Mi existencia inexistente

Hace por lo menos cuatro o cinco años, leí un relato por internet que me encantó. La idea me pareció inquietante, fascinante y totalmente surrealista. Lo cierto es que me dejó pensando en el tema durante algún tiempo. Hace algunos meses quise volver a leérmelo, pero no recordaba ni el título ni el autor. He intentado buscarlo por internet, pero aunque Google es muy listo, no he conseguido resultados. Quizá no he sabido buscar bien 🙂
Así que se me ocurrió algo: escribir el relato a mi manera, utilizando la idea de la historia original. Si tú, lector o lectora, al leerlo dices: “¡Pero si esta idea es del relato tal! por favor, déjame un comentario y dime el título y el autor, si es que te acuerdas de esos datos, y me habrás hecho feliz 🙂 Yo lo pondré bajo esta historia, para que podáis comparar lo mal que escribo yo en comparación 😀

Y sin más, os dejo con mi versión particular de la historia de cuyo nombre no puedo acordarme. Que ustedes la disfruten, a mí, me encantó escribirla.

Escribo porque no sé qué más hacer. Llevo lo que se me antojan horas tumbado en la cama y sin poder dormir. Hoy he gritado a Diana, acusándola de cosas terribles. Ahora ella finge dormir, acurrucada en un lado de la cama. Sé que no está dormida aunque finja estarlo, la conozco demasiado. Freno el impulso de abrazarla y decirle que todo está bien, porque nada está bien, aunque tengo claro que ella no tiene la culpa. O los chicos nunca existieron y estoy loco de remate, o por algún kafkiano motivo mis niños han desaparecido por completo de este mundo.

Nada más entrar en casa noté algo raro. El piso estaba más silencioso que de costumbre. Los niños salen a las cinco del colegio, y cuando llego siempre me los encuentro viendo la tele en el salón, o con Diana haciendo los deberes. Sin embargo, al abrir la puerta y saludar, sólo me contestó Diana desde el fondo del pasillo.
– ¡Hola Iván!
– Hola amor – le dije mientras colgaba la chaqueta en el perchero. Fui hacia el salón, donde me encontré a Diana, sentada en el sofá con una cerveza en la mesita y tecleando frenéticamente en su ordenador.
– ¿Otra vez con trabajo para casa? – le sonreí mientras me inclinaba hacia ella y nos dábamos un beso.
– Para no variar. Y luego atrévete a pedir que te paguen horas extras. – Me sonrió y me apretó la mano con complicidad.
– ¿Y los niños?
– ¿Los niños? ¿Qué niños?
– Los nuestros – sonreí.
– ¿Cómo que los nuestros? ¿Ahora resulta que vas a querer más de uno? – me dijo ella con cara inexpresiva.
– ¿Cómo que si?… No entiendo qué…
– Ya sé que no es agradable que llevemos más de un año intentando que me quede embarazada, pero no entiendo a qué viene esa pregunta. Lo siento, pero me parece una broma de mal gusto.
– ¿Un año intentando quedarte embarazada? NO entiendo nada, Diana, hace años que decidimos no tener más niños, pensé que…
Diana se levantó, y se fue al dormitorio dando un portazo. Me quedé en el sofá, con cara de bobo, sin entender qué había sido todo aquello.
De repente, me fijé en lo que tenía a mí alrededor. El salón estaba inusualmente limpio y ordenado, y la zona donde habíamos colocado la moqueta y los juguetes de los niños, aparecía ahora vacía, con un par de tiestos con plantas en su lugar. Me quedé mirando aquello con desconcierto. ¿Qué coño estaba pasando?
Me dirigí hacia nuestro dormitorio, abrí la puerta y entré. Diana estaba sentada en la cama, con los ojos llorosos, y dándole vueltas a algo que tenía entre las manos.
– Ya sé que para ti esto es frustrante, pero no entiendo porqué tienes que pagarlo conmigo. NO es justo, Iván, no es justo.
– ¿Pero qué coño he hecho yo? De verdad que no entiendo nada.
– ¡Oh, por dios! ¿Me estás diciendo que preguntar por nuestros niños no ha sido por echarme en cara que aún no hayamos podido tenerlos?
Me quedé con cara de gilipollas.
– ¿Pero cómo que no hemos podido tenerlos? ¿Y Mónica y Pablo, qué son entonces?
Diana me miró con desconcierto.
– ¿Qué me estás diciendo, Iván? NO sé de qué vas, pero sabiendo cómo me afecta todo esto no entiendo qué clase de escenita es esta. Si tienes algo que decirme, dímelo y déjate de idioteces.
Me senté en la cama e intenté cogerla de la mano.
– No, Iván, de verdad, déjame tranquila, no entiendo nada.
Frustrado, me volví a levantar.
– A ver Diana, ¡el que no entiende nada soy yo! ¿Cómo que no tenemos niños? ¿Cómo que no puedes quedarte embarazada si hace cuatro años que decidimos no tener más críos? ¡Esto no tiene ni el más mínimo sentido!
De repente me fijé en nuestra habitación. Las fotos de Mónica y Pablo habían desaparecido, siendo reemplazadas por fotos mías y de Diana, y por cuadros con paisajes bucólicos y falsos que no recordaba haber visto en la vida.
– ¿Dónde están las fotos?
– ¿Qué fotos?
– ¡Joder, las fotos de los chicos!
– ¿Pero de qué fotos hablas? ¿A caso me quieres volver loca? ¡Qué te pasa, Iván!
– ¿Que qué me pasa a mí? Eso me gustaría saber yo, ¿qué te pasa a ti? ¿Por qué has quitado las fotos de los niños y ahora te comportas como si no existieran?
– ¡Pero qué dices! ¡Estás loco!
Diana se levantó de la cama, y pasando por mi lado, con la cara congestionada y las lágrimas rodándole por las mejillas, salió de la habitación.
¡NO me jodas, Diana! ¿Dónde están? ¿Por qué no me lo quieres decir? ¿Qué has hecho con ellos? ¿A dónde te los has llevado?
– ¿Pero tú te estás escuchando? ¡Por dios! ¡Estás majareta!
Oí un portazo, y supe que mi mujer se había marchado de casa.

