    Source base font size is 10.50000pt
    Removing fake margins…
    Removing page margins specified in the Adobe page template
    Cleaning up manifest…
    Trimming unused files from manifest…
    Creating RTF Output…
    67% Creando RTF Output
    Converting XHTML to RTF markup…
    RTF output written to c:\libro.RTF
    Salida guardada en c:\libro.RTF

  6. Cuando calibre acabe, nos devolverá a MS-Dos. Escribimos exit, pulsamos enter, y ya estaremos fuera de la consola.

Y ahora, de un libro con DRM de adobe totalmente inaccesible, tenemos un libro accesible, en el formato que más nos apetezca.

Si en lugar de .RTF hubiéramos puesto .txt, calibre también nos habría convertido el fichero a este formato. También convierte a pdf.

Y esto es todo, por decir algo ;). Sé que el post ha sido larguísimo, y que así, a priori, podéis decir: ¡Joder! ¡Pero si es un trabajazo! Y estáis en lo cierto, pero una vez que lo hacéis un par de veces, es bastante rápido, os lo aseguro. Quedaros con la satisfacción de decir: Libranda, pese a vuestros esfuerzos en contra, tengo mi libro accesible para leerlo donde me salga de los coj… digo… de las narices. ¡Ala! 😀

Agradecimientos, críticas (constructivas), dudas, sugerencias… Bajo la entrada podéis dejarlas, para así ir mejorando este post. ¡Muchas gracias!

¡Buen domingo a todos!

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Papeles en blanco

Es una mañana cualquiera. Salgo de casa, camino al trabajo. Me monto en el bus, y el conductor me obsequia con un papelito en blanco a cambio de 1,50€.

De camino al trabajo, alguien me para y me pregunta:
– Señor, ¿quiere el 20 minutos?
– Claro que sí, digo con una sonrisa.
Algo que leer por la mañana nunca está de más, siempre sienta bien eso de estar informado.
Con frustración, paso las páginas, y todas están en blanco, así que acabo dándole el periódico a un señor que lleva a sus dos peques al colegio.

Más tarde, en la oficina, imprimo unos billetes de Renfe para viajar; otra vez, papeles en blanco.

Voy a visitar a un cliente. Al bajar, el taxista me hace firmar en un papelito en blanco, y me da una copia para que guarde conmigo.

De camino a casa, me paro en una tienda en la que compro algo de cierto valor. Como mi economía no está para tirar cohetes, decido financiar el producto. Me ponen delante unos cuantos papeles en blanco y me piden que firme aquí, aquí y aquí. No hay nada tan estúpido como firmar en un papel en blanco, pienso, ¡cualquiera podría escribir luego algo en él y parecería que yo estoy de acuerdo! Pero sé que si no lo hago no podré financiar mi adquisición, así que firmo, ahí, ahí y ahí, y me la llevo.
El empleado me entrega un papelito en blanco y me dice: Toma, esta es la garantía. ¡No la pierdas!
– ¿Que no la pierda? Tengo en mi bolso docenas de papelitos iguales. ¡Si me los dais todos en blanco cómo no voy a perderlos!

Al volver a casa, abro el buzón. Más de 7 u 8 sobres en blanco, con papelitos en blanco en su interior.

Por la noche, para cenar, salgo con mi chica a un restaurante. El camarero, sonriente, pone dos cartas frente a nosotros. Entusiasmado por la cantidad de platos que debe haber en su interior, la abro, pero frustrado, una vez más, compruebo que, página tras página, la carta está en blanco.

Mi vida está llena de papeles en blanco: papeles grandes, pequeños, doblados, sin doblar, grapados, sueltos, papeles finos, gruesos… Mi bolso está repleto de papelitos en blanco, indiferenciados, inútiles.

Debo estar loco, todo el mundo me dice que en esos papeles hay cosas, pero yo no las veo.

¿Qué le pasa a este mundo? ¿Sólo hay papeles en blanco para mí?

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Cuentaminados, una mina de ideas para engendrar una historia

¿TE gusta imaginar? ¿Te gusta escribir? ¿Te gusta leer? ¿Te gustaría ayudarnos a crear la mejor historia del mundo?
Así comienza la introducción de un proyecto precioso que hoy, 24 de Julio, os doy a conocer a todos. Un proyecto en el que he puesto toda mi ilusión, y del que espero que todos disfrutemos, yo el primero.

El proyecto, de nombre "Cuentaminados", es una de esas ideas que de forma indefinida llevaba años rondándome la cabeza. La cosa empezó allá por el año 2001 , cuando el por entonces novio de mi hermana, ahora cuñado oficial y reciente padre de mi primer sobrinillo :), me comentó que le encantaría participar en una historia que se fuera escribiendo a trocitos, con la participación de mucha gente. Por aquel entonces, con un Windows 98, un módem de 56 K y un Pentium a 166 MHZ, monté una pequeña aplicación, en la que la gente entraba, y podía ir escribiendo trocitos de historia concatenadas con lo que ya hubiera escrito anteriormente. La cosa tenía su gracia, la verdad. Alguien empezó, otro la continuó, pero luego otro desvarió, y la historia se acabó convirtiendo en un disparate que no había por dónde coger 🙂
Después de aquel experimento, me olvidé de la idea hasta hace ahora año y medio, cuando, en una cena con mis primos y mi tío, me volví a acordar de ella. Estuve contándosela a los tres, y les pareció interesante. Y empezamos a imaginar cómo hacer para convertir esa idea en un proyecto divertido, que diera como resultado la mejor historia posible, una historia escrita entre todos. Y así empezamos a debatir, a pensar, a desvariar, a imaginar lo bonito que sería construir esa historia con la participación de personas de todos los rincones del planeta, unidas para dar lugar a una nueva vida, a un nuevo mundo. Y así se nos fue la noche, entre charlas y comida, hasta que decidimos el nombre de ese punto de encuentro: Cuentaminados, una mina de ideas para engendrar una historia.
Después de aquello, creé una lista de debate, en la que algunos amigos y conocidos a los que creí podría interesarles el proyecto debatimos, pensamos, propusimos, desechamos propuestas, y finalmente decidimos cómo sería Cuentaminados. Desgraciadamente, desde Enero del 2010 hasta este mes pasado, el proyecto quedó parado, pues siempre me encontraba con mil cosas que hacer, sin tiempo para programar todo el chiringuito. Sin embargo, este Junio, el duendecillo que me recuerda los proyectos inconclusos, empezó a morderme la oreja y a no dejarme dormir.
– ¡Pero si ya lo tenéis pensado y te apetece ponerlo en marcha! – me decía.
– Pero tengo mucho trabajo y muchas cosas que hacer – le respondía yo para convencerle y que me dejara dormir.
– Prioriza, organízate! – me decía el muy insistente… – Seguro que podrías hacerlo si te pusieras!
Y al final, vencido por el sueño, le grité:
– ¡Vale, joder, lo programaré, ¡déjame dormir!
Y el puñetero duende, con una risa satisfecha, desapareció, y con él, vino la certeza de que Cuentaminados debía convertirse en una realidad que no podía postergar más. Pensé, y pienso ahora, que es una idea demasiado bonita y con demasiado potencial para dejarla dormir en el cajón de los deseos.
Así que, chicos y chicas, después de un mes de duro trabajo y de dormir más bien poco, aquí os presento a “Cuentaminados”, el sitio que permitirá nacer a esa criatura maravillosa que podremos engendrar entre todos. Empezamos el uno de Septiembre!

¿Os apuntáis a formar parte de este nuevo mundo?

Agradecimientos

Siempre que desarrollo un programa, me gusta dejar constancia en su presentación de todas aquellas personas que me ayudaron a hacerlo realidad. con “Cuentaminados”, más que nunca, hay mucha gente a la que agradecer, y sin la que este proyecto no habría seguido adelante.

a quien tuvo la idea original, por la que todo esto ha ido evolucionando. ¡Gracias Juanfran!
A mis primos Alejandro y Sabina, a mi tío Pedro, y a todo el grupo de debate que ha sentado los cimientos de este proyecto: Elena, Lourdes, Joan, Juan, Manoli, Marta, Miguel, Moni, Núria, Pablo, Paco, Soledad, Tere y Yolanda. ¡Gracias chicos por opinar y aportar tantas ideas valiosas!
A los que hicisteis la encuesta on-line sobre Cuentaminados, que me ayudó a clarificar algunos puntos del funcionamiento del proyecto en los que había disparidad de opiniones. ¡Muchísimas gracias a todos!
A Raúl Roca, amigo y colega de trabajo, al que le debo todo el diseño gráfico de Cuentaminados. Sin él, la página se vería feísima, así que imaginaros lo importante que ha sido su colaboración. ¡Gracias tío, te debo una, y bien grande!
Y por último, y ni de broma por ello menos importante, a la persona que ha estado aguantando día a día mi obsesión por Cuentaminados, a mi preciosa niña, Núria, con la que he discutido mil detalles, que me ha dado cantidad de buenísimas ideas, y que ha estado conmigo, probando y reprobándolo todo una y otra vez, en busca de fallos para que la página funcione lo mejor posible. Por todo eso y por creer en mí y en mis disparates programáticos, me reafirmo en lo que siempre digo. ¡NO me merezco a esta niña! 😉 TE quiero preciosa!

Dedicatoria

Por desgracia, la vida a veces es una cabrona injusta y se lleva a la gente mucho antes de hora. Paco almazán, uno de los integrantes de la lista de debate de los que mencioné arriba y un gran amigo mío, se nos fue en Septiembre del año pasado, dejándonos con una tristeza increíble y con una sensación de injusticia e impotencia que me vuelve cada vez que pienso en ello. A Paco, una persona vital, creativa, sincera e inteligente, que puso tanta ilusión en Cuentaminados. a ti, mi amigo, te dedico Cuentaminados. Que estés donde estés, si ves esto, te sientas orgulloso de lo que podamos conseguir con éste proyecto. Un abrazo enorme.

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Nueva versión 1.4.5 del DaisyConverter

¡Hola!