Sin entender nada y a punto de llorar, salí del dormitorio y me dirigí a la habitación de los niños.
Al entrar, el corazón me dio un vuelco y sentí cómo mi realidad se tambaleaba. Donde antes se encontraban las dos camitas de mis hijos, un sofá cama ocupaba una de las paredes del dormitorio. Donde una cajonera llena de ropa variopinta y trastos, muñecos y peluches de todo tipo ocupaba otra de las paredes del dormitorio, descansaba ahora un tendedero desnudo y una tabla de planchar. Donde antes había posters enormes por las paredes, ahora la habitación aparecía desprovista de todo adorno, excepto un reloj de pared que se encontraba detenido a las tres y cuarto. – El reloj tiene la culpa de esto, pensé tontamente.
Me quedé allí parado, no sé ni cuánto tiempo, contemplando todo aquello como si me hubiera equivocado de casa y estuviera contemplando el piso de un desconocido.
Esto debe ser una broma de pésimo gusto. Intentaba convencerme a mí mismo y calmar mis desbocados latidos. Veía puntitos frente a mis ojos y me sentía mareado.
– ¡Diana! ¿Qué clase de broma estúpida es esta? – grité al piso vacío.
Sin poder estarme quieto, abrí todos los cajones de los muebles del salón, buscando los trastos de mis hijos, pero no encontré nada. Era como si de un plumazo, mis dos chiquitines hubieran desaparecido del mundo sin dejar rastro.
Mientras revolvía los cajones sin encontrar nada, Intentaba convencerme de que todo era un engaño bien preparado, pero sabía que eso no tenía ningún sentido. Hacía diez horas escasas que había salido de casa, y sin tener en cuenta lo absurdo de que mi esposa preparara algo así, no habría tenido tiempo material para ello.
Derrotado, me senté en el sofá, y me quedé allí hasta que horas o minutos después (el tiempo se había convertido en algo difícil de medir), oí una llave en la cerradura, y Diana entró en casa. Rápidamente, me levanté del sofá, y corrí hacia ella. Quería abrazarla. Sabía que ella no tenía nada que ver con todo aquello. Sin darme tiempo casi ni a rozarla, Diana se apartó de mí, y se dirigió a nuestro dormitorio.
– ¡Diana, por favor, ayúdame! ¡No sé qué está pasando!
Mi mujer volvió hacia donde yo estaba, me miró durante unos segundos, y fue ella quien me abrazó con lágrimas en los ojos.
– Pero Iván, ¿qué es lo que te ocurre? ¿De verdad crees que teníamos dos hijos y que ahora han desaparecido? ¿Te ha ocurrido algo en el trabajo? ¿TE has golpeado o…?
Me apartó de ella, sujetándome por los brazos y mirándome a la cara. No supe qué decirle, todo aquello estaba siendo demasiado para mí.
Finalmente, nos sentamos en el sofá. Sintiéndome tonto, le conté todo lo que hasta ese momento había creído que era nuestra vida juntos. Era como si ella fuera quien hubiera olvidado estos últimos años y yo le refrescara la memoria. Le hablé de cuando nació Pablo, de la casa minúscula en la que vivíamos, de cuando nos mudamos a vivir aquí, de cuando se enteró de que volvía a estar embarazada y casi nos da algo a los dos, de cuando nació nuestra pequeña, de nuestro primer viaje a Londres los cuatro juntos… Mientras le contaba todo esto, la miraba a los ojos, esperando un destello de reconocimiento, un gesto que delatara que sabía de qué le estaba hablando, pero lo único que hacía era negar con la cabeza.
– Cariño, no sé qué te ha pasado. Es casi como si esa vida que me cuentas es la que hubieras querido tener conmigo y no has podido vivir.
– ¡NO, Diana! NO te estoy mintiendo joder, esa vida es la que tenemos. No estoy loco, ¡no puede ser que esté loco! ¡Esta mañana me marché de casa. Tú estabas a punto de irte a trabajar. Yo me llevé a los chicos al colegio, y luego me fui para el trabajo.
Entonces, se me ocurrió una brillante idea.
– ¡Los vídeos!
– ¿Qué vídeos?
– ¡Los del viaje a Londres!
– ¿Qué le pasa a esos vídeos?
– ¡Pues que ahí salimos los cuatro!
– Diana seguía en el sofá, con la cabeza entre las manos, llorando silenciosamente y preguntándome a mí, o quizá sólo a sí misma qué era lo que me había ocurrido. Yo, por mi parte, rebuscaba frenéticamente en el mueble de la televisión, hasta que encontré lo que buscaba; un DVD en el que podía leerse: Viaje a Londres, Marzo de 2008.
Entusiasmado, conecté la televisión y puse el DVD. Rápidamente, elegí la primera escena en el menú, y me dispuse a ver a mis dos hijos y a mi esposa saludándome ante la cámara. Sin embargo, me encontré tan sólo con Diana, que con una maleta en la mano y una sonrisa me saludaba, y ambos, uno a cada lado del objetivo, hablábamos sobre lo bien que nos lo íbamos a pasar en ese viaje.
– ¡Mierda! ¡Está mal, todo está mal!
Con rabia, le di un puñetazo a la pantalla, que se agrietó con un crujido. Diana, desde el sofá, comenzó a gritarme que parara, que me iba a hacer daño y que dejara de comportarme como un loco.
– ¡No! ¡Nada está bien! ¡Este vídeo no era así!
Saqué el DVD del reproductor y lo partí con saña. Luego, comencé a buscar más vídeos en los que saliéramos los tres. Alguno tendría que quedar, algún vestigio de esa vida que yo estaba seguro de haber vivido.
– Iván, déjalo ya, por favor. Necesitas ayuda.
– ¡Pero esto no está bien! – seguía insistiendo yo.
Nada estaba bien, nada era como tenía que ser. Por más que me esforzaba, por más que intentaba pensar que podría ser todo una alucinación mía, mis recuerdos me decían lo contrario. Recordaba mil detalles, mil escenas en las que aparecían mis dos hijos. Era imposible que todo hubiera sido un desvarío de mi mente.
– ¿Y entonces, ¿Qué ha ocurrido estos últimos seis años? – Le pregunté a Diana con incredulidad.
Me senté junto a mi esposa, y ella me contó una historia que sólo en algunas cosas se parecía a lo que yo recordaba. Parecía que todo había comenzado a variar desde el momento en que se quedó embarazada. Según ella eso no ocurrió, y parece que ni siquiera nos habíamos planteado el tener hijos por ese entonces. Nos mudamos aquí porque ambos podíamos permitírnoslo y decidimos ir a un piso más grande, pero nada de hijos. Según Diana, hasta hacía un año, no habíamos decidido buscarlos, pero hasta hoy, no había habido suerte. No podía creerlo, y si lo creía, tenía que admitir que me había vuelto loco de remate, o que algún truco sucio del universo había hecho desaparecer a Pablo y a Mónica de esta existencia sin dejar ni rastro. Tenía que admitir que la locura era el mejor candidato, pero me aterraba esa posibilidad.