Después de unos meses de pruebas con betas, de pedir ayuda a algunos amigos, y de reescribir casi la totalidad del DaisyConverter, hoy por fin me he decidido a lanzar la versión release del programilla. ¡Con todos vosotros, el DaisyConverter V1.4.5.0! 🙂

Y vosotros diréis, ¿Y qué tiene esta de nuevo?
Pues algunas cositas que creo que os pueden resultar interesantes, y que os enumero a continuación:

  1. Soporte para daisys multivolúmenes.
  2. Traducción de la interfaz a cinco idiomas adicionales: catalán, francés, gallego, inglés, e italiano.
  3. Corrección de errores con libros con nombres largos, y libros con formatos extraños o con errores de codificación.
  4. Actualizaciones automáticas del programa. ¡Ahora os avisará directamente de si hay nuevas versiones!

1. Soporte para daisys multivolúmenes.

DaisyConverter, acepta ahora daisys compuestos de más de un disco.
El modo de funcionamiento es muy sencillo. Si al elegir el fichero daisy en zip o en una carpeta, el programa detecta que hay más de un disco, irá pidiendo los demás ficheros o carpetas hasta que tenga todos los discos necesarios, y una vez tenga todos los datos, comenzará la conversión.

2. Traducción de la interfaz.

Después de sobornar a seis amigos (bueno, @amaterasu_n a parte de amiga es mi sufrida novia XD), y de amenazarles con una sesión de chistes malos contados por mí, he conseguido que me ayuden a traducir la interfaz a varios idiomas:

Catalán:
Núria Azanza (@amaterasu_n).
Francés:
Rubén Domínguez (@rudocha).
Gallego:
Juan Buño (@quetzatlcoatl).
Inglés:
Enrique Varela (@evarelac) y Miguel Á Arroyo (@ maxcosworth).
Italiano:
Oscar Gorri (@tiflonet).

¡Muchísimas gracias a los seis!

3. Corrección de errores con libros con nombres largos, y libros con formatos extraños o con errores de codificación.

Después de probar con un montón de libros (en la ONCE se van a pensar que me he vuelto un lector compulsivo de libros con varios cds), he conseguido corregir los errores que me habéis ido reportando a lo largo de estos meses. Seguro que hay libros que no convierten bien, así que espero que cuando los encontréis, me lo notifiquéis a: kastwey@gmail.com.

4. Actualizaciones automáticas del programa.

En esta versión, he introducido un sistema de actualizaciones automáticas, para que cuando haya alguna nueva versión, os avise diréctamente al abrir el programa, dándoos la posibilidad de actualizar de forma automática.

Descarga.

-¡Por fin! ¡Déjate de tanto rollo y pon ya el enlace de descarga!

– ¡Vale, vale!
Aquí el enlace de descarga de la versión. Simplemente, como en versiones anteriores, deberéis descomprimir el fichero zip donde queráis, y abrir el DaisyConverter.exe.
http://www.kastwey.org/programas/DaisyConverter

Actualización, 07/11/2012

He cambiado el enlace de descargas por la página estática del programa, donde siempre veréis la última versión disponible.

Fichero leeme

Y aquí el leeme en castellano de la versión. Los demás ficheros leeme, podéis encontrarlos en la carpeta doc del fichero comprimido.

DaisyConverter. Versión: 1.4.5. 16/06/2011.

Juan José Montiel Pérez (kastwey): kastwey@gmail.com (twitter @kastwey)

1. ¿Qué es DaisyConverter?

DaisyConverter es un programa para convertir libros en formato daisy a diversos formatos: mp3 o mp4 ordenados, aptos para poder introducirlos en un reproductor de mp3, o m4b, listos para utilizarlos como audiolibros en dispositivos como iPod, iPad o iPhone.

2. Pre requisitos.

Para ejecutar DaisyConverter, es necesario tener instalado el microsoft framework 3.5. Si no sabéis si lo tenéis instalado, podéis intentar ejecutar el programa. Si no funciona, deberéis bajar el framework de:
http://www.microsoft.com/downloads/details.aspx?displaylang=es&FamilyID=333325fd-ae52-4e35-b531-508d977d32a6

3. Instalación.

El programa no necesita instalación. Tan sólo descomprimir el zip en una carpeta en nuestro disco duro, y ejecutar el fichero DaisyConverter.exe.

4. Funcionamiento.

El funcionamiento del programa es muy sencillo. Al arrancarlo, veremos dos botones: “Iniciar…” y “Salir”. Al pulsar el botón Iniciar, se nos desplegará un submenú con las opciones actualmente disponibles: convertir a mp3, a mp4, o a m4b. Dentro de cada opción, aparecerán dos ítems, para elegir si el daisy se encuentra en un fichero zip comprimido, o en una carpeta, ya extraído.
Al elegir una opción, se nos abrirá un diálogo para seleccionar, o bien el fichero zip conteniendo el libro a descomprimir y transformar, o bien la carpeta daisy ya descomprimida, para convertir al formato deseado.
Una vez elegida la carpeta o el fichero zip, es posible que se nos pidan más carpetas o ficheros zip, dependiendo de si el libro que vamos a convertir tiene uno o varios cds. En este último caso, se nos presentarán varias opciones, dependiendo de si hemos introducido el primer cd de la colección, o algún cd intermedio. Se nos dará la opción de convertir sólo el volumen actual, o de convertir el libro completo. Si elegimos la opción de convertir el libro completo, el programa nos irá pidiendo la ubicación del resto de ficheros zip o carpetas daisy donde están los demás volúmenes que componen el libro.
A continuación, se nos abrirá otro diálogo para elegir la carpeta de destino, en la que se copiará el libro en el formato seleccionado. Si el formato es mp3 o mp4, los ficheros aparecerán en orden de aparición en el libro, con un número correlativo que empezará en 1 (se anteponen ceros por delante para que todos los capítulos tengan siempre el mismo número de dígitos y así se mantengan siempre ordenados), seguido de un punto y del nombre del capítulo, si en el daisy se proporcionase . Al aceptar, comenzará la conversión. Mediante una barra de progreso y un cuadro de edición, se irá mostrando el progreso de la copia.
Una vez finalice, en caso en el que el formato elegido tenga como salida varios ficheros, se nos preguntará si queremos crear una lista de reproducción m3u conteniendo dichos ficheros, y tras esto, se nos preguntará si queremos crear un fichero “info.txt” conteniendo información sobre el libro.

5. Traducciones.

Actualmente, DaisyConverter está traducido al catalán, español, euskera, francés, gallego, inglés e italiano. Podéis elegir el idioma de visualización desde el menú Herramientas, submenú Idiomas. Por defecto, el programa intentará mostrarse en el idioma que el ordenador en el que se ejecute el programa tenga como idioma predeterminado. En caso contrario, se mostrará en español.

Si deseas ayudarme traduciéndolo a tu idioma, no dudes en escribirme a: kastwey@gmail.com, y cuando te vea te invito a unas cañas 😉

6. Agradecimientos.

En primer lugar, a todos vosotros, que con vuestros comentarios por twitter y por mail, me habéis hecho saber que os interesaba el proyecto, y me habéis dado ganas para seguir desarrollándolo.
De una manera más particular, a Jose María Ortiz, a Ramón Corominas, a Rosa Chacón y a Vicente Llopis (va por orden alfabético XDD), , por darme multitud de sugerencias, y probar el programa cada vez que lo he requerido. ¡Gracias chicos!
Al equipo de traducción: Juan Buño (@quetzatlcoatl), Miguel Á Arroyo, (@maxcosworth), Núria Azanza (@amaterasu_n), Oscar Gorri (@tiflonet) y Rubén Domínguez (@rudocha), por traducir el programa al gallego, inglés, Catalán, Inglés, Italiano y Francés.
A los creadores de los proyectos Mp4Box, Ffmpeg, Mp3Wrap, Tag (Automatic Tag from filename), y mpeg4ip, por dejar toda esta cantidad de software a disposición de todo el mundo de forma gratuita y desinteresada. ¡Sin ellos no podría haber hecho éste programilla!

Y un agradecimiento muy pero muy especial, a Núria (@amaterasu_n), por aguantar mis horas sentado aquí programando, por traducirme la interfaz al catalán, por probar el programilla cuando se lo he pedido, por escucharme hablar sin desesperarse de mp3, de ordenaciones, de m4b, de capítulos, de metatags, de id3tags, del iphone… Y por soportar mis frustraciones cuando el puñetero programa no quería funcionar… Por eso y por estar siempre a mi lado, ¡gracias preciosa!

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El factor Dios

Acabo de leerme un pequeño relato de José Saramago, que por su simplicidad, coherencia, irrefutabilidad y crudeza , me ha apetecido incluir como una entrada en el blog.
Que ustedes lo disfruten y lo reflexionen. Yo sólo diré: ¡Grande Saramago!

En algún lugar de la India. Una fila de piezas de artillería en posición. Atado a la boca de cada una de ellas hay un hombre. En primer plano de la fotografía, un oficial británico levanta la espada y va a dar orden de disparar. No disponemos de imágenes del efecto de los disparos, pero hasta la más obtusa de las imaginaciones podrá ‘ver’ cabezas y troncos dispersos por el campo de tiro, restos sanguinolentos, vísceras, miembros amputados. Los hombres eran rebeldes.

En algún lugar de Angola. Dos soldados portugueses levantan por los brazos a un negro que quizá no esté muerto, otro soldado empuña un machete y se prepara para separar la cabeza del cuerpo. Esta es la primera fotografía. En la segunda, esta vez hay una segunda fotografía, la cabeza ya ha sido cortada, está clavada en un palo, y los soldados se ríen. El negro era un guerrillero.

En algún lugar de Israel. Mientras algunos soldados israelíes inmovilizan a un palestino, otro militar le parte a martillazos los huesos de la mano derecha. El palestino había tirado piedras.

Estados Unidos de América del Norte, ciudad de Nueva York. Dos aviones comerciales norteamericanos, secuestrados por terroristas relacionados con el integrismo islámico, se lanzan contra las torres del World Trade Center y las derriban. Por el mismo procedimiento un tercer avión causa daños enormes en el edificio del Pentágono, sede del poder bélico de Estados Unidos. Los muertos, enterrados entre los escombros, reducidos a migajas, volatilizados, se cuentan por millares. Las fotografías de India, de Angola y de Israel nos lanzan el horror a la cara, las víctimas se nos muestran en el mismo momento de la tortura, de la agónica expectativa, de la muerte abyecta. En Nueva York, todo pareció irreal al principio, un episodio repetido y sin novedad de una catástrofe cinematográfica más, realmente arrebatadora por el grado de ilusión conseguido por el técnico de efectos especiales, pero limpio de estertores, de chorros de sangre, de carnes aplastadas, de huesos triturados, de mierda. El horror, escondido como un animal inmundo, esperó a que saliésemos de la estupefacción para saltarnos a la garganta. El horror dijo por primera vez ‘aquí estoy’ cuando aquellas personas se lanzaron al vacío como si acabasen de escoger una muerte que fuese suya. Ahora, el horror aparecerá a cada instante al remover una piedra, un trozo de pared, una chapa de aluminio retorcida, y será una cabeza irreconocible, un brazo, una pierna, un abdomen deshecho, un tórax aplastado. Pero hasta esto mismo es repetitivo y monótono, en cierto modo ya conocido por las imágenes que nos llegaron de aquella Ruanda- de-un-millón-de-muertos, de aquel Vietnam cocido a napalm, de aquellas ejecuciones en estadios llenos de gente, de aquellos linchamientos y apaleamientos, de aquellos soldados iraquíes sepultados vivos bajo toneladas de arena, de aquellas bombas atómicas que arrasaron y calcinaron Hiroshima y Nagasaki, de aquellos crematorios nazis vomitando cenizas, de aquellos camiones para retirar cadáveres como si se tratase de basura. Siempre tendremos que morir de algo, pero ya se ha perdido la cuenta de los seres humanos muertos de las peores maneras que los humanos han sido capaces de inventar. Una de ellas, la más criminal, la más absurda, la que más ofende a la simple razón, es aquella que, desde el principio de los tiempos y de las civilizaciones, manda matar en nombre de Dios. Ya se ha dicho que las religiones, todas ellas, sin excepción, nunca han servido para aproximar y congraciar a los hombres; que, por el contrario, han sido y siguen siendo causa de sufrimientos inenarrables, de matanzas, de monstruosas violencias físicas y espirituales que constituyen uno de los más tenebrosos capítulos de la miserable historia humana. Al menos en señal de respeto por la vida, deberíamos tener el valor de proclamar en todas las circunstancias esta verdad evidente y demostrable, pero la mayoría de los creyentes de cualquier religión no sólo fingen ignorarlo, sino que se yerguen iracundos e intolerantes contra aquellos para quienes Dios no es más que un nombre, nada más que un nombre, el nombre que, por miedo a morir, le pusimos un día y que vendría a dificultar nuestro paso a una humanización real. A cambio nos prometía paraísos y nos amenazaba con infiernos, tan falsos los unos como los otros, insultos descarados a una inteligencia y a un sentido común que tanto trabajo nos costó conseguir. Dice Nietzsche que todo estaría permitido si Dios no existiese, y yo respondo que precisamente por causa y en nombre de Dios es por lo que se ha permitido y justificado todo, principalmente lo peor, principalmente lo más horrendo y cruel. Durante siglos, la Inquisición fue, también, como hoy los talibán, una organización terrorista dedicada a interpretar perversamente textos sagrados que deberían merecer el respeto de quien en ellos decía creer, un monstruoso connubio pactado entre la Religión y el Estado contra la libertad de conciencia y contra el más humano de los derechos: el derecho a decir no, el derecho a la herejía, el derecho a escoger otra cosa, que sólo eso es lo que la palabra
herejía significa. Y, con todo, Dios es inocente. Inocente como algo que no existe, que no ha existido ni existirá nunca, inocente de haber creado un universo entero para colocar en él seres capaces de cometer los mayores crímenes para luego justificarlos diciendo que son celebraciones de su poder y de su gloria, mientras los muertos se van acumulando, estos de las torres gemelas de Nueva York, y todos los demás que, en nombre de un Dios convertido en asesino por la voluntad y por la acción de los hombres, han cubierto e insisten en cubrir de terror y sangre las páginas de la Historia. Los dioses, pienso yo, sólo existen en el cerebro humano, prosperan o se deterioran dentro del mismo universo que los ha inventado, pero el `factor Dios´, ese, está presente en la vida como si efectivamente fuese dueño y señor de ella. No es un dios, sino el `factor Dios´ el que se exhibe en los billetes de dólar y se muestra en los carteles que piden para América (la de Estados Unidos, no la otra…) la bendición divina. Y fue en el `factor Dios´ en lo que se transformó el dios islámico que lanzó contra las torres del World Trade Center los aviones de la revuelta contra los desprecios y de la venganza contra las humillaciones. Se dirá que un dios se dedicó a sembrar vientos y que otro dios responde ahora con tempestades. Es posible, y quizá sea cierto. Pero no han sido ellos, pobres dioses sin culpa, ha sido el `factor Dios´, ese que es terriblemente igual en todos los seres humanos donde quiera que estén y sea cual sea la religión que profesen, ese que ha intoxicado el pensamiento y abierto las puertas a las intolerancias más sórdidas, ese que no respeta sino aquello en lo que manda creer, el que después de presumir de haber hecho de la bestia un hombre acabó por hacer del hombre una bestia. Al lector creyente (de cualquier creencia…) que haya conseguido soportar la repugnancia que probablemente le inspiren estas palabras, no le pido que se pase al ateísmo de quien las ha escrito. Simplemente le ruego que comprenda, con el sentimiento, si no puede ser con la razón, que, si hay Dios, hay un solo Dios, y que, en su relación con él, lo que menos importa es el nombre que le han enseñado a darle. Y que desconfíe del `factor Dios´. No le faltan enemigos al espíritu humano, mas ese es uno de los más pertinaces y corrosivos. Como ha quedado demostrado y desgraciadamente seguirá demostrándose.

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¿Y después?

-¿Y cuándo habéis quedado? – Me pregunta Gloria, mientras por los altavoces de la radio del coche suena una canción en inglés, de esas que tanto me suenan pero de las que no sabría decir ni el cantante ni el título.
– El viernes, me dijo de ir al nuevo restaurante que abrieron cerca del metro.
– ¡Ah! ¡Leí esta mañana un anuncio en el periódico, parece que se están anunciando bastante. Yo de vosotros intentaría reservar cuanto antes.
– Pues mejor lo llamo y se lo digo ahora, que luego se me va la cabeza y nos quedamos sin sitio – Le digo mientras sonrío.
Saco el teléfono del bolsillo, busco el móvil de Diego, y marco.

-Sí? – Me responde Diego desde el otro lado de la línea.
– Qué pasa señor Diego.
– Coño Emilio, no te había conocido. Acabo de pillarme otro teléfono y aún no he pasado la agenda.
– ¿Otro teléfono? ¡Ya era hora! Que llevas siglos con ese trasto! – Le digo mientras me río. Diego lleva más de cuatro años con un ladrillo por teléfono, y algo le ha tenido que pasar para que se desprenda de él.
– ¿Te lo ha comprado Gema y te ha escondido el antiguo para que no tengas más remedio que cogerlo? – Le digo.
– Que va, Dani, ayer estaba haciendo el burro por casa, yo me dejé el teléfono cargando en la mesa, se tropezó con el cable, y mandó el cacharro a tres metros. Le intenté hacer el boca a boca pero ya no se encendía, así que me fui a la…
– ¡Joder! – Grita Gloria de repente, con un chillido largo y agudo, mientras el coche da un bandazo y clava los frenos. Sin cinturón que me sostenga (en viajes cortos siempre se me olvida ponérmelo), salgo lanzado contra el salpicadero a cámara lenta. Escucho el chillido de mi esposa como contrapunto del gemido de las ruedas contra el asfalto, y el golpe de algo contra el morro del Skoda. Sin dolor, como hecho de algún material irrompible, siento como reboto contra el asiento, mientras el coche parece despegar del suelo, proyectándome hacia la parte trasera.