Ahora, tumbado en la cama y escribiendo en este cuaderno que encontré escondido bajo un montón de facturas en un cajón, intento poner en claro mis pensamientos, y espero a que llegue la mañana. No puedo dejar de pensar en que si voy al trabajo con normalidad, como todos los días, allí estará todo como antes, y que al volver a casa, me encontraré con mis dos niños y mi esposa, como si nada hubiera pasado.
Ya son las seis, así que creo que voy a arreglarme para ir a trabajar. A la noche todo estará bien, todo tiene que estar bien.

La casa está vacía. Ahora resulta que vivo en un piso de soltero. No queda rastro de Diana, ni de mis hijos. Ella se ha marchado tan inexplicable y silenciosamente como ellos.
Salí de casa al despuntar el alba. Seguía convencido de que al llegar al trabajo todo estaría como siempre, . Nada más entrar a la oficina y sentarme ante mi mesa, observé con un sobresalto que la fotografía que tenía en el escritorio del ordenador era la de mi esposa. Ayer tenía una foto de los cuatro, sentados en un banco de madera frente a la casa de mis padres. Me acordaba perfectamente de aquel día. Hicimos una barbacoa, y mi padre se emborrachó de mala manera con vasitos de vino dulce. Luego se puso a cantar con mi tío en el karaoke de los niños, mientras Diana y yo nos mirábamos y sonreíamos divertidos. La foto estaba igual, solo que en el banco estábamos ella y yo.
– ¡No puede ser, joder, no puede ser! – dije en voz alta.
Jaime, mi compañero de mesa, me miró.
– ¿Qué? ¿NO cuadran las cuentas?
– No, la foto, la foto de mi escritorio. Ayer era la de los cuatro, y ahora sólo sale Diana.
– ¿Los cuatro? – me dijo Jaime con extrañeza. – Yo juraría que llevas más de dos meses con esa foto de Diana en el escritorio.
– Ayer estaba Diana, y Pablo, y Mónica.
– ¿Quiénes son Pablo y Mónica?
– Jaime, has venido mil veces a casa. ¿Quiénes van a ser?
Intentaba mantener la calma, como si con ella, aún pudiera conseguir que la realidad volviera a imponerse y Jaime recordara todo, y la foto volviera a estar bien…
– No tío, no sé quiénes son. ¿Tus vecinos?
– ¡Mis hijos, joder, mis hijos! – le grité sin poder evitarlo.
Toda la oficina se quedó en silencio y mis compañeros me miraron estupefactos. Jaime se quedó con cara de asustado mientras balbuceaba.
– Pero, pero juraría que ni Diana ni tú teníais… hijos… Yo…
Me levanté de la mesa y salí de la oficina a grandes zancadas. La gente murmuraba a mis espaldas, pero no me importaba. Bajé a la calle, y cogí el autobús hasta casa, mientras mi cabeza se sumía aún más en un mar de confusión y tristeza. Mientras el autobús rodaba en dirección a casa, no dejaba de rememorar los últimos años de mi vida que parecían haberse perdido para siempre.