Hace frío, y una fina llovizna me cala el fino jersey de algodón.
¿Dónde estoy? ¿¿Qué cojones es esto?
La cabeza me da vueltas y siento un ligero mareo. Me pitan los oídos. Lo oigo todo atenuado, como si tuviera las orejas tapadas por uno de esos gorros de esquiar que me pongo para la nieve. De forma lejana, escucho coches pasar por mi derecha, y la lluvia cayendo sobre alguna superficie metálica tras de mí.
Comienzo a temblar descontroladamente. ¿Qué coño ha pasado?
Me agarro al bastón con las dos manos para no caerme, pero la punta se desliza por las baldosas mojadas. El bastón se me resbala de entre los dedos, y caigo sentado en el suelo.
– Me acabo de mojar el culo – piensa una parte distante de mi cerebro.
Desde el suelo, me agarro la cabeza con las manos e intento pensar. ¿Qué ostias hago aquí? Esto debe ser un puto sueño, esto pasa en los sueños, que pasas de un lado a otro sin ton ni son, y ahora me despertaré, me despertaré en la cama, con Gloria y será Sábado, o Domingo, y… Mierda, ¿Porqué no me despierto? ¡Siempre me despierto de los malos sueños cuando se que es un sueño!
Oigo pisadas tras de mí. Espero que quien sea se detenga y me pregunte algo, pero pasa de largo por mi lado y se pierde rápidamente, confundiéndose con el sonido de la lluvia y de los coches.
Alargo la mano, a tientas, buscando el bastón. Finalmente lo encuentro a medio metro a mi izquierda.
Me levanto del suelo con piernas temblorosas. No sé ni dónde estoy ni porqué. Intento despertarme de éste sueño con desesperada insistencia. Siempre que tengo pesadillas, en el momento en el que sé que estoy soñando me despierto, pero ahora no ocurre. Tiene que ser un sueño, es la única explicación. Me lo repito a mi mismo varias veces para convencerme.
Echo la mano al bolso, pero sorprendido, veo que llevo puesta una riñonera. Tras unos segundos, la reconozco, me la regaló mi hermano hace años. ¿qué coño?
Cada vez más confuso, asustado, y sin saber qué hacer, cojo el bastón y con lentitud, comienzo a caminar por la acera, buscando a alguien que me diga dónde estoy.
Tic, tic, tic, tic. Siempre odié el sonido que hace el bastón al golpear el suelo. Parece que nos vayamos anunciando a la distancia. ¡Eh, que ahí va un ciego!
Llego a una esquina. Se me aclaran los sonidos, ahora escucho con mayor nitidez. Parece que no hay gente por aquí cerca.
¡Clonk! La contera del bastón golpea algo metálico. Es un armario, quizá de esos que controlan el funcionamiento de los semáforos.
– Joder! – Escucho en mi cabeza el grito penetrante e histérico de mi mujer.
-¡Gloria! – Grito yo a mi vez. MI grito reverbera por la calle desierta.
De repente, todo me vuelve a la memoria: la merienda en el cumple de Isa, la tarta de bizcocho y nata que me comí por compromiso, los regalos… La vuelta a casa en coche, mi conversación con diego, y el grito. ¿Qué nos ha pasado?
– Ha sido un accidente, imbécil, has salido volando como un muñeco por encima de tu propio asiento. ¿No te acuerdas? – me digo a mi mismo, con un escalofrío que me recorre de pies a cabeza.
Apoyo todo mi peso sobre el armario metálico e intento pensar.
¿Qué pasó después del accidente? ¿Me habré quedado en shock y he andado hasta aquí sin darme cuenta? Es imposible, ni me llevé el bastón, y esta riñonera me la regaló mi hermano hace como siete años, y hace como tres o cuatro que dejé de usarla.
Con manos temblorosas descorro todas las cremalleras de la riñonera. En una de ellas, encuentro el móvil. Este no es mi móvil. Sostengo entre las manos el primer móvil que tuve, allá por el 97, un Alcatel de esos con una antenita sobresaliente y una goma rodeando el teclado. – Esto debe ser un sueño, no hay otra explicación – me repito por enésima vez.
Me limpio el sudor de los ojos, y entonces caigo en la cuenta de que estoy llorando con sollozos entrecortados. Suelto el bastón contra el armario, y con dedos torpes marco el número de Gloria.
Del teléfono suenan ruidos extraños, como cuando se escucha una radio mal sintonizada.
– Esto es imposible, estas cosas son digitales – me digo a mi mismo.
De pronto, oigo la voz de Gloria en mi oído con total claridad.
– No pude evitarlo, ¿sabes? – Me dice sollozando descontroladamente.
– ¿Qué ? ¿Qué dices? – Le grito yo. – ¿Dónde estás? ¿De qué me estás hablando? ¿Estás bien?
– Estaba borracho, Emilio, o eso o estaba loco. ¡Vino en dirección contraria y yo no pude hacer nada!
– ¡Pero dónde estás joder! ¿Y dónde estoy yo!
– No lo sé, no lo sé, estás muerto, no pude evitarlo!
El teléfono emite un fuerte y agudo chirrido. Sobresaltado, me lo separo de la oreja y lo oigo caer a mis pies.
¿Me quedo sin respiración. Me flojean las piernas y me deslizo por el armario hasta el suelo por segunda vez en cinco minutos.
– Te vas a resfriar si no te secas el pantalón pronto – pienso estúpidamente.
– ¿Muerto? Qué mierda voy a estar muerto? Ni que esto fuera Ghost.
Sigo sollozando sentado en el suelo. con desesperación, busco por mi alrededor hasta dar con el móvil. El teclado está abombado, como si algo hubiera explotado por dentro. La goma está caliente, desprendiendo un tufo a neumático quemado, y la pantalla está hundida y resquebrajada. Intento pulsar algún botón, pero el teléfono no me responde.
– Con rabia, lanzo el móvil con todas mis fuerzas, y lo oigo hacerse añicos varios metros delante de mí.
– No no no no no no no esto no me puede estar pasando imposible joder vaya mierda de pesadilla me quiero despertar.
Paso lo que me parecen horas sentado en el suelo, con la cabeza entre los brazos, escuchando los coches pasar por mi lado.
Finalmente, me levanto, busco el bastón, y decidido doblo la esquina y comienzo a andar. Alguien tiene que haber por aquí.
Tic, tic, tic, tic.
Escucho ruidos a lo lejos, delante de mí. Me paro en mitad de la calle y espero a que se acerque. Es alguien con una maleta o algo que rueda traqueteando por la acera. Cuando está casi a mi lado, vuelvo la cara hacia el sonido y grito.
– ¡Oiga! Disculpe por favor. ¿Qué calle es esta?
Sin obtener respuesta, la persona continúa aproximándose hasta pasar de largo junto a mí. Un acre olor a puro me impregna de repente cuando la figura me sobrepasa.
Con frustración, me giro y le grito.
– Tú, gilipollas! ¿Escúchame joder!
Sin inmutarse, la maleta sigue traqueteando calle abajo. A paso rápido, con el bastón haciendo extrañas figuras en las baldosas, intento darle alcance. En unos segundos, me pongo a su lado, y orientándome por las pisadas y el traqueteo, agarro a la persona por los hombros para hacerle reaccionar. Sin embargo, como si nada hubiera pasado, el hombre (imagino que es un hombre por el olor a puro que le impregna como una nube pestilente), sigue andando calle abajo como si no le hubiera tocado.
Incrédulo, me quedo con la mano alzada en mitad de la acera. La bajo lentamente, y agotado, vuelvo a sujetar el bastón con la mano derecha, y comienzo de nuevo a andar por la calle. Al toparme con lo que parece la entrada de un portal o de una tienda, suelto el bastón, que cae con un ruido sordo a mi lado, y sin pensármelo dos veces, me siento y luego me tumbo sobre el escalón.
– Si me duermo – pienso- cuando despierte estaré en casa, y podré contarle a Gloria que he tenido la pesadilla más desesperante y absurda de mi vida.
Con esta idea en la cabeza, me deslizo agotado en un profundo sueño.

Hace dos días que vago por este infierno, y sólo el convencimiento de que éste no puede ser el final me hace seguir adelante. Ahora, frente a la puerta de la que fue mi casa, casi no me atrevo ni a entrar, por miedo a lo que encontraré allí. No sé cómo, pero presiento que era aquí donde tenía que venir para continuar mi camino hacia donde quiera que deba continuar.

Ayer me desperté, con el ruido de gente a mi alrededor. Imaginé que era por la mañana, pues escuchaba algún trino de pájaro ocasional, el tráfico era más intenso, y mucha gente se movía por la calle que discurría al lado de donde me encontraba tumbado.
Entumecido y dolorido, me levanté del suelo y cogí el bastón, que milagrosamente aún continuaba bajo el escalón en el que me encontraba. Sin poder creer aún en lo que me estaba pasando, intentaba dilucidar cómo con toda la gente que había allí, nadie hubiera reparado en mi ni hubiera intentado despertarme. ¿Tan normal es ver a un sin techo durmiendo en el escalón de un portal? Quizá sí, y nunca hubiera reparado en ello. No sabía ni dónde estaba, ni siquiera qué día de la semana era. Me puse a recordar. El cumpleaños fue en Domingo, por lo que por lógica debería ser Lunes. ¡La gente me debería estar buscando! Justo ese Lunes tenía una reunión con unos clientes en el trabajo, y ya les habría extrañado que no apareciera.
De pronto, recordé la llamada a Gloria y su voz angustiada y llorosa. “- No lo sé, no lo sé, estás muerto, no pude evitarlo!”
Con un escalofrío de miedo, me toqué la cara, el pecho, los brazos. ¡No estaba muerto, estaba allí! Enfrente de un portal de mierda en un sitio desconocido.
Sin pensármelo más, me giré hacia la calle, y cuando escuché a alguien venir, le interpelé.
– Disculpe. ¿Sabe qué calle es esta?
La persona pasó de largo sin contestarme.
— ¡Gracias eh? ¡gilipollas! – casi le grité.
Muchas veces la gente va en su mundo y ni se entera cuando le hablas. Siempre que me ha pasado, he preferido pensar eso, a pensar que alguien pueda simplemente pasar de pararse y ayudar.
Haciendo acopio de paciencia, esperé a la siguiente persona, y decidido, me antepuse en su camino y le dije:
– ¡Perdone, ¡perdone! ¿Podría ay…
De repente, la persona chocó conmigo. Por un segundo, sentí una especie de descarga eléctrica que me recorrió el lado derecho del cuerpo, y cuando quise reaccionar, oí los pasos de la persona alejándose a mis espaldas.
¿Qué coño ha sido eso joder? Me volví a tocar la cara y el brazo derecho, sintiendo aún una especie de cosquilleo. De pronto, acordándome de la cantidad de películas cutres de espíritus que me había tragado a lo largo de mi vida, y de cómo traspasaban objetos y personas como si nada, me dio por reír, primero con una risilla entrecortada, y luego con carcajadas histéricas que en segundos se convirtieron en llanto.
Llorando a lágrima viva, me volví a resguardar en el portal, y esperé a tranquilizarme.
Supongo que el ser humano, ante todo es curioso por naturaleza. Sintiéndome estúpido a más no poder, apoyé una mano contra la puerta enrejada del portal, y empujé fuerte, como si quisiera abrirla. Con un cosquilleo, como cuando se te duerme una pierna por una mala postura, sentí cómo la mano atravesaba el metal de la puerta y aparecía tras ella. Mi cara debía ser un poema. Sorprendido e incluso divertido por aquello que ante toda lógica contravenía toda ley física, apoyé todo el cuerpo sobre la puerta, apretándome contra ella, y en segundos, la había atravesado, encontrándome al otro lado.
Era un portal amplio a juzgar por el eco. Una vez dentro, tanteando con el bastón, recorrí el lugar para hacerme una idea de cómo era. Mientras inspeccionaba el recinto, empecé a pensar. Si realmente estaba muerto, siempre imaginé que, de haber algo después, yo no sería ciego. Podría verlo todo, ya que mi cuerpo físico habría quedado atrás, y la limitación de un par de ojos que no servían para una mierda, habría quedado atrás con él. Pues Jódete Emilio, más ciego que un topo, no te ve ni dios (bueno, a lo mejor Dios sí), sonreí, y estás en un sitio que ni conoces. -Por lo menos hablan Español – pensé.
Pensando en intentar averiguar dónde me encontraba, di media vuelta, encaminándome hacia la puerta. Al llegar a ella, busqué el pomo para abrirla, pero aunque intenté girarlo, no se abría. Cuando intentaba empujarlo con fuerza, mi mano atravesaba el metal, sin ningún resultado.
– Lección número dos – dije en voz alta. – si no eres nada, no puedes interactuar con lo que te rodea. – Joder Emilio, estás hecho todo un cerebrito.
Con rabia, me dejé caer contra la puerta, atravesándola de golpe, y cayendo de boca al suelo, en la calle.
Dolorido, me levanté del suelo, pensando en cómo podía ser que algo me doliera si se suponía que estaba muerto. Fue pensarlo y el dolor desapareció como por ensalmo.
– ¡Coño! ¿cómo mola, no?
Decidido a encontrar como fuera el camino hacia casa, empecé a caminar calle abajo. Presentía que debía llegar hasta allí, no sé si simplemente para darme fuerzas al tener un propósito, una meta que alcanzar, o por algo más que no podía explicar. Yo, que siempre me había creído tan racional. Y de pronto, todas mis certezas, todas las reglas que con precisión matemática habían regido mi universo, habían quedado hechas trizas en esta nueva y demente realidad.
Pensando en cuestiones tan profundas, llegué hasta un cruce, y me quedé allí plantado, escuchando a los coches pasar. ¿Qué pasaría si me atropellaba un coche? Lo traspasaría como lo hice con aquella persona que se me acercó? Reticente a probar la teoría con una práctica tan brutal, esperé hasta escuchar que no pasaban coches, y crucé.
Tic, tic, tic. Aunque me ayudaba con el bastón para no chocarme contra nada, la gente era otro cantar. Un golpe, un cosquilleo, y una señora que hablaba animadamente por teléfono me atravesó sin inmutarse. Seguí en línea recta, sin saber muy bien porqué. – ¿Qué más da un camino que otro? Sigue andando, Emilio, que a algún sitio llegarás.
Y así lo hice. Durante lo que me parecieron horas, caminé por calles desconocidas, en línea recta siempre que podía, o doblando esquinas cuando no me quedaba más remedio que hacerlo. En esas estaba, cuando pasé por la puerta de un bar, y me llegó el olor a carne: pollo frito, carne guisada… ¡Se me hizo la boca agua! Sin pensármelo mucho, entré atravesando una puerta de cristal (había descubierto que con pensar en atravesarla, sin esfuerzo me encontraba al otro lado), y una vez dentro, me quedé sin saber qué hacer. Tenía un hambre brutal, e intuía que lo de comer había acabado para mí. Me acerqué a una mesa en la que varios jóvenes charlaban animadamente mientras comían. Ni corto ni perezoso, metí la mano en uno de los platos, tocando lo que parecía algún tipo de guiso. Con ansiedad, intenté pillar un trozo de algo, de lo que fuera, pero cuando intentaba sacarlo del plato, tenía la mano tan vacía como segundos antes. Frustrado y con las tripas rugiéndome, intenté darle un empujón a la mesa, pero obviamente, acabé por atravesarla sin que la mesa se inmutara.
– Se supone que para hacer obra tienes que tener una licencia, ¿no? – Dijo la chica a la que le había intentado birlar el almuerzo.
– Sí, y le han dicho a Elvira que la obra iba para largo. Han pedido la licencia, pero le han dicho que hasta dentro de un mes, nada de nada.
Me quedé escuchándoles hablar, embebiéndome de aquella normalidad, de una conversación tan cotidiana como la vida misma. En un momento dado, me oí hablándoles, rebatiendo la opinión de un chico que decía que la sanidad en Madrid era la mejor de España, pero obviamente, no me hicieron ni puto caso.
Sintiéndome más sólo de lo que me había sentido en la vida, me di media vuelta, y cabizbajo, abandoné el restaurante y volví a la calle.
Fue dejar de pensar en comida y el hambre desapareció. – Esto es como el dolor – me dije. – Sigo sujeto a necesidades humanas, pero no son más que una ilusión producto de la costumbre de años.
Anduve todo el día de calle en calle, escuchando a la gente pasar, siendo ignorado por todos, en todas partes. En un momento dado, y acordándome de aquello que escuché en un programa de radio sobre los viajes astrales (sí, el insomnio da para escuchar mucha basurilla, como la Tele tienda), de que los espíritus pueden volar, me dispuse a comprobarlo. Me puse a pegar saltos en mitad de la calle, pero por más que intentaba mantenerme en el aire, no lo conseguía. Al principio me sentía ridículo, imaginando a toda la gente de la calle mirándome haciendo locuras, pero acabé por convencerme de que nadie me veía. Al cabo del rato, cambié de táctica, y me imaginé sin peso. Imaginé que podía alzarme del suelo como un soplo de brisa, y sorprendentemente, así ocurrió. Mis pies dejaron de tocar el suelo, y sentí como me alzaba en el aire, casi verticalmente. Sin embargo, mi alegría duró poco. Me encontré en mitad de la nada, sin ningún tipo de referencia por la que orientarme, con un bastón en la mano. ¡Mirad, soy Gandalf, y vuelo con mi bastón reflectante!. Con la pura voluntad de mi pensamiento, seguí flotando, escuchando a la gente y el tráfico bajo mi, pero me era imposible avanzar en aquella situación. Me sentía totalmente perdido, desorientado, a la deriva sin saber hacia dónde me movía ni si me acabaría chocando contra cualquier cosa. De repente, el miedo me invadió. Sabía que nada con lo que me golpease me haría daño, y que lo atravesaría sin mayores problemas. NO obstante, toda mi vida, mi mundo había sido hecho de paredes, suelos, esquinas, ángulos, texturas, sonidos… Y de pronto, suspendido a metros sobre el suelo, me sentí más perdido que nunca. Quise estar con los pies en la tierra, y con éste pensamiento en la mente, volví a descender hasta la calle.
– ¡No es justo! ¡Joder! – Grité a nadie en particular. Siempre me había encantado volar (siempre dije que me encantaría haber sido piloto de no ser por mi ceguera; y sin embargo, el volar ahora me daba un miedo atroz, por no saber ni dónde estaba, ni hacia dónde me dirigía. Mi vida por un radar y un GPS – pensé distraídamente.
Resignado a vagar por la calle como cualquier otro mortal, seguí andando sin rumbo fijo, intentando sin éxito buscar alguna referencia que me orientase hacia casa.
Me parecía increíble que esto me estuviera pasando a mí. Hace menos de un día tenía una vida, una mujer maravillosa, familia, amigos… ¿Y ahora? ¿Realmente esto es lo que hay después? Vagar eternamente en la oscuridad siendo ignorado por todos?
– Si existe un infierno – pensé – éste está hecho a mi medida.

Mientras andaba, se me ocurrió otra brillante idea. Había escuchado también que los espíritus podían moverse de un sitio a otro con sólo visualizar a dónde querían ir. Qué leches, puestos a desvariar y a probar, una más una menos, nadie se va a enterar.
Me paré, y apoyado contra una pared, me puse a pensar. Intenté recordar nuestra casa, el salón, la forma, la sensación de estar allí. Me imaginé sentado en el sofá, o en el despacho sentado frente al ordenador. Y aunque lo intenté con todas mis fuerzas, aunque me imaginé allí mismo, tocando cada mueble, cada puerta, cada objeto que recordaba de tantos años en aquella casa, seguí apoyado contra esa fría pared en mitad de ningún sitio sin trasladarme a ningún lado.
– Esto no funciona, chavalote. Llegar a casa no va a ser tan fácil – Suspiré pesaroso.
Seguí caminando, a veces en línea recta, a veces girando, sin saber ya si avanzaba o retrocedía en un laberinto desconocido de calles que no me sonaban absolutamente de nada.
Así se me hizo de noche, desesperado y perdido, con una sensación de desamparo y tristeza como no había sentido jamás en mi vida. Las tiendas hacía horas que habían echado el cierre, y las calles se vaciaban rápidamente.
Agotado, me colé en un local que resultó ser algún tipo de oficina. Estaba dividido en varios despachos, todos con una o dos mesas con su correspondiente ordenador y teléfono. Tan normal y tan extraño a la vez. Estuve rondando por allí un rato, hasta que aburrido y frustrado por no haber conseguido nada en todo el día, acabé tirado sobre una de las mesas, y me quedé profundamente dormido.

Esta mañana, me desperté cuando empezó a llegar gente a la oficina. Me bajé de la mesa que me había servido de incómodo colchón, y me quedé un rato escuchando cómo entraba la gente a trabajar. Fue entonces cuando se me ocurrió una idea. Para llegar a casa, no necesitaría más que encontrar un metro o un autobús, y luego hacer transbordos hasta encontrar alguna línea que me llevara hasta allí.
¿Y qué mejor manera que siguiendo a algún trabajador a la salida de su trabajo? ¡Cómo no se me habría ocurrido antes!
Pasé toda la mañana curioseando por los alrededores de la oficina. Salí varias veces del local, pero nunca fui demasiado lejos. Descubrí en la misma calle dos bares, una peluquería, un supermercado, varios edificios de viviendas y un sex shop en el que me entretuve, escuchando a varios jóvenes intentando echar a suertes quien iría a caja a pagar. No tuve que esperar mucho. La suerte vino de la mano de uno de esos jóvenes que curioseaban por allí.
– Bueno, yo me tengo que ir, que luego le prometí a mi hermano que le ayudaría con el ordenador, que lo ha vuelto a romper.
– ¡Tú lo que no quieres es tener que pagar! – se burlaban sus amigos.
– Que no joder, que a mí eso no me importa. Traed aquí! ¡Pero luego me lo pagáis!
El chico se fue a la caja, y con voz nerviosa pagó lo que sea que llevaran. Sus amigos, tras él y algo alejados, murmuraban entre dientes y se reían.
– Capullos – les gritó el chico volviendo la cabeza hacia ellos.
Cuando acabó de pagar, salieron a la calle, y yo tras ellos. Se repartieron las compras, algún dinero cambió de manos, y mi muchachito elegido se despidió de sus compañeros.
– ¡A la noche hablamos por Facebook!
Le puse una mano en el hombro para que no se me escapara, y juntos, aunque el chico no supiera que iba guiando a un ciego muerto (¿suena mal, eh? se encaminó, como yo sospechaba, hasta una boca de metro.