Nada más llegar, estuve a punto de cerrar de un portazo y hacer como si no hubiera visto lo que había tras la puerta. Me quedé en el umbral, contemplando atónito la transformación del piso. Las paredes estaban pintadas de blanco, nada de aquel color pastel que Diana se había empeñado en utilizar. NO había mueble en la entrada, tan sólo un feo paragüero vacío. Las puertas eran distintas, más viejas. Fijándome recordé que eran las que tenía la casa cuando Diana y yo nos mudamos hacía ya cinco años. Lentamente, como en un sueño, cerré la puerta de la entrada y accedí al interior. Nada era igual. El piso estaba mucho más vacío, con tan sólo lo justo para vivir. En el salón, un ordenador hacía las veces de televisor, y el sofá parecía haber sido comprado en una tienda de segunda o tercera mano, igual que la mesita de centro y la mesa del comedor. Entré en mi dormitorio, y descubrí, ya casi sin asombro, que era un dormitorio de una sola persona. La mesilla de Diana había desaparecido, junto con el armario de dos puertas que habíamos comprado al venir a esta casa. En su lugar, otro armario, mucho más pequeño, ocupaba media pared. Dentro, sólo había ropa mía, y en las paredes, ni cuadros, ni fotos de ningún tipo. Sobre mi mesilla, tal y como lo dejé, encontré el cuaderno en el que ahora escribo. Me abalancé sobre él, y comprobé con alivio que en las primeras páginas estaba escrito todo lo que me ocurrió ayer. ¡Eso probaba que no estaba volviéndome loco! A parte de mí, parece que este cuaderno es lo único que no ha cambiado en este absurdo mundo en el que estoy viviendo ahora. Intenté buscar la foto de Diana en mi cartera, pero al abrirla descubrí que ni siquiera era la misma, y que, como era de esperar, sólo contenía tickets de compra y varias tarjetas. En el móvil, su número había desaparecido de la agenda, y sus mensajes no estaban. La llamé al número que tan bien recordaba, y una locución me dijo que el teléfono marcado no existía.
Creo que debería comer algo, hace más de un día que no pruebo bocado, pero estoy agotado.

Me he quedado dormido y ya es de noche. Me asomo a la ventana, y veo la ciudad desierta a mis pies. Parece que la oscuridad me hace compañía, armonizando con el ánimo que me embarga. Sé que estoy despierto pero creo que aún sueño. Nada de lo que está ocurriendo parece real.
Recuerdo haber tenido una pesadilla repetitiva. En ella, Estoy conduciendo de noche por una carretera recta e infinita. En el carril de al lado, puedo ver el coche de Diana, y por la ventanilla observo a mi mujer y a mis dos niños, que me miran desde el otro lado del cristal con ojos asustados. Por más que lo intento, no puedo mover el pie del acelerador ni cambiar la dirección, y a Diana parece ocurrirle lo mismo. Nos miramos, uno a cada lado de esa carretera interminable, sin poder hacer nada para acercarnos ni detenernos.

Me he levantado y me he hecho un bocadillo de jamón rancio; parece que es lo único que queda en la nevera vacía, que como todo en esta casa, también ha cambiado. Es la misma nevera que Diana y yo tiramos cuando compramos este piso. Me sorprende que aún funcione, la verdad.