Desde aquí, llegar a casa fue coser y cantar. Seguí al chico hasta un andén, y cogí el primer metro que llegó y que resultó ser la línea 6, que conocía de sobra. Ante mi sorpresa, me di cuenta de que había estado todo el día caminando alrededor de Moncloa, el distrito en el que se hallaba mi empresa, y en mi estado, no supe ni reconocerlo.
Hice transbordo en Nuevos ministerios, y de ahí, cogí la línea ocho, que me dejó en la estación de al lado de casa.
Cuando salí a la calle, caminé decidido hacia mi edificio, reconociendo cada giro, cada cruce. En cuestión de minutos, me hallé en la puerta de mi portal, y allí me detuve, con un nudo en el estómago.
– ¿Y ahora qué? – pensé.
Sin darle muchas vueltas, atravesé la puerta de entrada y accedí a su interior. Me quedé unos segundos delante del ascensor, intentando pulsar como un imbécil el botón. Cuando me di cuenta de lo absurdo de aquello, me encogí de hombros, y comencé a subir las escaleras. Era un sexto, así que no tardé demasiado.
Una vez ante la puerta, los nervios pudieron conmigo. Incapaz de dar un paso más, me senté en el suelo, y me quedé allí, sin decidirme a cruzar el umbral.
Y aquí estoy, aún delante de la puerta, haciendo acopio de valor, con una sensación de miedo que no alcanzo a comprender del todo. ¿Qué puede esperarme que sea peor que lo que he vivido estos dos días?
Lentamente, me aproximo a la puerta y pienso en atravesarla. Suavemente, me siento impulsado hacia el interior, y me encuentro en el vestíbulo de casa.
Lo primero que percibo es el olor, ese olor inconfundible de mi hogar. Suelto el bastón en un rincón, y con desesperación, tanteo el mueble de la entrada, el espejo, la puerta de la cocina, el porterillo electrónico… ¡Estoy en casa! ¡Esta es mi casa!
– ¡Gloria! ¡Gloria! ¡Ya estoy aquí! – grito con todas mis fuerzas.
– Emilio, estoy aquí. – me dice una voz familiar al fondo del pasillo, en el salón. Pego un salto y me quedo paralizado.
– ¡Diego! ¡coño diego! – grito a mi vez, corriendo hacia el salón.
– Al fin llegaste – dice mi amigo desde uno de los sofás. Me aferro a él, como un náufrago a una tabla. Le abrazo con todas mis fuerzas y comienzo a sollozar.
– Ha sido un infierno tío, un puto infierno. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Dónde está gloria?
Necesito explicaciones, explicaciones racionales para toda esta locura.
– Gloria está herida, pero bien. Está en el hospital, pero su pronóstico es favorable.
El alivio me inunda, ¡Mi mujer está bien!
– ¡Podemos ir a verla! ¿En qué hospital está? – le grito, impaciente por salir de allí e ir a su encuentro.
– Espera hombre, siéntate un momento, hazme el favor.
La voz de Diego es triste, pesarosa. Pocas veces le he visto así. Diego es siempre risueño, de esas personas que con su sola presencia alegran la reunión más triste del mundo.
– ¿Qué ocurre? – Digo con aprensión, mientras me siento pesadamente a su lado, y le aferro la mano con todas mis fuerzas.
– Ay Milito – me dice con una sonrisa triste. – Milito el racional. ¿Te acuerdas cuando tu madre te decía que de pequeño preguntabas cualquier cosa hasta entender porqué ocurrían?
Sonrío a mi vez, recordando las mil anécdotas que me contaron mis padres sobre mi curiosidad sin límites, y lo incómodo que hacía sentir a veces a los mayores con mis: ¿Y por qué? ¿porqué? ¿porqué?
– Ya ves – le digo – Pero esto de racional no tiene una mierda.
– O sí – me contesta él pausadamente.
– ¿O sí?
– ¿Qué crees que te ha pasado, Emilio?
Su pregunta, con tono de resabidillo profesor ante un alumno un poco corto de entendederas me enfurece.
– ¡NO me jodas, diego, no me jodas! – le grito mientras me levanto del sofá y le encaro.
– Tú lo sabes, así que no me toques los cojones, no estamos en el quién quiere ser millonario ni yo estoy en un examen.
– Siéntate hombre, siéntate.
Me desinflo en un instante y vuelvo a sentarme.
– Para empezar, ni yo soy Diego ni estamos en tu casa sentados en ese bonito sofá que te regalamos por vuestra boda hace seis años.
– Claro, es verdad, estamos en matrix – le digo yo con sorna. – ¿Y entonces qué?
– ¿Realmente creíste alguna vez que después de la muerte hay algo?
– Pues claro que no, pero no soy tan idiota de negar lo que ha pasado. Blanco y en botella… Tuve un accidente, me encuentro a tomar por culo de mi casa en un sitio que hasta esta mañana no supe cual era. ¡Puedo traspasar cosas, puedo flotar como un puto globo de helio, y si me estampo contra el suelo, pienso en que no me duele y se me quita el dolor! ¡Y aunque me rujan las tripas de hambre cuando pienso en comida, si dejo de pensarlo, se me olvida y como si nada! ¿Qué coño es esto, si no? ¿Y quién eres tú si no eres Diego?
– Soy tú mismo, Emilio, y en el fondo, siempre supiste que esto es un sueño.
– ¿Un sueño? NO tío, no, de los sueños me despierto cuando pienso que estoy en un sueño, siempre me ha pasado igual.
– ¿Y si de éste sueño no te pudieras despertar?
En un momento creo entenderlo todo.
– ¿Estoy en coma o algo así, verdad? – le digo con un hilo de voz?
– Premio para el señorito! – Diego parece haber recuperado algo su buen humor. De no se sabe dónde, escucho como agita un vaso en mi dirección y me lo tiende.
– Toma, ron con cola, poco cargado, como te gusta a ti.
– Agarro el vaso pensando en que como estos días, lo atravesaré y no podré llevármelo a los labios. Sin embargo, el vaso es sólido en mis manos, y cuando lo alzo hacia mis labios, el líquido fluye hacia mi boca y trago con deleite.
– Uf, casi mejor me podrías haber dado agua tío, tengo el estómago vacío.
– Te aguantas, es tu sueño y es lo que hay.
– Pero espera – le digo yo, algo aturdido por el derrotero que van tomando los acontecimientos. – Vale que sea un sueño, pero porqué me has dicho que no eres tú?
Diego me coge el vaso y lo deja en la mesita de centro.
– No soy yo, en un sueño todo lo fabrica tu mente para darte un escenario en el que interactuar. Y eso sí que se parece a Matrix, como tú me dijiste antes. Soy tú mismo, Emilio, una parte de tu mente que de alguna forma que no acabo de entender, sigue emergiendo a la consciencia de vez en cuando.
– ¿Y dónde estoy, entonces? ¿Cómo estoy?
– Te trajeron al Gregorio Marañón. Estás en la UCI, y según los médicos no nos queda mucho tiempo.
– ¡Cómo que no nos queda mucho tiempo!
– Joder, pareces tonto. Ya sabes a qué me refiero – me dice Diego, aunque compruebo con un sobresalto que ahora no es Diego, soy yo mismo quien está a mi lado, y me habla con esa voz que tanto odio de cuando me la escucho en las grabaciones. Con desconfianza, le suelto la mano y me arrimo a la punta del sofá, alejándome de él, o de mi mismo.
– Estamos mal, chaval. La puta manía de no ponernos el cinturón. ¿A cabezón no nos ganaba ni papá, eh? – me sonríe mi yo, con voz apesadumbrada.
– ¿Y ahora qué? – le digo yo, sin querer que se vaya por las ramas.
– Ahora todo se acaba, pero esta vez de verdad. Es la segunda parada que nos da, y creo que esta será la última. Los médicos dicen que estamos jodidos: rotura cervical, conmoción cerebral… Dan por hecho que el coma es irreversible, y las funciones vitales decaen por momentos.
Asustado, me levanto del sofá.
– ¡No puede ser! ¡Seguro que hay una forma de salvarme!
– Eso ya no está en tu mano, ni en la mía. Es curioso cómo el cerebro reacciona en estas cosas. – Es como si pudiera sentirte ahí de pié, en casa, y sé que soy yo mismo, y que estoy lleno de tubos y de cacharros en una habitación del hospital. Sería curiosísimo si no me estuvieran dando descargas con un desfibrilador y reventándome las costillas – me dice mi doble con voz tranquila, que sigue sentado en el sofá.
– Comienzo a pasear de un lado a otro del salón, saturado y sin poder creerme lo que está pasando.
– Adiós Emilio – escucho a mi otro yo, que ahora está a mi lado y me toca el hombro.
Cómo somos los humanos, siempre con miedos – me dice mi yo. – yo, que estaba tan convencido de la nada después de la muerte, y ahora rezo con todas mis fuerzas para que haya algo después. – sonríe mientras me aprieta afectuosamente el antebrazo.
– Buena suerte, chavalote.
– ¡Espera!
Con un estremecimiento de aire, mi otro yo desaparece. Me quedo sólo en éste salón vacío. Rápidamente, me acerco al ventanal de la terraza y lo intento abrir. Necesito aire, ¡Necesito salir de aquí!
Por más que lo intento, el ventanal no se abre. Intento atravesarlo como hice con la puerta de la entrada hace unos minutos, pero me doy de bruces contra el cristal, y ahora sí que duele.
De repente, el edificio comienza a temblar. Desprevenido, caigo al suelo de espaldas, mientras el suelo se mueve como en un barco en mar picada.
Consigo levantarme, apoyándome contra la vitrina de las copas, que tintinean enloquecidamente. Andando a trompicones, llego hasta el sofá, y me sujeto al respaldo mientras el movimiento se hace más intenso. Caen cosas en la cocina. La vitrina se abre, y una lluvia de platitos y copas (- Joder, la cristalería de la Abuela – pienso aturdido), caen haciéndose añicos en el suelo. Me agarro con todas mis fuerzas al sofá, que se desliza ahora de un lado a otro del salón. Escucho un estruendo, y siento como el suelo se resquebraja bajo mis pies. De un salto, bordeo el sofá intentando permanecer en pie, pero es inútil. Todo comienza a derrumbarse a mi alrededor. Caigo al suelo mientras más muebles caen cerca de mí. El sofá se vuelca, y me aprisiona bajo él. El ruido es enloquecedor. Vomito incontroladamente, y de repente, siento que el suelo por fin se ha abierto bajo mi. Me agarro con una mano al borde de lo que se me antoja un abismo infinito. El sofá, que ahora se apoya contra mi cuerpo, me empuja con su peso hacia abajo.
¡ No puedo aguantar más! El brazo me arde y mis dedos comienzan a soltarse sin fuerzas.
Finalmente, con un grito de desesperación, me suelto del saliente y me precipito al vacío.
Y comienzo a caer… y a caer…

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¿A qué huelen los recuerdos?

Hace algunos días, publiqué un tweet en twitter hablando del olor a navidad, y mi amigo @joanrabat, me respondió diciéndome: Ya veo que no soy el único que asocia olores con épocas del año. Y me puse a pensar. Y me sorprendí sonriendo y acordándome de la cantidad de olores y asociaciones que guardo en mi cabeza. E intentando sacarlas todas a la superficie de mi caótico revoltijo de ideas y de recuerdos, descubrí lo importante que es para mi el olfato, y la cantidad de cosas que asocio a este sentido. Seguro que muchas veces habré pensado esto mismo, pero como para algunas cosas tengo memoria de pez de colores, a veces redescubro cosas y me sorprendo de ellas una y otra vez como un niño pequeño.

Olor a casa, indescriptible. Cuando desde bien pequeño llegaba a casa, sin saber describir ese olor que percibía, y ni tan siquiera de dónde emanaba, sabía que era el olor a casa, a mi casa, un buen olor, a recuerdos felices; y tenía la certeza de que si me trasladara mágicamente allí, sin otra percepción que la de esa nariz mocosa pero tan útil que tengo, sabría inmediatamente que estaba en ella. Y es que cada casa tiene un olor particular. Supongo que es como el coche de alguien, un trocito de espacio en el que las vivencias, las costumbres y los quehaceres de las personas que lo habitan con frecuencia, dejan su huella. Y todas las casas y todos los coches, acaban, con el tiempo, teniendo un olor característico.

Y ese olor particular, esa indescriptible huella olfativa, siempre está presente, aunque por encima se superpongan otros olores que lo tapen: a ambientador, a perfumes, a comida… y cuando entro a una casa, inconscientemente siempre capto ese olor, que va acompañado de sensaciones más o menos agradables. Hay casas con olores dulces, picantes pero agradables, picantes pero amargos, olores salados y simpáticos, olores acres, tristes, opresivos, insistentes, olores esquivos, olores viejos, olores penetrantes…. olores indescriptibles, que para describirlos, no nos queda otra que asociarlos a olores muy concretos y conocidos por todos para hacernos entender.

Y con los olores, se crean asociaciones curiosas. A veces, en momentos importantes de nuestra vida, recordamos el momento y nos viene a la cabeza ese olor que les acompañó. Hace casi dos décadas, por ejemplo, cuando tenía siete u ocho años, me encantaban las estaciones de tren. Era como un punto de partida hacia otros lugares interesantes que explorar, aunque más que el destino en sí, me gustaba imaginarme ese viaje en tren, el movimiento, el vagón, la novedad de viajar de aquel modo. Y durante mucho tiempo, porque en las cercanías de la antigua RENFE de Málaga siempre olía así, asocié las estaciones de tren con un olor dulzón muy particular, que curiosamente, hasta hace poco más de cinco o seis años, no descubrí que era el olor de los gofres recién hechos. Así que ahí estaba yo, en mitad de la calle, me llegaba un atisbo de ese olor, y automáticamente pensaba en viajes, en una estación, y en un tren viajando a toda velocidad por paisajes nunca vistos.
O el olor a casa de mi abuela, otro olor que asocié siempre a buenos recuerdos: recuerdos de noches hablando con mi hermana y con mis primos, a travesuras y a juegos inocentes. Un olor que, cuando mi abuela se mudó a otra casa, se llevó con ella de forma mágica y misteriosa, y ahora reside en la nueva, para hacerme sonreír cuando entro y pienso en los momentos pasados en aquella otra casa, hace ya tantos años.

¿Y los olores a épocas del año? A césped recién cortado, a sal marina y a arena caliente, que siempre asocio al verano. Olor a campo en flor, que siempre me recuerda a las primaveras en el campo que teníamos cerca de Almogía y en el que también pasé tiempos tan felices… Y olor a tierra mojada y a humo de leña, que me recuerda a los inviernos fríos y a la navidad, y que dio origen a la idea de este post, cuyo título, muy acertadamente a mi parecer, me sugirió @amaterasu_n.

Los olores, tan difíciles de describir. Reflexionando, diría que el sabor y los olores, son dos cosas imposibles de transmitir a otros de forma veraz, si no es llevándoles a la fuente de dicho olor, o dándoles a probar lo que nos produjo cierto sabor. La imagen y el sonido se pueden almacenar para poder volver a reproducirse después (las fotografías, los cuadros, las películas…). El tacto de algo se puede describir con adjetivos como rugoso, liso, aterciopelado, frío, cálido… Pero. ¿Y el olor? Hace tiempo, allá por el 2001, leí una noticia en la que unos científicos californianos prometían sacar una impresora capaz de, utilizando olores primarios, sintetizar olores más complejos. Sin embargo, no volví a oír hablar de aquello hasta este año, donde esta vez, científicos japoneses, prometían más o menos lo mismo, pero ahora reconociendo que aquello de mezclar olores primarios, como en los colores, no funciona. La ciencia avanza, y muy rápido… pero dejadme que esta vez sea más bien escéptico. El día que mi ordenador sea capaz de sintetizarme el olor de la RENFE o de la casa de mi abuela, entonces hablaremos.

¿Y tú? ¿Qué olores te recuerdan a situaciones o épocas determinadas? ¿Cómo describirías ese olor tan particular que, al olerlo, abre la puerta a esos recuerdos o a esas sensaciones dormidas hasta entonces?

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Érase una vez, una seguridad insegura

Érase una vez una ciudad, Madrid, por poner alguna.

Érase una vez, que en ésa ciudad, vivía una Joven llamada Esther, de treinta y un años, traductora e intérprete de alemán, y ciega de nacimiento.
Una tarde, al salir de su trabajo, Esther decide no postergar más la compra de un pen-drive para sus cosas. Ya hace unos meses que el suyo dijo “¡Adiós!”, y se quedó más muerto que una piedra, sin posibilidad de recuperación. Como tampoco es que se conozca mucho la zona, consulta las direcciones útiles de su GPS, y observa que a 250 metros hay una tienda de informática, donde sospecha, podrán venderle uno de esos cacharrillos.
Con su perro guía, con su GPS, y preguntando cuando los satélites no acababan de colaborar, Esther consigue llegar a la tienda, en la que le atiende un amable dependiente, del cual ella, ni conoce ni le interesa conocer su nombre.

-Sí, dime.
-Verás. Quería comprar un pen-drive, que sea pequeñito, por favor.
– ¿De cuánta capacidad lo quieres?

Tras unos minutos, Esther se decide por un pen-drive: Cuatro gigas, pequeño tamaño y con un diseño que le ha gustado… Así que ahora toca pagar. El dependiente la acompaña hasta la caja, y ella le entrega su tarjeta de crédito.
– ¿Me das tu DNI, por favor?
– Aquí lo tienes.
Tras unos segundos…
– Perdona, tienes que poner tu pin. -Le dice él.
– Mi pin? ¿Por qué?
– Es que ésta tarjeta tiene chip y ahora te piden el pin para validar que eres tú la propietaria.
– Ah… cierto, me lo dijo el de la oficina cuando me renovó la tarjeta. ¿Me pasas el datáfono, por favor?
-Sí, toma, aquí lo tienes.
El dependiente le pasa el datáfono. Esther lo coge y busca el teclado… que no encuentra.
– Oye, ¿Y el teclado? ¡No me fastidies que es táctil!
– Em… Sí, lo siento, es que éste es de esos nuevos. Ya sabes, la moda de lo táctil. Si quieres, dime el pin y yo te lo pongo.
Esther, indecisa, se queda pensativa. Hurga en el bolso en busca del sueltecillo que pudiera tener, pero no encuentra suficiente para pagar. Incómoda, acaba accediendo, y en voz queda le recita el pin al dependiente, que procede a teclear en el datáfono táctil.
– Perfecto, pues ya está -dice el dependiente, entregándole la tarjeta de crédito y el DNI.
Tras esto, le da la factura y el pen-drive, y Esther, con su nueva adquisición en su mano derecha y el arnés de su perro en la izquierda, abandona el establecimiento pensando ya en cómo encontrar el metro que la llevará a casa.

Los días y las semanas pasan, y Esther continúa su vida con normalidad.

Una tarde cualquiera, Esther se dispone a salir de casa. Ha quedado con su novio, Raúl, que vive cerca de allí, y han decidido verse en un bar de la zona. Como siempre, arnés sujeto en su mano izquierda y bolso en el otro brazo, sale a la calle resueltamente, pues tanto ella como Zargo, que así se llama su perro, se conocen ése camino perfectamente.
De pronto, y sin mediar palabra, alguien se sitúa a su lado, y agarrándola del cuello y colocándole algo frío sobre él, le susurra con voz suave y amenazante:
– Quietecita o te rajo. Venga, ahora me das el bolso, despacito, y yo te dejo tranquila.
Ella, desprevenida e incrédula, ni reacciona. Zargo, intuyendo que algo ocurre, comienza a gruñir amenazadoramente. El desconocido insiste, ésta vez con voz perentoria:
– ¡El bolso he dicho!
Y tras darle un tirón que se lo arranca literalmente del brazo, huye corriendo.

Todo ha ocurrido en menos de 10 segundos. Esther, asustada, grita pidiendo ayuda. Varias personas que la oyen, se acercan y le preguntan, pero el ladrón ya ha huido con su botín.
Tras varios minutos de confusión, consigue que un transeúnte le preste su teléfono, que utiliza para llamar a su banco y anular las tarjetas de crédito. El empleado, tras anulársela, le comenta.
– Señorita, un minuto antes de anularle la tarjeta, nos aparece una extracción de efectivo de 600 euros desde un cajero.
Esther, sorprendida, no acierta a entender cómo tal cosa fue posible, pues en ningún momento el ladrón le pidió el pin, y obviamente, ella no lo tiene apuntado por ninguna parte en su bolso robado.