Son las cuatro de la mañana y no hago más que intentar entender qué es lo que ha pasado. Se me ocurrió la genial idea de llamar a mis padres para preguntarles por Diana. Mi madre, somnolienta, me ha preguntado que de quién estoy hablando, si me he echado novia por fin, o si estoy borracho. He colgado, sin más. Me ha llamado un par de veces, pero ni me he molestado en cogerle el teléfono. Esto es una puta locura. He intentado ponerme a leer un libro que he encontrado bajo la cama: “Cementerio de animales”, de Stephen King, pero no puedo concentrarme en la lectura. Parece que lo único que consigue calmarme un poco es escribir en este cuaderno de tapas insulsas.
Voy a volver al trabajo. Necesito mantener la ilusión de que aún tengo algo que hacer, de que todo mi mundo no se está derrumbando ante mis ojos. Quizá hoy salga bien, y cuando llegue, al menos siga teniendo la foto de Diana en mi escritorio. Creo que me llevaré el cuaderno conmigo, es lo único que tengo y que confirma que no estoy loco de remate. Aquí está escrito que Diana existía ayer, y si Diana existía, mis hijos también debieron existir en otra vida de la que he sido arrancado sin previo aviso. Es lo único que me mantiene cuerdo.

– ¿Me puede traer otra cerveza, por favor?
El camarero aparece, se lleva mi vaso y al momento, vuelve con otra cerveza. Llevo años viniendo a desayunar a este bar, pero nada parece ser ya como antes. NO conozco a este camarero, ni a los otros dos que circulan por el local sirviendo a los clientes.

Esta mañana, cuando entré al edificio de mi oficina, comencé a notar los cambios. En la garita de seguridad no estaba el mismo guardia que todos los días. En su lugar, un joven que parecía recién salido del instituto se encontraba leyendo algo en el ordenador.
– Buenos días.
– Buenos días – me dijo distraído.
– ¿Es usted nuevo aquí?
– Nuevo? El joven sonrió. -. Qué va, llevo aquí más de seis meses.
Me quedé helado. Todo estaba cambiando y ya no sabía qué esperar.
Murmuré algo ininteligible, y subí hacia mi oficina. Al llegar frente a la puerta, me quedé sin saber qué hacer. Donde antes se encontraba el logotipo de mi empresa, ahora se hallaba un cartel en el que se leía: “Se alquila”. Los cristales de la puerta dejaban ver una oficina vacía. NO quedaba ni rastro del lugar en el que me había pasado tantas horas de mi vida haciendo cálculos para enriquecer a otros. Saqué este cuaderno, y comprobé con tranquilidad que seguía teniéndolo en el bolsillo junto al bolígrafo que había cogido de casa esta mañana. Al menos el cuaderno seguía en su lugar. Todo aquello era una locura, todo mi mundo parecía estar desapareciendo sin dejar rastro. Despacio, bajé las escaleras del edificio y salí a la calle. El aire frío de finales de Noviembre me azotó la cara. La ciudad, antes tan familiar, aparecía distorsionada ante mis ojos, como si pequeños y sutiles cambios la hubieran hecho hostil y totalmente distinta. NO sabía qué hacer. Temía volver a casa por lo que pudiera encontrarme. Me senté en el banco de un parquecillo que había frente a la oficina, y me quedé allí, pensando en el porqué de lo que me estaba pasando. ¿Qué había sido de mis hijos, de mi esposa y de mis compañeros de trabajo? ¿Qué había ocurrido con toda la gente a la que conocía? Con un impulso, se me ocurrió llamar a algunos amigos y contarles lo que me estaba ocurriendo. Alguno quizá pudiera ayudarme. Saqué el móvil del bolsillo, y cuando accedí a la agenda, vi que estaba vacía. Sólo estaban los números de atención al cliente y buzón de voz. Creo que hasta entonces no me había dado cuenta de que estaba completamente sólo. Con manos temblorosas, marqué de memoria el número de mis padres. Un señor me cogió el teléfono, y me dijo que allí no vivía ningún Pedro. Lo intenté un par de veces pero siempre me cogía la misma persona. Abatido, lo intenté con varios amigos y familiares de los que recordaba sus números, pero nadie era quien se suponía que debía ser.
Desolado, dejé el móvil en el banco y me marché de allí. Me sentía invisible, un ser marginado, ajeno a este mundo que me rodeaba. Mis pasos me llevaron hacia casa. Quizá esperara volver a ver algo familiar, aunque temía lo que podría encontrarme al llegar. Ya intuía que no sería el mismo piso que había abandonado esta mañana. Sin embargo, nada me había preparado para encontrarme aquello. Donde antes se alzaba el bloque de pisos en el que vivía, ahora se encontraba un solar vacío y totalmente abandonado. Paré a un señor que caminaba por la calle y le pregunté. Me dijo que ese solar llevaba años en desuso, y que nadie parecía decidirse a construir nada allí.
Le di las gracias y continué caminando. Cuando quise sacar las llaves de casa de mi bolsillo, observé sin sorpresa que no había rastro de ellas, aunque el cuaderno sí seguía allí.
Tenía ganas de gritar, de gritarle a la ciudad indiferente quién era yo, gritarle al mundo que me llamaba Iván Díaz, que mi mujer se llamaba Diana y mis niños Pablo y Mónica. Quería gritarle al mundo que no se olvidara de mí, pues sentía que ya no era nadie, un paria repudiado por la propia existencia.