 

 

Érase una vez una ciudad, Madrid, por poner alguna.

Érase una vez, que en ésa ciudad, vivía un joven llamado Roberto, de 24 años, y dependiente en una céntrica tienda de informática.
Roberto es un joven algo alocado. No es mal chico, pero no se centra, diría su madre si le preguntáramos. Sea como fuere, encontró el trabajo en ésa tienda casi por casualidad. Estudió a trancas y barrancas un año de informática en la universidad, pero se acabó cansando, y desde entonces ha ido entrando y saliendo de trabajos de poca monta, que le daban lo justo para pagarse las salidas los fines de semana y para comprarse sus cosillas. Total, mientras viva con los viejos tampoco tengo mucho de qué preocuparme, pensaba cuando le daba por reflexionar sobre su situación.

Una tarde como otra cualquiera, mientras Roberto atiende con desgana a los clientes que pasan por allí, entra por la puerta una joven ciega, con un perro guía. La joven se aproxima al mostrador, y Roberto, un poco inquieto sin saber muy bien cómo actuar, se acerca hasta ella y le pregunta.
-Sí, dime.
-Verás. Quería comprar un pen-drive, que sea pequeñito, por favor.
– ¿De cuánta capacidad lo quieres? – Contesta él, mientras curioso, se pregunta cómo hará ella para utilizar un ordenador.

Tras unos minutos, la chica se decide por uno. Roberto, incómodo por no saber si cogerla del brazo, o decirle que la siga con el perro o qué, opta por lo primero, y despacito, no sea que la chica se mate o tire las cajas de los expositores, la acompaña hasta la caja.
La jóven le entrega su tarjeta, que él coge.
– ¿Me das tu DNI, por favor? Dice él.
– Aquí lo tienes.
Roberto comprueba que la tarjeta corresponde con el DNI, la inserta en el datáfono, marca la cantidad, y espera confirmación. Como la tarjeta es de chip, le solicita que introduzca el número secreto.
– Perdona, tienes que poner tu pin.
– Mi pin? ¿Por qué? – Dice ella, sorprendida
– Es que ésta tarjeta tiene chip y ahora te piden el pin para validar que eres tú la propietaria.
– Ah… cierto, me lo dijo el de la oficina cuando me renovó la tarjeta. ¿Me pasas el datáfono, por favor?
-Sí, toma, aquí lo tienes. – contesta él, pasándole el datáfono por encima del mostrador.
– Oye, ¿Y el teclado? ¡No me fastidies que es táctil!
Roberto, cayendo en la cuenta de la situación, no sabe cómo reaccionar. – Joder, esto no me había pasado en la vida – piensa
– Em… Sí, lo siento, es que éste es de ésos nuevos. Ya sabes, la moda de lo táctil. Si quieres, dime el pin y yo te lo pongo. – le dice a la joven, mientras sin acabar bien de saber por qué, vuelve a coger el DNI del mostrador, y memoriza la dirección de la chica.
Ella, a todas luces incómoda, comienza a hurgar por el bolso, seguro que para intentar pagar en efectivo. – Desde luego yo no le daba el pin de mi tarjeta ni a mi madre – piensa él, mientras ella busca sin resultado.
Finalmente, en voz baja, ella le da el pin. Él, sintiéndose algo culpable, se lo guarda en la cabeza mientras lo teclea. – cincounocuatrosiete, cincounocuatrosiete…
Tras darle el comprobante, la factura y el pen-drive, la chica agarra al perro, y tras ordenarle: – Busca puerta. Busca puerta…, se encaminan hacia la salida, abandonando el establecimiento.
Tras esto, Roberto se queda pensativo. Siempre ha sido un chico listo, o al menos eso piensa él. Como decía su amigo Javier, las oportunidades no hay que desaprovecharlas. Con estos pensamientos en mente, el joven extrae su móvil de la chaqueta, y apunta la dirección de la mujer junto con el pin de la tarjeta que le dio ella. Nunca se sabe, medita mientras lo hace.

Días después, a Roberto le despiden del trabajo. Su jefe lo echó acusándole de haber robado 40€ de la caja. Que fuera verdad no quita que a Roberto le dieran ganas de matarlo. – Viejo maricón, para un día que te da por cuadrar la caja, y me da a mí por llevarme una propinilla – piensa con rencor.

Pasan los días, y por más que busca, no encuentra nada. Su madre ya está hasta las narices de él, y le ha dicho que no le da ni un euro más para que salga y llegue borracho a casa. Frustrado, y sin saber qué hacer, una tarde, le viene a la cabeza la joven ciega de la tienda y lo del pin. Así que como Roberto es un chico listo, eso ya lo sabemos todos, busca en el móvil la dirección, y sin planearlo mucho, coge el metro y se va para allá.

Apostado al lado del portal, observa a las pocas personas que entran y salen del edificio. Ya tarde, por fin, ve salir a la chica, con el perro y el bolso en la otra mano. – A la mierda, total, ésta seguro que no me va a reconocer en una rueda de reconocimiento – piensa, nervioso a la vez que excitado por lo que se dispone a hacer. La sigue unos pasos hacia una zona en sombras, y con rapidez y sin darle muchas vueltas, se aproxima a ella, la coge del cuello, y le coloca la llave del portal de casa contra la garganta.
– Quietecita o te rajo. Venga, ahora me das el bolso, despacito, y yo te dejo tranquila.
De pronto, el perro se pone a gruñir. – Joder con el puto perro, como me muerdas te pego una patada que te estampo contra la farola – piensa, tenso.
Nervioso, él grita. – ¡El bolso he dicho! – Y con un fuerte tirón, se lo arranca del brazo, y echa a correr hacia un cajero que antes ya había encontrado cerca de allí.
Sin perder tiempo, Roberto llega al cajero, y tras vaciar el bolso en el suelo y encontrar la cartera con la tarjeta, la introduce en el cajero, marca el pin, y rápidamente consigue sacar 600€ de la cuenta de la mujer. Mientras, ya que estamos, se guarda en el bolsillo los 30€ que encuentra en la cartera.
Sin perder ni un segundo, y sin molestarse ni tan siquiera en recoger todo aquello, sale del cajero, y con 600€ en el bolsillo, siente como después de todo, la vida no es algo tan malo, y da oportunidades a aquellos que tienen los cojones para aprovecharlas.

 

Esta historia no es real, pero desde luego, podría muy bien serlo. La escribí inspirado en algo parecido que le ocurrió a mi novia (sólo lo del pin y el datáfono táctil, por suerte no lo del atraco), y en una conversación que mantuve ayer con un amigo, Ramón, sobre la inseguridad de las tarjetas con chip, y la problemática de utilizar un sólo pin tanto para transacciones comerciales como para operaciones con el cajero.
Este ejemplo es uno más, que me hace llegar siempre a la misma conclusión. NO pensamos mucho las cosas a la hora de desarrollar productos. Estoy seguro de que a nadie se le ocurrió por un momento la situación aquí descrita, y por eso, ocurre lo que ocurre. Desde luego, las tarjetas con chip son hoy ya una realidad más que asentada, y cada vez más, hasta que al final, desaparecerán las tarjetas con bandas magnéticas. Si a esto sumamos, como decía nuestro personaje ficticio, que ahora se lleva eso de lo táctil… mala combinación.

Creo que una buena solución, sería, por lo pronto, evitar el uso de datáfonos táctiles, y en segundo lugar, tener dos números secretos, como comenté más arriba. Uno para transacciones comerciales con datáfonos, y otro para operar con el cajero. Así, por lo menos, no estamos dando acceso completo a alguien a nuestra cuenta si por algún casual, nuestro pin cae en las manos equivocadas.

Si alguna vez os pasa esto, recordad que posiblemente vuestra tarjeta también tendrá banda magnética, y podréis pedirle a quien os atienda, que pase la banda en lugar del chip para cobraros. Tendréis que firmar, pero no dar vuestro pin (esto me lo dijo mi amigo Jose María, @jmortizsilva, que llamó a su banco y fue la solución que le dieron).

Actualización, 11/09/2010

Revisando lo escrito, y gracias a la opinión de una amiga, me he dado cuenta de que quizá se pueda malinterpretar el origen de las ideas que aquí expongo.

En primer lugar, la historia como tal, sí fue fruto de una conversación mantenida con mi compañero Ramón, al que le comenté lo ocurrido con mi novia y su datáfono táctil. En base a eso, construí la historia ficticia, cambiándola un poco, pues la idea original era que el dependiente del establecimiento le diera un cambiazo de tarjeta a la chica al devolvérsela (por alguna que tuviera por ahí a mano), y así él, con la tarjeta y el pin, podría hacer fechorías, mientras ella, sin saber que la tarjeta no era la suya, se paseaba tranquilamente por ahí. Sin embargo, al empezar a escribirla, quizá por mis escasas dotes de narrador, no supe darle vidilla al personaje de Roberto, y a cómo tenía por ahí una tarjeta por la que darle el cambiazo, así que opté por la línea argumental de que el chico acabara atracándola, que también lo comentamos en dicha conversación, como otra posibilidad a la hora de hacer maldades con los pines obtenidos.

La idea del doble pin, uno para transacciones con el cajero y otro para transacciones comerciales, me la comentó Ramón días antes y también durante ésa conversación, por lo que, seamos justos, esa idea fue de él. Quizá en mi párrafo parece que la idea fue mía, y no es así.

Por otra parte, en nuestras conversaciones de desayuno, entre compañeros: Paco, Ramón, Jose maría, Vicente Lourdes y yo, ya hemos comentado varias veces la inseguridad de tener que poner el pin en un datáfono, por la posibilidad de que alguien te lo vea mientras lo escribes. Sí es cierto que eso puede ocurrir, pero en éste artículo he querido centrarme más en la incompatibilidad de sistemas: pin y datáfono táctil, para que veáis que ya no se trata de la posibilidad de que alguien vea lo que escribimos, sino que, directamente, nos vemos supeditados a ayudas de terceros para escribir algo tan sensible como es un número secreto, que nos da acceso a todo tipo de transacciones con nuestras tarjetas bancarias.

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