Finalmente, entré a este bar, donde antes todos me conocían y ahora ni me conocen ni yo conozco a nadie. Escribo sin parar en este cuaderno, única cosa inmutable de esta locura.

Diana, ¿Qué ha sido de ti? ¿Dónde estás ahora? ¿Has desaparecido, o estás en alguna parte de este mundo sin saber ni que yo existo? ¿Y Pablo y Mónica? ¿Ni siquiera habrán nacido? ¿Soy el único que os recuerda? Creo que pronto yo mismo desapareceré. Lo sé, lo he sabido desde que contemplé el solar vacío donde otrora vivimos los cuatro. Sé que casi no me queda tiempo, y a estas alturas no me importa una mierda. Todos los que me importabais en esta vida os habéis ido, este mundo no es el mío.
¿Te acuerdas de cuando nos conocimos? YO sí. Me acuerdo de todo, casi como si pudiera alargar una mano y acariciarte en la distancia. Es como si a medida que el mundo se olvida de mí, yo me acordara de todo con inusitada vividéz. Ojalá pudiera volver al día en que te conocí y empezar de nuevo. Ojalá te acordaras de mí, ojalá existas aún en algún sitio aunque no sepas ni quién soy.
Llamo al camarero para que me ponga otra cerveza. Creo que es la quinta. Intento llamar su atención, pero parece no reparar en mí. Necesito hablar con alguien, necesit

……………………

Encontré este cuaderno encima de una mesa vacía, en un bar al que entré a noche por casualidad. Sobre ella, a parte de este cuaderno y de un bolígrafo casi gastado no había nada. Le pregunté a uno de los camareros si sabía de quién podía ser, pero me dijo confundido que habría jurado que nadie se había sentado en esa mesa en toda la tarde.
No he podido evitarlo, soy demasiado curiosa. Esta mañana busqué en la guía telefónica a todos los Iván Díaz de la ciudad, y les he llamado. Nadie tiene una mujer llamada Diana, o al menos nadie me lo ha reconocido. Supongo que todo esto no son más que los desvaríos de un lunático o la broma de algún gracioso, aunque hay que reconocer que me ha puesto los pelos de punta.

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2 respuestas a Mi existencia inexistente

  1. Amaterasu dijo:

    hola! leyendo este relato veo que sigues en tu línea 🙂 y por cierto que me gusta mucho. Es de esos relatos que no te dejan indiferente al leerlo, te mantienen en un estado permanente de tensión y angustia y cuando terminas, te quedas pensando y dándole vueltas al significado de este relato.
    Cuando lo he leído, ya desde la primera vez, me ha hecho reflexionar como no en la muerte y los recuerdos y en lo que he oído a menudo de que una persona nunca morirá del todo mientras quede alguien para recordarla. En este caso tengo la sensación que es el caso contrario, de repente todo el mundo deja de acordarse de Iván y al final él acaba por desaparecer.
    Qué os hace pensar a los demás su lectura?

    Sigue con tus relatos mi niño que me encanta como escribes y sobretodo me encanta leerte!

    Besitoooos!

  2. Angel dijo:

    Juajo eres un crack!!!.
    Me has trasladado a mi tierna juventud en la que veía los viernes después de Un,dos,tres las historias de misterio de Chicho Ibáñez Serrador

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